ADN
Martina Garay estaba sentada al otro lado de la mesa, con las manos entrelazadas sobre el regazo. No parecía nerviosa, pero tampoco tranquila. Más bien expectante. La sala era sobria. Una mesa, tres sillas y una ventana alta por la que apenas entraba luz.
Frente a ella, la cabo Clara Ríos cerró la carpeta que tenía delante. El sargento Javier Salgado permanecía de pie, observando.
—Señora Garay —comenzó Clara—, la hemos citado para informarle del resultado de unas muestras recogidas en la casa de la dehesa.
Martina asintió en silencio.
—Se halló un cabello y restos de sangre en el umbral de la puerta de entrada.
Un leve gesto cruzó su rostro.
—Hemos recibido el informe del laboratorio. Las dos muestras coinciden entre sí… y con su perfil genético.
Martina frunció el ceño.
—¿Coinciden… cómo?
—Coincidencia completa —intervino el sargento—. Con una probabilidad de correspondencia extremadamente alta.
El silencio se hizo más denso.
—Eso no puede ser.
—Usted estuvo en la casa.
—Sí. Una vez.
—¿Se hizo alguna herida?
—No.
—¿Se cortó, se arañó, sangró?
—No —repitió ella—. En absoluto.
Clara hojeó el informe.
—La sangre estaba en el umbral. No en el interior.
Martina negó.
—Yo no sangré allí.
El sargento dio un paso al frente.
—Hay algo más. Una vecina ha declarado haberla visto la noche de los hechos dirigiéndose hacia la casa.
Martina lo miró, desconcertada.
—Lo sé. Felisa. Pero eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque yo no estuve allí esa noche.
Su voz era firme. Sin titubeos.
Clara tomó nota.
—Entonces tenemos un problema —dijo.
Martina guardó silencio.
—Su ADN está allí —añadió la cabo—. Y alguien asegura haberla visto.
—Pues se equivoca.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Salgado intercambió una breve mirada con Clara. Luego se incorporó ligeramente y habló con tono más formal.
—Señora Garay, a la vista de los indicios que obran en la investigación, pasa usted a tener la condición de investigada.
Martina parpadeó, sin llegar a reaccionar del todo.
Clara continuó, con voz neutra, casi mecánica.
—Tiene derecho a no declarar, a no contestar a alguna o a ninguna de las preguntas que se le formulen, y a designar abogado. Si no lo hace, se le asignará uno de oficio.
Martina bajó la mirada un instante, como si necesitara procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Me están acusando?
—Se le está investigando —corrigió el sargento—. Es un paso previo.
Silencio.
Martina asintió muy levemente. No discutió, no preguntó nada más. Pero algo en su expresión había cambiado. La puerta se abrió y volvió a cerrarse tras ella. El pasillo le pareció más largo que antes. Caminó sin prisa, pero sin detenerse.
Al salir al exterior, el aire le golpeó con más fuerza de la esperada. Se detuvo un segundo, solo uno. Luego siguió andando con una certeza incómoda clavada en el pecho: todo apuntaba hacia ella, y no tenía forma de explicarlo.
En la sala de interrogatorios permaneció el silencio durante unos segundos.
La cabo Clara Ríos fue la primera en romper el silencio.
—¿Tú te la crees?
El sargento Javier Salgado no respondió de inmediato. Se quedó mirando la puerta, como si esperara que volviera a abrirse.
—No lo sé —dijo al fin.
Clara apoyó la espalda en la pared, cruzándose de brazos.
—El ADN es claro.
—Sí.
—Y la testigo también.
Salgado asintió levemente.
—Pero ella no.
Clara frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
El sargento se giró hacia ella.
—A que no encaja. Ni una herida, ni un rasguño… con la sangre en el umbral.
Clara bajó la mirada un instante, pensativa.
—Podría estar mintiendo.
—Podría —concedió él.
Silencio breve.
—O alguien ha querido que parezca que estuvo allí —añadió Clara.
Salgado la miró.
—¿Colocando pruebas?
—El cabello es fácil, pero la sangre…
El sargento negó muy despacio.
—Eso implicaría acceso directo a ella.
—O a algo suyo.
Ambos guardaron silencio.
El pasillo volvió a quedar en calma.
—Hay algo que no estamos viendo —dijo finalmente Salgado.
Clara asintió.
—Y hasta que no lo veamos… todo apunta en la misma dirección.
El sargento miró de nuevo hacia la puerta.
—Sí.
—Demasiado.