Los Garay
El olor a guiso aún estaba en la cocina cuando Martina y su madre cruzaron la puerta de la casa de Ángela y Valentín.
—Pasad, pasad —dijo Ángela con una sonrisa—. Ya está todo listo.
Valentín apareció detrás de ella con una sonrisa.
—Esto no es comida, es medicina —bromeó, señalando la mesa.
Martina forzó una sonrisa, agradecida, aunque seguía con la mente en otro sitio.
Su madre, en cambio, parecía más serena. Como si el viaje a Ávila hubiera descargado algo de tensión.
Se sentaron.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas pequeñas, casi por inercia.
Hasta que Ángela, inevitablemente, fue al grano.
—Entonces… ¿ya habéis hablado con él?
La madre de Martina asintió.
—Sí. En Ávila. Nos lo recomendó un contacto de la familia.
Valentín levantó ligeramente las cejas.
—El apellido Garay todavía abre puertas, ¿eh?
Martina bajó la mirada un instante.
—O las complica —murmuró.
Valentín dejó el tenedor unos segundos sobre el plato, como si el recuerdo le obligara a ordenar las palabras.
—Tu abuelo no era solo un buen abogado —dijo—. En Ávila todavía se le recuerda por lo que hizo durante la guerra.
La madre de Martina lo miró en silencio.
—En aquella época no había justicia como la conocemos ahora —continuó él—. Había consejos de guerra, decisiones rápidas; muchas veces sin apenas defensa real. Y él se atrevió a intervenir en varios casos. No era lo habitual. Ni mucho menos.
Ángela bajó la mirada, escuchando con atención.
—Logró que revisaran condenas de varios civiles. Gente que ya estaba prácticamente sentenciada.
Se inclinó un poco hacia delante.
—Y consiguió evitar ejecuciones. No siempre, claro…, pero en la mayoría de los casos logró que las penas se conmutaran.
Volvió a reclinarse.
—Eso en aquel momento —añadió— era jugarse el prestigio, y también la vida.
Lucía asintió despacio.
—Por eso su nombre se quedó en la zona.
Valentín levantó la vista hacia Martina.
—Garay empezó a significar algo más que un apellido. Significaba que, si había una posibilidad, esa familia la iba a buscar.
La madre de Martina intervino.
—Por eso nos ha sido más fácil encontrar a alguien que nos atienda bien —añadió—. No queríamos un abogado cualquiera.
Martina apoyó las manos sobre la mesa.
—Queríamos al mejor.
Ángela la miró con cierta preocupación.
—Con todo lo que está pasando…
No terminó la frase.
Valentín carraspeó ligeramente.
—En el pueblo se habla mucho, Martina. Demasiado.
Ella levantó la mirada.
Ya sabía lo que venía antes de que lo dijeran.
—Dicen que te están investigando —añadió Ángela en voz más baja—. Que la Guardia Civil te ha pedido pruebas… Que incluso te han visto esa noche por la dehesa.
El aire en la mesa cambió.
La madre de Martina se tensó un poco.
—Son rumores —dijo, con tono firme.
Valentín bajó ligeramente la voz.
—Felisa lo ha contado.
Martina cerró los ojos un segundo. No se sorprendió, ya lo sabía, pero el tema le resultaba cansado.
—Ya —dijo al fin.
Ángela se inclinó hacia delante.
—Martina… tú sabes cómo es la gente del pueblo. Hablan sin saber.
Ella asintió lentamente, pero no respondió porque esa vez los rumores ya no eran solo rumores.