El legado de tía Leo Llamada interceptada
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Llamada interceptada

El zumbido constante del equipo llenaba la sala. La cabo Clara Ríos mantenía los auriculares puestos, la mirada fija en la pantalla. El bolígrafo descansaba entre sus dedos, inmóvil.

El sargento Javier Salgado estaba de pie, detrás, observando sin decir nada. Habían pasado ya varias horas de escuchas. Conversaciones vacías. Rutina. Nada útil. Hasta que la línea se activó.

Clara levantó ligeramente la mano.

—Es él.

En pantalla: llamada saliente : Juan Pedro de la Fuente.

La conexión se abrió.

—¿Sí? —respondió una voz al otro lado.

Juan Pedro no tardó en contestar.

—¿Cómo estás?

Un silencio breve.

—¿Cómo voy a estar? —respondió el otro—. Menudo lío tenemos encima.

Clara empezó a escribir.

Salgado no apartaba la vista.

—¿Has hablado con Rafa? —preguntó Juan Pedro.

—Sí. Ayer. Está igual… perdido.

—Y el jefe…

La frase quedó en el aire.

Juan Pedro resopló.

—El jefe no quiere saber nada ahora.

—Ya —respondió el otro—. Después de la bronca que nos echó…

Clara levantó la vista un segundo hacia Salgado.

Bronca. Jefe. Confirmado.

—Nos ha dejado tirados —añadió Juan Pedro—. Y sin trabajo.

Silencio al otro lado.

—Y da gracias —respondió la voz—. Podría haber sido peor.

Juan Pedro no contestó de inmediato.

—¿Tú crees que van a dar con nosotros? —preguntó finalmente.

La pregunta quedó flotando unos segundos.

—No —dijo el otro—. No deberían.

Pausa.

—El sistema estaba limpio.

Clara anotó: «sistema cámaras».

—Ya me encargué yo de dejarlo enmascarado —continuó Juan Pedro—. No hay nada que tire hacia nosotros.

Salgado se inclinó ligeramente hacia delante.

—Eso cree —murmuró.

Clara permaneció en silencio.

—Además —añadió Juan Pedro—, las cámaras ya no están.

—Eso dicen —respondió el otro—. Pero una cosa es lo que creemos… y otra lo que tengan ellos.

El silencio volvió a hacerse más pesado.

—¿Y el dinero? —preguntó el otro, bajando la voz—. Lo del último trabajo…

Juan Pedro soltó una risa breve, sin humor.

—Olvídate, Luis.

—¿No vas a reclamarle?

—¿Tú has visto cómo se puso? —respondió—. Bastante tenemos con que no nos señale.

Pausa.

—Dijo que si caía alguien… —empezó el otro.

—Que nos lo comíamos nosotros —terminó Juan Pedro.

Silencio.

Clara dejó de escribir un segundo.

—Yo, no pienso comerme el marrón del muerto, no sé quién coño era ese tipo —dijo Juan Pedro.

—Ni yo…

El sargento no se movía.

—Pues eso —dijo Juan Pedro finalmente—. Mejor no remover nada.

—Ya…

Otro silencio. Más largo.

—De momento, cada uno por su lado —añadió Juan Pedro—. Y a esperar.

La llamada terminó sin despedida.

Clara se quitó los auriculares despacio.

—Tenemos tres —dijo—. Juan Pedro… Rafa… y Luis.

Salgado asintió.

—Y uno por encima.

Clara lo miró.

—El jefe.

El sargento cruzó los brazos.

—Y ese es el que no quiere aparecer.

El sargento Javier Salgado permanecía de pie, apoyado en el respaldo de una silla, observando.

—Y un cadáver que no está vinculado a esa organización—dijo Javier casi para él—. Cosa que ya sospechábamos…

Clara lo volvió a mirar.

—¿Vamos con Luis primero? —preguntó—. Cruzamos número de teléfono con identidad…

Tecleó un par de veces más.

—Aquí.

Salgado se acercó.

—Luis Martín Garrido —leyó ella—. Treinta y cuatro años. Sin domicilio fijo estable, pero con varios registros en la zona.

—¿Antecedentes?

Clara cambió de pestaña.

—Sí… —hizo una pausa—. Pequeño tráfico. Dos detenciones. Nada de peso, pero reincidente.

Salgado asintió despacio.

—Perfil bajo.

—Y acostumbrado a moverse —añadió Clara—. No parece alguien que se quede quieto mucho tiempo.

El sargento no respondió. Ya estaba mirando la siguiente línea.

—Contactos frecuentes con… —Clara dudó un segundo—. Aquí está. Rafael Ortega Núñez, treinta y seis años.

Salgado levantó la vista.

—Rafa.

Clara abrió su ficha.

—Este es más limpio en papel —dijo—. Sin detenciones relevantes.

—Pero sale en las llamadas.

—Y no solo eso —añadió Clara—. Tiene domicilio registrado. Su residencia habitual consta en El Fresno del Valle.

Se giró ligeramente hacia él.

—En un pueblo cercano a Hontanilla.

Salgado apoyó las manos sobre la mesa.

—A menos de quince minutos de la casita.

El silencio se instaló unos segundos.

Clara siguió leyendo.

—Trabajo irregular. Alguna temporada en construcción, otras sin actividad declarada.

—El típico que no llama la atención —murmuró Salgado.

—Hasta que empieza a hacerlo —añadió ella.

El sargento se incorporó ligeramente.

—Quiero todo lo que tengamos de los tres. Movimientos, vehículos, contactos.

Clara ya estaba tecleando.

—¿Los movemos ya?

Salgado negó con la cabeza.

—No todavía.

Ella lo miró.

—Siguen tranquilos.

—Y así deben seguir —respondió él—. De momento.

Se hizo un silencio breve.

—Pero ya no son solo voces —añadió el sargento—. Ahora tienen dirección.

Clara guardó los datos y cerró una de las ventanas.

—Y eso cambia el juego.

Salgado asintió.

—Empieza a cerrarse.