El legado de tía Leo Gerardo y Fernando
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Gerardo y Fernando

—Tenemos que hablar contigo —dijo Gerardo nada más cruzar la puerta.

Roberto los miró, sin levantarse del sillón.

—Ya empezamos…

Fernando cerró la puerta detrás de él.

—No es una discusión, padre. Es una decisión.

El hijo abogado fue directo.

—Tengo contacto dentro de la Guardia Civil.

Roberto frunció el ceño.

—¿Y?

—Y me han confirmado que han identificado ya a los tres implicados en la banda de narcotráfico—continuó.

Respiró unos segundos.

—Están vigilándolos. Esperan el momento para detenerlos.

Roberto no reaccionó de inmediato, pero la mandíbula se le tensó ligeramente.

—Eso no cambia nada.

—Sí lo cambia —interrumpió su hijo—. Porque ya no están centrados en ellos.

El abogado lo miró fijo.

—Ahora se están centrados en el otro asunto. En el cadáver. Saben que no tiene ninguna relación con los narcotraficantes.

Roberto bajó la vista un instante.

—Eso no les lleva a nosotros.

—Claro que sí —corrigió el hijo—. Están tirando del hilo.

El hermano menor dio un paso hacia delante.

—Y cada día que pasa, lo tensan más.

Gerardo respiró hondo.

—Martina ha contratado al mejor abogado de Ávila. Va en serio. No va a dejar que esto acabe aquí, llegará hasta el final.

Roberto alzó la mirada por primera vez con algo parecido a inquietud.

—¿Y qué quieres que haga?

El hijo mayor no dudó.

—Que vayas tú y digas lo que sabes.

Dio un paso más.

—No estamos hablando de algo que se pueda seguir aplazando.

Roberto levantó la mirada, seco.

—Llevo aplazándolo muchos años.

Gerardo bajó un poco el tono, intentando entrar por otro lado.

—No es solo una cuestión de lo que pasó entonces. Es lo que está pasando ahora.

—Tienes que explicarlo todo.

El ambiente en la habitación cambió de golpe.

Roberto se incorporó lentamente.

—No.

—Padre…

—He dicho que no.

El abogado no apartó la mirada.

—Si no lo haces tú, lo harán otros por ti. Y cuando eso pase, ya no podrás controlar nada.

—Y entonces sí que estaremos todos en el mismo sitio —añadió el hijo menor—. No esperábamos un muerto, ni a la Guardia Civil metiéndose tan rápido. Esto se ha ido de las manos.

Roberto apretó los labios.

—Martina no sabe nada.

El hijo mayor no respondió de inmediato, solo lo miró. Y en ese silencio, la duda empezó a filtrarse, aunque él no quisiera admitirlo.

—Padre —dijo al fin el hijo mayor—, esto no es una cuestión de si alguien sabe o no sabe. Es una cuestión de cuánto tiempo tardarán en llegar.

El padre no dijo nada. Se levantó despacio. Caminó hasta la ventana. Fuera, el pueblo seguía igual. Demasiado tranquilo para lo que se estaba moviendo por debajo.

—No voy a ir a la Guardia Civil —dijo finalmente.

El hijo apretó la mandíbula.

—Entonces, tarde o temprano, ellos vendrán a ti.

Roberto no respondió.

Gerardo se sentó frente a Roberto. Durante unos segundos no dijo nada. Solo lo miró, fijamente.

—Tenemos que hacerlo, padre —empezó al fin.

Roberto apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Miró primero a su hijo mayor y después al otro. Aquella aparente calma no era más que un intento desesperado de transmitirles seguridad, de hacerles creer que todavía tenía el control de la situación. Pero ya ni él mismo conseguía sostener esa mentira.

Por primera vez empezó a plantearse que quizá se había equivocado.

Quizá debía hacer lo que le estaban pidiendo.

Pensó en sus hijos. En todo lo que podían perder si aquello terminaba estallando. En hasta dónde habían llegado las cosas mientras él seguía convenciéndose de que aún podía contenerlas.

Tal vez ya no se trataba de proteger un secreto.

Tal vez se trataba simplemente de impedir que el derrumbe acabara arrastrándolos a todos.

Asintió apenas para sí.

Si finalmente hablaba, sería por ellos.

—Está bien —dijo al fin.

El hijo respiró aliviado, como si hubiera estado esperando ese momento.

—No podemos improvisar. Ni a contar la historia tal como fue. Tenemos que ir con una estrategia.

Roberto frunció ligeramente el ceño.

—¿Estrategia?

—Sí —respondió—. Para protegerte.

El hijo sacó unas notas, pero apenas las miró.

—He hablado con un compañero. Penalista. De confianza.

Roberto no reaccionó, pero no apartó la mirada.

—Me ha dejado claro por dónde puede ir esto si no lo hacemos bien.

Dirigió la mirada a su hermano.

—Y por dónde podemos encauzarlo para que no tenga consecuencias legales graves para ninguno de nosotros.

Roberto se reclinó ligeramente.

—Habla claro.

El hijo lo hizo.

—Primero: no hables de cantidades. Ni de cuánto había, ni de cuánto se movió, ni de nada que tenga que ver con valor económico.

Roberto asintió muy despacio.

—Segundo —continuó—: que tú no organizaste nada.

Le sostuvo la mirada.

— Que fue el tío Feliciano.

El hijo no aflojó.

—Dirás que tú solo seguiste sus instrucciones.

El silencio se hizo más denso.

Roberto no respondió de inmediato.

—Es creíble. Él era el mayor. El que llevaba el control. Tú estabas… detrás.

El padre bajó la mirada un instante.

—Tercero: desde que se escondió, no se ha tocado nada.

Levantó ligeramente la mano, marcando el ritmo.

—Nada de accesos, nada de movimientos, nada de revisiones.

Pausa.

—Todo ha permanecido tal y como se dejó.

Roberto respiró hondo, pero no dijo nada.

El hijo continuó, más firme.

—Y lo del hombre que contratamos…

Ahí sí, Roberto alzó la vista.

—No fue para apropiarte de nada.

Silencio.

—Fue para evitar un problema.

—Martina.

El nombre quedó suspendido entre los dos.

—Podía descubrirlo —añadió—. Si hacía obras, si removía la casa… era cuestión de tiempo.

Roberto apretó ligeramente los labios.

—Así que lo contratamos para retirarlo de allí. Nada más.

Silencio largo.

Gerardo dejó las manos sobre la mesa.

—Eso es lo que tienes que decir.

Roberto lo miró fijamente.

—¿Y tú crees que eso bastará?

El abogado no dudó.

—No bastará, pero es lo que te va a permitir salir de esto sin que se te venga todo encima.

Roberto se quedó pensativo unos segundos.

Luego asintió, muy levemente.

—Bien.

—Vamos a preparar tu declaración.

El hijo se incorporó un poco.

—La vamos a preparar bien —dijo el hijo—. No podemos fallar. Por lo demás, todo está en orden, todo justificado, nada suelto.

Roberto asintió despacio.

—De acuerdo, haré lo que me digáis.