El legado de tía Leo El cerco
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El cerco

El aparcamiento estaba prácticamente vacío.

Un par de farolas proyectaban una luz amarillenta sobre el asfalto, dejando amplias zonas en sombra. El silencio era casi total, roto solo por el zumbido lejano de la carretera.

Apagó la pantalla del ordenador y se levantó con calma. Cogió la chaqueta sin prisa, como si fuera una rutina más, y salió por la puerta lateral que daba al aparcamiento.

El aire de la noche era frío.

Se detuvo junto a uno de los coches estacionados y encendió un cigarrillo.

Miró alrededor.

Nada.

Pero no estaba tranquilo.

Unos minutos después, unos faros aparecieron al fondo. Un coche entró despacio en el aparcamiento y se detuvo a varios metros.

Del interior salió Luis.

—Ya era hora —murmuró Juan Pedro.

—No quería venir —respondió el otro—, pero había que hablar.

Se quedaron en silencio un instante.

—¿Y Rafa? —preguntó Juan Pedro.

Luis señaló con la cabeza hacia la carretera.

—Viene detrás.

No tardó en aparecer el segundo coche.

Rafa bajó sin cerrar del todo la puerta.

—Esto es una mala idea —dijo nada más acercarse.

—Peor es no hacer nada —respondió Juan Pedro.

Se agruparon los tres, hablando en voz baja.

—El jefe no quiere saber nada —dijo Luis—. Nos ha soltado.

—Ya lo sé —respondió Juan Pedro—. Y el dinero tampoco lo vamos a ver.

Rafa negó con la cabeza.

—Olvídate de eso. Bastante tenemos con no caer.

—¿Creéis que han llegado hasta nosotros? —preguntó Luis.

—No —dijo Juan Pedro, aunque sin convicción—. El sistema estaba limpio.

Rafa lo miró.

—Eso crees tú.

El ambiente se tensó.

—No había nada que nos señalara —insistió Juan Pedro—. Nada.

—Había una casa con mercancía y un muerto —replicó Rafa.

Nadie respondió a eso.

A unos cien metros, en la oscuridad, un vehículo sin distintivos permanecía inmóvil.

Dentro, el sargento Javier Salgado observaba sin apartar la vista.

—Los tenemos —dijo en voz baja.

A su lado, la cabo Clara Ríos seguía cada movimiento.

La llamada de aquella tarde no había dejado lugar a dudas: no volverían a hablar por teléfono. Quedarían allí esa misma noche para acordar varios aspectos.

—Los tres juntos.

Salgado mantuvo la mirada fija en el aparcamiento.

Por la radio, una voz apenas audible:

—Equipos en posición.

Salgado esperó unos segundos más.

Confirmación visual.

Confirmación de identidades.

Todo encajaba.

—Ahora.

Las luces se encendieron de golpe.

Dos vehículos irrumpieron en el aparcamiento desde lados opuestos.

—¡Guardia Civil! ¡No se muevan!

El impacto fue inmediato.

Luis dio un paso atrás. Rafa se quedó paralizado. Juan Pedro tardó un segundo en reaccionar.

Suficiente.

Los agentes ya estaban encima.

—¡Al suelo! ¡Ahora!

Rafa levantó las manos. Luis no opuso resistencia. Juan Pedro dudó… apenas un instante.

Un agente lo sujetó por detrás y lo inmovilizó contra el coche.

—¡Quieto!

El sonido metálico de las esposas rompió el silencio.

—Quedan detenidos —dijo uno de los agentes— por su presunta participación en un delito contra la salud pública y pertenencia a grupo criminal.

Clara se acercó mientras tomaban control de la situación.

Salgado observaba.

—Derecho a guardar silencio, a no declarar contra ustedes mismos y a designar abogado…

Las palabras se sucedían de forma automática.

Los tres estaban ya reducidos.

Sin margen.

Juan Pedro giró ligeramente la cabeza, buscando a los otros. Luis evitó mirarlo. Rafa tenía la vista clavada en el suelo.

En cuestión de segundos, todo había terminado.

Desde el coche, Salgado observó la escena: tres hombres, tres errores y un hilo que aún no había terminado de desenrollarse.

Dos horas más tarde el ordenador estaba sobre la mesa metálica del laboratorio, desconectado del resto del mundo como un objeto sin historia. Aun así, era lo único que quedaba de la conexión con la casa de la dehesa.

La cabo Clara Ríos observaba la pantalla del informe técnico sin apartar la vista. El sargento Javier Salgado, de pie a su lado, leía en silencio, con la mandíbula ligeramente tensa.

El perito informático terminó de explicar el análisis con tono neutro.

—El equipo estaba configurado como estación de control de un sistema de videovigilancia remoto. Acceso a cámaras interiores de la casa de la dehesa.

Clara asintió despacio.

—¿Grabación local o en remoto?

—Ambas opciones estaban activadas —respondió el técnico—. Pero los archivos de grabación han sido eliminados.

Salgado levantó la vista.

—¿Eliminados o sobrescritos?

—Eliminación manual. No es un borrado automático del sistema.

Un silencio breve se instaló en la sala.

Clara cerró los ojos un segundo, conteniendo la frustración.

—¿Se puede recuperar algo?

El técnico negó con la cabeza.

—Solo fragmentos residuales. Nada útil para reconstrucción completa.

Salgado dejó escapar una exhalación corta, contenida.

—Otra puerta cerrada —murmuró.

Juan Pedro de la Fuente esperaba en la sala de interrogatorios. El sargento Salgado y la cabo Ríos entraron sin avisar. El hombre estaba sentado frente a la mesa, no había arrogancia en su postura, solo cansancio y una tensión que no terminaba de desaparecer.

Clara colocó el informe sobre la mesa.

—El ordenador del hotel ha sido analizado.

Juan Pedro no respondió. Salgado habló con calma, pero sin suavidad.

—Has eliminado las grabaciones del sistema de cámaras de la casa de la dehesa.

Ahora sí, levantó la vista.

—Sí.

Clara entrecerró los ojos.

—¿Por qué?

Juan Pedro se encogió ligeramente de hombros.

—Porque sé cómo va esto.  No iba a dejarles rastro para que me relacionaran.

Clara apretó los labios.

—Nos has quitado la única posibilidad de ver qué pasó esa noche en la casa.

Juan Pedro no respondió.

Salgado apoyó las manos sobre la mesa.

—Eliminar las grabaciones no te favorece.

Clara Ríos apoyó el informe sobre la mesa, como si pesara más de lo normal.

—De hecho, complica bastante tu situación.

Ahora sí levantó la vista.

Salgado continuó, midiendo cada palabra.

—Porque si, como dices, no tienes nada que ver con el cadáver de la casa… acabas de destruir la única prueba que podría haberlo demostrado.

Silencio.

Clara lo observó con atención.

—Y eso siempre se interpreta de la misma forma: alguien que no quiere que se vea lo que hay en esas imágenes.

Juan Pedro apretó la mandíbula.

—Ya he dicho por qué lo borré.

Salgado asintió lentamente, sin concederle alivio.

—Sí. Para no dejar rastro.

Lo miró fijamente y añadió:

—Pero eso también puede interpretarse de otra manera.

Clara intervino, más directa.

—Que había algo en esas grabaciones que te comprometía más de lo que estás diciendo.

Juan Pedro negó despacio.

—No hay nada de eso.

El sargento se inclinó ligeramente hacia delante.

—Entonces tienes un problema.

Juan Pedro frunció el ceño.

—¿Qué problema?

Salgado sostuvo su mirada.

—Que ahora no solo estamos buscando qué pasó en esa casa… también estamos buscando qué intentas ocultar.

Clara dejó caer la última frase, sin levantar la voz:

—Y cuando faltan pruebas…, a veces la única explicación que queda es que alguien no quiere que lleguemos a ellas.

Juan Pedro tragó saliva, por primera vez incómodo de verdad.

Clara salió de la sala, la puerta se cerró con un clic seco. Se apoyó en la pared del pasillo, cruzándose de brazos.

—Otra vía muerta.

Salgado no respondió de inmediato. Miraba al frente, como si intentara encajar todas las piezas sin éxito.

—El teléfono igual —dijo ella.

Él asintió lentamente.

—Tarjetas prepago. Llamadas entrantes sin rastro útil.

Clara soltó una risa breve, sin humor.

—Ni cámaras. Ni móvil. Ni nada.

El sargento giró la cabeza hacia ella.

—El caso del cadáver se nos está cerrando encima.

Clara bajó la mirada.

—Y seguimos sin saber qué pasó esa noche.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos.