El legado de tía Leo Desde el hotel de la carretera
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Desde el hotel de la carretera

La luz aún era tenue cuando el edificio empezó a cobrar vida. En las oficinas de la Guardia Civil, el aire olía a café recalentado y a papel acumulado sobre las mesas desde la noche anterior.

La cabo Clara Ríos sostenía una taza entre las manos, apoyada en el borde de su escritorio. Tenía varios informes abiertos: fotografías de la casa de la dehesa, actas de inspección y anotaciones sobre los estupefacientes encontrados en el interior.

A su lado, el sargento Javier Salgado revisaba datos en el portátil con la atención de quien lleva demasiado tiempo acostumbrado a que los casos importantes no se resuelvan con rapidez.

El silencio era habitual a esas horas. De los que no incomodan porque forman parte del trabajo.

El teléfono fijo sonó de repente.

Salgado lo cogió sin apartar la vista de la pantalla.

—Sargento Salgado.

Hubo unos segundos de escucha en silencio. Clara dejó la taza en la mesa, observándolo.

—Entendido… repítalo —dijo él, con un tono más serio.

Otro silencio.

Cuando colgó, se quedó unos segundos mirando la pantalla antes de hablar.

—Criminalística ha terminado el análisis de las cámaras de la casita de la dehesa.

Clara frunció el ceño.

—¿Han podido recuperar algo?

Salgado asintió lentamente.

—Más de lo que pensábamos.

Giró el portátil hacia ella.

—Las cámaras estaban transmitiendo en tiempo real. Acceso remoto continuo. Y ya han identificado desde dónde se controlaban.

Clara se inclinó hacia la pantalla.

—¿Dónde?

Salgado no respondió de inmediato. Solo dejó que el nombre apareciera en el informe.

—El hotel de la carretera.

Clara levantó la mirada.

—Eso está a menos de diez minutos de la dehesa…

—Exacto —confirmó él—. Y no es una conexión puntual. Es repetida. Constante. Siempre en horario nocturno.

Clara apoyó la taza, ya olvidada.

—Entonces alguien lo estaba vigilando desde allí.

—Alguien que tenía acceso regular a la red del hotel —añadió Salgado.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era distinto. Más denso.

Salgado cerró el portátil.

—Han cruzado horarios de conexión con turnos del personal. Horarios nocturnos del hotel. Personal con acceso a la red interna.

Clara lo entendió antes de que terminara la frase.

—¿Y tenemos nombre?

Salgado señaló una línea concreta.

—Hay un empleado que encaja en todos los accesos.

Clara leyó el nombre en voz baja.

Juan Pedro de la Fuente, cuarenta años, residente en San Bartolomé de la Sierra.

El aire en la sala cambió ligeramente, como si el caso acabara de inclinarse en otra dirección.

—Tiene antecedentes menores.

Clara lo miró.

—¿De qué tipo?

—Consumo —respondió él—. Nada relevante a nivel criminal. Ningún historial de violencia. Nada que lo relacione directamente con organizaciones.

Se apoyó hacia atrás en la silla.

—De momento.

Clara entendió lo que no se decía.

—Pero encaja con el perfil del hotel.

Salgado asintió.

—Trabaja de vigilante nocturno. Acceso a la red. Horarios compatibles con las conexiones. Y está a un paso de la casita.

—Exacto —respondió Salgado—. Y durante meses ha estado conectado a esas cámaras mientras estaba trabajando.

Ambos se levantaron casi al mismo tiempo. El caso había dejado de ser solo un cadáver en una casa de la dehesa. Ahora había conexiones con una banda de narcotráfico. Y un nombre.

Juan Pedro de la Fuente.

Salgado cerró el portátil y lo empujó ligeramente hacia adelante.

—Otra cosa —dijo—. Las cámaras tienen función de grabación con retención de siete días. Si recuperamos el sistema de almacenamiento o acceso, podríamos obtener las imágenes del homicidio.

Clara lo miró un instante, asimilando la información antes de asentir despacio.

—Entonces más nos vale dar con ese sistema rápido —dijo en voz baja—. La conexión la cortamos el viernes y el cadáver llevaba desde el miércoles en la casa. Esos siete días incluyen el día clave, puede ser la pieza que nos falta.

Javier asintió

—Tenemos que dar con ello antes de que destruyan pruebas—dijo.

—Indicios de acceso a la vivienda, conexión desde el hotel, coincidencias horarias con la actividad en la casa… y el hallazgo de estupefacientes. Es suficiente para pedir al juez intervención de su teléfono.