Cerrando etapas
Marcos se despertó sobresaltado, desorientado durante unos segundos.
La habitación seguía en penumbra. A través de las cortinas apenas entraba la luz grisácea de la tarde valenciana. Se incorporó despacio en el sofá y se pasó una mano por la cara, intentando despejarse.
No recordaba haberse quedado dormido.
El viaje desde Hontanilla se le había hecho eterno.
Durante horas había conducido casi por inercia, con la radio apagada y la cabeza demasiado llena como para soportar ningún ruido más. Cuando llegó al apartamento apenas dejó la bolsa en el suelo antes de tumbarse un momento «solo para descansar un poco».
Y ahora allí estaba.
Solo.
Definitivamente fuera de la vida de Martina.
La idea seguía produciéndole un vacío extraño.
Porque durante mucho tiempo había llegado a pensar que siempre terminarían encontrando la forma de volver el uno al otro.
Diez años no desaparecían, así como así.
Diez años de viajes improvisados, de carreteras secundarias recorriendo media España con el grupo de motos, de domingos enteros riéndose por cualquier tontería. Recordó a Martina detrás de él en la moto, abrazándolo fuerte en las curvas, golpeándole el casco cuando él aceleraba más de la cuenta.
Y luego vino el submarinismo.
Sonrió ligeramente al recordarlo.
A Martina le fascinaba sumergirse. Decía que allí abajo el mundo desaparecía. Que el silencio del mar era el único lugar donde conseguía dejar la cabeza en blanco de verdad.
Todavía recordaba el susto de Menorca.
La corriente.
El momento exacto en que vio cómo Martina empezaba a alejarse sin poder controlar el cuerpo. La expresión de miedo detrás de las gafas de buceo. Y él lanzándose tras ella casi sin pensar, notando cómo la corriente también empezaba a arrastrarlo.
Nunca había sentido tanto miedo.
Ni siquiera después, cuando consiguieron salir.
Aquella noche Martina temblaba todavía sentada en la arena, envuelta en una toalla, y él no dejó de abrazarla en horas.
Cerró los ojos un instante. La había querido muchísimo. Y quizá precisamente por eso empezaba a entender que tenía que dejarla ir.
También pensó en la familia de Martina.
Con el tiempo habían terminado convirtiéndose en algo parecido a su propia familia. Las navidades, las comidas interminables, los veranos improvisados en la playa. Mauricio siempre lo había tratado con un cariño tranquilo y sincero que Marcos jamás olvidaría.
Lo había respetado profundamente.
Y probablemente había sido la muerte de Mauricio lo que empezó a cambiarlo todo.
Martina nunca volvió a ser exactamente la misma después de aquello.
Se volvió más silenciosa. Más difícil de alcanzar.
A veces le decía cosas que él entonces no terminaba de entender.
Que ver morir a alguien cambiaba la forma de mirar el mundo.
Que era absurdo vivir haciendo planes eternos porque todo podía desaparecer en un segundo.
«Ahora estás… y un segundo después ya no». Recordaba perfectamente aquella frase.
Y también recordaba cómo, poco a poco, Martina empezó a necesitar menos cosas. Menos explicaciones. Menos compañía. Menos futuro compartido.
Cada vez contaba menos con él en sus planes. Hasta que un día, simplemente, dejó de hacerlo.
Marcos suspiró y se levantó lentamente.
El teléfono seguía sobre la mesa del salón.
Sabía que tenía que llamar a Martina.
Decirle que ya estaba en Valencia. Que no iba a insistir más. Que podía estar tranquila.
Pero antes volvió a pensar en lo ocurrido aquella madrugada en el hotel.
No había conseguido dormir.
Poco después de las cinco decidió marcharse sin esperar al desayuno. Bajó con las llaves para dejarlas en recepción y avisar de que se iba antes de hora, pero el mostrador estaba vacío.
Entonces escuchó una voz al otro lado del vestíbulo.
Un hombre hablaba por teléfono en una pequeña sala junto a la recepción.
Marcos se acercó pensando que sería algún empleado del hotel, pero al aproximarse escuchó varias palabras sueltas que hicieron que redujera el paso casi sin darse cuenta.
«… la casa de la dehesa…».
«… el cadáver no es nuestro…».
«… no vamos a cobrar ese dinero…»
Se quedó quieto apenas un instante.
Y entonces el hombre levantó la vista. La reacción fue inmediata. Se tensó. Demasiado, como alguien sorprendido en mitad de una conversación que nadie debía escuchar.
Colgó casi de golpe.
Después salió hacia recepción fingiendo normalidad, pero Marcos percibió claramente el nerviosismo en sus movimientos.
Durante el viaje intentó convencerse de que no significaba nada.
En Hontanilla no se hablaba de otra cosa. Todo el pueblo llevaba días obsesionado con el cadáver encontrado en la casita.
Era normal escuchar comentarios.
Rumores.
Hipótesis absurdas.
Y, sin embargo, ahora que había descansado y lograba pensar con más claridad, había algo en aquella conversación que no encajaba con el simple cotilleo.
Aquella frase, «el cadáver no es nuestro», no sonaba como alguien comentando una noticia; sonaba como alguien implicado.
Marcos cogió finalmente el teléfono. Miró la pantalla unos segundos antes de buscar el nombre de Martina.
Y por primera vez desde que salió de Hontanilla tuvo la sensación de que quizá marcharse no bastaba para dejar atrás aquella historia.