El legado de tía Leo Determinación
47%

Determinación

La casa olía a café recién hecho. Martina estaba sentada en el salón, con la taza entre las manos, mirando distraídamente hacia la ventana.

Su madre, frente a ella, removía el azúcar sin prisa.

Marcos ocupaba una silla algo apartada, en silencio, observando sin parecer hacerlo.

Desde que había llegado, los días se habían vuelto extraños. Demasiado quietos por fuera, demasiado cargados por dentro.

Marcos había decidido quedarse unos días para apoyarla. Lo había dicho así, con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo. Para no incomodar, se alojaba en el hotel de la carretera, pero en la práctica pasaba casi todo el día con ellas.

Demasiado presente.

La madre de Martina no había puesto ninguna pega. Siempre le había tenido aprecio. Aunque no olvidaba del todo ciertas cosas.

Martina, en cambio, empezaba a notar una ligera incomodidad que no sabía explicar.

Alguien gritó desde la puerta principal.

—¡¿Lucía?!

Los tres miraron hacia la puerta.

—Voy yo —dijo su madre, levantándose.

Era Rosario, con esa mezcla de cercanía y curiosidad que la caracterizaba.

—¡Hombre! —exclamó—. Pasaba por aquí y he dicho: voy a ver cómo están esas mujeres.

—Pasa, pasa —respondió la madre—. Estábamos tomando café.

Rosario entró sin dudarlo, saludando con dos besos a Martina.

—¿Y Paula? —preguntó casi de inmediato, mirando alrededor—. Pensaba que también estaría por aquí.

—Se ha tenido que volver a Valencia —respondió Martina—. El despacho no puede quedarse solo. Está dejando todo organizado para volver en cuanto pueda.

Rosario asintió.

—Normal… estas cosas no se resuelven en dos días.

Entonces reparó en Marcos.

—Ah, no sabía que teníais compañía.

—Es Marcos —dijo la madre—. Amigo de Martina.

—Encantado —añadió él, levantándose.

—Igualmente —respondió Rosario, sentándose ya sin demasiada ceremonia.

Cogió la taza que le ofrecían y miró a Martina con interés.

—Bueno…, cuéntame. ¿Cómo va todo esto?

Martina dudó un segundo.

—Pues… avanzando, supongo.

Rosario hizo un gesto con la mano.

—En el pueblo no se habla de otra cosa.

Pausa.

—Que si el muerto, que si la casa… y ahora dicen que han encontrado droga.

El silencio se tensó ligeramente.

—¿Droga? —repitió Marcos.

—Sí —continuó Rosario—. Y no poca, por lo visto. Hay quien dice que la casita estaba siendo utilizada por una banda de narcotraficantes como punto de distribución. Y que había gente en el pueblo que ya sospechaba eso.

Marcos se inclinó levemente hacia delante.

—¿Eso se sabe seguro?

Rosario lo miró de reojo.

—Ya sabes cómo funcionan estas cosas. De momento son comentarios… pero cuando el río suena…

Dejó la frase sin terminar.

—También se comenta que te han hecho una prueba de ADN.

La madre alzó la vista, sorprendida.

Martina mantuvo el gesto contenido.

—Sí —admitió.

Rosario arqueó ligeramente las cejas.

—¿Y a más gente?

—No sé. Sé que han hablado con varias personas —respondió Martina, sin concretar—. También con David y con Felisa.

Rosario asintió despacio, como si confirmara algo que ya esperaba.

—Eso también se dice.

Pausa.

—¿Y qué os han dicho?

Martina negó suavemente.

—Poco. Estamos a la espera de los resultados del ADN, pero no nos dan muchas explicaciones.

El silencio que siguió fue más denso.

Rosario la observó un instante más de lo habitual.

—Bueno, será lo normal.

Pero su tono no sonó del todo convencido.

Marcos intervino entonces, con aparente tranquilidad.

—Imagino que estarán siguiendo su procedimiento.

Rosario giró ligeramente la cabeza hacia él.

—Sí… —respondió.

Martina sintió un leve nudo en el estómago.

Por un momento, pensó en David. En lo distante que estaba desde hacía dos días.

Apenas coincidían ya como antes. Y cuando lo hacían, todo se quedaba en conversaciones cortas, medidas.

Como si algo hubiera cambiado. No sabía si era por todo lo que estaba pasando, o por la presencia constante de Marcos.

Rosario tomó aire antes de seguir hablando, como si dudara un instante de si debía decirlo.

—También se comenta otra cosa por el pueblo…

Martina levantó la mirada de inmediato.

—¿Qué cosa?

Rosario la observó un segundo más de lo necesario.

—Que esa noche alguien te vio por la zona de la dehesa.

El silencio en la habitación cambió de densidad.

La madre dejó la taza sobre el plato con un leve golpe seco.

—Eso es imposible —murmuró.

Martina no respondió de inmediato. Sintió como se le tensaba el estómago.

—¿Quién ha dicho eso? —preguntó al fin, con la voz más firme de lo que se sentía.

Rosario se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo es esto… la gente habla.

—No —cortó Martina—. No es eso lo que te he preguntado.

Pausa.

—¿Quién lo ha dicho?

Rosario dudó un segundo.

—No lo sé exactamente, pero el rumor está ahí.

Martina apretó ligeramente la mandíbula.

Su mente fue directa a David. Si alguien había dicho eso, él tenía que saberlo. O al menos intuir de dónde venía.

—Voy a hablar con David —dijo en voz baja.

Marcos la miró de reojo, sin intervenir.

Rosario percibió la tensión.

—Bueno, tampoco te lo tomes todo al pie de la letra.

Pero Martina ya no la escuchaba del todo. Algo dentro de ella había cambiado. No era solo el rumor. Era la sensación de estar siendo observada desde todos los lados.

Cuando Rosario se marchó un rato después, la casa volvió a quedarse en silencio, pero no era un silencio tranquilo.

Martina se levantó de la mesa, respiró hondo y se giró hacia Marcos.

—Tienes que irte.

Él parpadeó, sin reaccionar de inmediato.

—¿Cómo?

—Que te vayas —repitió ella, más firme—. Al hotel, a donde quieras, pero aquí no.

—Martina… —la reprendió su madre. Pero no se atrevió a añadir nada más. La conocía bien y sabía que era inútil intentar convencerla de nada. Desde niña siempre mostró una naturaleza independiente, nunca se dejaba aconsejar ni permitía que le indicaran lo que debía hacer o decir.

Su respuesta siempre era «dejadme vivir mi vida».

—No puedo más —continuó ella, sin apartar la mirada de Marcos—. No puedo estar pendiente de ti, ni de cómo te sientes tú aquí, ni de lo que piensen los demás. Suficiente tengo con todo esto.

Marcos la observó unos segundos, sin enfado, pero con algo más difícil de leer.

—¿Es por esto que está pasando, o por mí?

Martina dudó un instante, pero no cedió.

—Es por las dos cosas. Pero sobre todo porque tu presencia aquí me está complicando todo más de lo que ya está.

Marcos asintió lentamente.

No discutió, ni insistió. Solo se levantó. Cogió su chaqueta con calma, como si no tuviera prisa, aunque la decisión ya estaba tomada.

Antes de salir, la miró un segundo.

—Si necesitas algo…

—Lo sé —lo cortó ella, más suave esta vez.

Cuando la puerta se cerró tras Marcos, la casa pareció cambiar. No de golpe, pero sí lo suficiente como para que Martina lo notara.

El aire era más ligero, menos denso.

Se quedó unos segundos en silencio, apoyada en la mesa del salón, y por primera vez en dos días sintió algo parecido a calma. No total, pero suficiente.

Su madre la observó desde la cocina, sin decir nada.

Martina cogió el teléfono…Dudó un segundo y marcó.

David contestó al tercer tono.

—¿Martina?

Su voz sonó como siempre y eso, de alguna forma, la tranquilizó.

—¿Tienes un momento? —preguntó ella.

—Claro.

—He hablado con Rosario —dijo Martina sin rodeos.

Hubo una pausa al otro lado.

—¿Y? —preguntó él, más serio.

—Dice que alguien me vio aquella noche en la dehesa.

Silencio.

Esta vez más largo.

—Lo sé —dijo David al final.

—¿Cómo que lo sabes?

—Felisa lo declaró —respondió él—. En el cuartel. Dijo que te había visto.

Martina apretó ligeramente el teléfono.

—¿Y no me lo habías dicho?

—No quería preocuparte —dijo David, con sinceridad—. Y no sabía cómo. No le di importancia al principio.

Martina cerró los ojos un instante.

—Ahora el pueblo lo está repitiendo.

—Lo sé.

Silencio.

—Siento que estés pasando por esto —añadió él.

Martina respiró hondo.

—No es eso lo que me preocupa. Es cómo ha llegado hasta ahí.

David tardó unos segundos en responder.

—Felisa está… fuera de sí. Creo que en parte es culpa mía.

Martina frunció el ceño.

—¿Tuya?

—Sí —admitió él—. Yo la dejé esa tarde. Y no lo aceptó bien. Pensaba que lo superaría, pero no imaginé esto. Que llegara hasta ese punto.

Martina escuchaba en silencio.

—Yo creo en ti —añadió David, más bajo—. Ciegamente, pero también me cuesta entender hasta dónde puede llegar alguien por venganza.

Martina no respondió de inmediato.

—No fui a la dehesa esa noche —dijo al fin.

—Lo sé —respondió él, sin dudar.

—Gracias —añadió Martina.

Hubo un pequeño silencio, de esos que ya no pesan.

—¿Estás mejor? —preguntó él al final.

Martina miró hacia la ventana. Por primera vez en días, la respuesta no le costó tanto.

—Mucho mejor que antes.

David no respondió enseguida. Luego, con voz más relajada:

—Si quieres, puedes pasarte por la vega ahora.

Martina dudó un instante.

—Vale —dijo al fin.

Y se sorprendió a sí misma al notarlo: la sola idea de volver a la normalidad, aunque fuera por un rato, le quitaba peso del pecho.

—Me gusta —añadió, más suave.

David no dijo nada durante un segundo.

—Perfecto —respondió después—. Ahora nos vemos.

Martina se quedó un momento con el teléfono en la mano.

Y por primera vez en días, el silencio de la casa no le resultó tan incómodo.

Marcos no estaba.  Y, aunque no quisiera pensarlo demasiado, eso también se notaba.