El legado de tía Leo Rosario y Leo
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Rosario y Leo

El teléfono de Rosario vibró sobre la mesa cuando ya había anochecido.

Miró la pantalla.

Lo cogió rápidamente, como si estuviera esperando ese momento.

—Dime.

—Soy Leo.

La voz al otro lado era baja, contenida.

Rosario bajó ligeramente el tono.

—He hablado con ella.

—¿Y?

—Está un poco nerviosa porque no entiende nada.

Silencio breve.

—Mejor que no entienda nada —respondió Leo.

Rosario dudó un instante antes de continuar.

—La Guardia Civil se está moviendo más de lo que parecía. Han interrogado a David y a Felisa. Ya te hablé de ellos.

Pausa.

—Y hay algo más.

Rosario bajó aún más la voz.

—Le han pedido a Martina una prueba de ADN. Felisa ha declarado que la vio esa noche por la dehesa.

El silencio que siguió fue más largo.

—Lo suponía —dijo Leo al fin, sin inflexión.

No había sorpresa en su voz. Tampoco alivio. Solo cálculo.

—Y el pueblo empieza a hablar demasiado —añadió Rosario.

—El pueblo siempre habla demasiado —respondió Leo.

Rosario apretó los labios.

—Esto se está complicando más rápido de lo previsto.

Silencio breve.

—Rosario…

El tono cambió ligeramente. Más bajo. Más firme.

—Esto no puede salir mal.

Ella no respondió.

—Avísame cuando salgan los resultados del ADN.

Rosario asintió, aunque nadie pudiera verla.

—Te iré informando.