David
Saludó con un leve asentimiento y se sentó frente a Clara Ríos y Javier Salgado, apoyando las manos sobre la mesa.
—Claro.
Respiró hondo un segundo antes de empezar.
—Esa noche celebramos el cumpleaños de Martina en casa con mis padres, mi hermana Mercedes y su pareja. Algo tranquilo.
Javier anotaba sin levantar la vista.
—Después nos fuimos a casa de Martina. Mis padres se quedaron en casa. Estuvimos en el porche tomando algo. Hablando.
—¿Hasta qué hora? —preguntó Clara.
—No sabría decirle exacto… Cuando yo me fui serían la una de la madrugada, quizá un poco más tarde. Mercedes y Alberto se fueron una media hora antes que yo. Fui a la vega —añadió—. Tenía una vaca a punto de parir y quería echarle un vistazo.
Clara asintió.
—¿Fue entonces cuando habló con Felisa?
David bajó ligeramente la mirada.
—Sí. Me estaba esperando allí.
—Cuéntenos qué ocurrió.
David tardó un segundo en responder.
—Discutimos.
Tardó un momento en seguir.
—Yo… había decidido dejarlo con ella esa misma tarde. Ya no estaba bien la cosa.
Javier levantó la vista.
—¿Por qué?
David dudó un instante, pero no evitó la respuesta.
—Porque no sentía lo que debía sentir.
Bajó la mirada.
—Y porque los celos siempre han sido un problema en nuestra relación.
Clara lo observó con atención.
—¿También tenía celos por Martina?
David asintió, sin rodeos.
—Sí.
Silencio breve.
—¿Mantiene usted algún tipo de relación con Martina? —preguntó Javier.
David negó.
—No.
—¿Tiene intención de tenerla?
La pregunta quedó en el aire unos segundos.
David esbozó una leve sonrisa, más cansada que irónica.
—Martina siempre ha sido… —dudó un instante— mi amor platónico.
Clara no apartó la mirada.
—¿En qué sentido?
—En el de alguien que sabes que está ahí, pero no es para ti.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Ella tiene su vida en Valencia. Es arquitecta, tiene su trabajo, su entorno… Y yo estoy aquí. —Hizo un gesto con la mano—. Con mis vacas.
Javier dejó de escribir un segundo.
—No me imagino a Martina cambiando de vida para venir aquí —añadió David—. Ni a mí yéndome allí.
Silencio.
—Así que no —concluyó—. No tengo intención de tener una relación con ella.
Clara inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y sus sentimientos?
David bajó la mirada un instante, como si calibrara la respuesta.
—Prefiero no estropear lo que tenemos. Si eso significa no tener nada más, lo acepto.
Silencio.
—Entonces, ¿Martina no ha influido en su decisión de romper con Felisa?
David asintió con suavidad.
—Sí ha influido.
Javier alzó ligeramente las cejas.
—Me ha hecho darme cuenta —continuó David— de que no estaba sintiendo lo que debería sentir por Felisa.
David se detuvo, pensando en la respuesta.
—Y que no era justo seguir así.
Clara tomó nota.
—¿Y ahora?
David respiró hondo.
—Ahora… prefiero esperar.
—¿A qué?
David levantó la vista.
—A encontrar a alguien que me haga sentir lo mismo. Y si no llega —añadió—, prefiero quedarme solo.
La sala quedó en silencio unos segundos.
Clara Ríos retomó.
—Volvamos a la discusión con Felisa.
David asintió.
—Fue tensa, muy tensa. Ella no se lo esperaba y no quería aceptar que la dejara.
Pausa.
—Le pedí que lo entendiéramos, que no tenía sentido seguir…, pero no lo entendió.
Su expresión se endureció ligeramente.
—Se enfadó mucho.
—¿Le dijo algo concreto?
David dudó un instante.
—Sí. Dijo que aquello no iba a quedar así.
El sargento dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Cómo lo dijo?
—Como una amenaza. Dijo que se iba a vengar. De mí. Y de Martina.
El silencio que siguió fue más pesado.
Clara intercambió una breve mirada con Javier.
—¿Ha vuelto a hablar con ella desde entonces?
—No.
—¿Ni contacto telefónico?
—Nada.
Pausa.
—Nos hemos cruzado un par de veces por el pueblo —añadió—, pero ni siquiera me ha saludado.
Clara cerró la libreta con suavidad.
—De acuerdo.
Javier tomó la palabra.
—Una última cosa, David.
Él alzó la vista.
—¿Vio usted a Martina en algún momento de esa noche fuera del entorno de su casa?
David negó con firmeza.
—No.
Pausa.
—Cuando me fui a la vega, ella se fue a dormir. Dijo que estaba cansada porque había estado todo el día en la ciudad.
David se tomó un respiro.
—No la volví a ver hasta el día siguiente.
Clara asintió lentamente.
—De acuerdo.
La cabo hizo una última anotación antes de alzar la vista de nuevo.
—Una cosa más, David.
Él asintió, atento.
—Necesitamos concretar tiempos.
El sargento retomó el bolígrafo.
—¿A qué hora aproximadamente se produjo la discusión con Felisa?
David frunció ligeramente el ceño, pensando.
—No lo sé con exactitud… —respondió—. Serían… cerca de la una y media, quizá algo más tarde.
Javier anotó.
—¿Y cuánto tiempo estuvieron hablando?
—No mucho. Quince, veinte minutos como mucho.
—¿A qué hora se marchó Felisa?
David dudó un segundo más.
—No lo sé exacto… Las dos o las dos y algo. Se fue justo después de discutir. Salió bastante alterada.
Clara intervino.
—¿Y usted?
—Me quedé un rato más en la vega —respondió—. Quería asegurarme de que todo estaba bien.
—¿Cuánto tiempo?
David negó levemente.
—No sabría decirle… quizá media hora más.
Javier alzó la vista.
—¿Y después?
—Volví a casa.
—¿A qué hora?
David volvió a dudar.
—Serían… las dos y media, más o menos.
Ríos asintió despacio, cerrando la libreta.
—De acuerdo
La puerta se cerró tras David con un leve chasquido.
Javier dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó ligeramente en la silla.
—Pues ya lo tenemos.
Clara no respondió de inmediato. Permaneció unos segundos mirando sus notas, en silencio.
—¿Qué te parece? —insistió él.
Clara levantó la vista.
—Coherente. Su relato encaja.
Javier asintió.
—Horarios, movimientos, la discusión… Todo cuadra.
Clara pasó una página de la libreta.
—Y sitúa a Martina en el porche cuando él se va.
—Eso contradice a Felisa —añadió Javier. También es verdad que él no puede asegurar lo que pasó después.
—No —admitió Clara—. Solo hasta donde estuvo presente.
Javier exhaló despacio.
—Entonces tenemos dos versiones.
—Y ninguna concluyente —matizó Clara.
Se hizo un breve silencio.
—Hay algo más —añadió Javier.
Clara alzó la vista.
—Las amenazas.
Apoyó la libreta sobre la mesa.
—Sí.
—Felisa no mencionó nada de eso.
—Ni una palabra —confirmó Javier—. Y él lo introduce sin que se lo pidamos —continuó.
Ríos asintió ligeramente.
—Eso puede significar dos cosas.
Salgado la miró.
—O que está diciendo la verdad…
—O que está intentando reforzar una idea —terminó ella.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
Javier tamborileó suavemente con los dedos sobre la mesa.
—¿Tú por cuál te inclinas?
Clara no respondió de inmediato. Miró de nuevo sus notas, como si buscara algo más entre líneas.
—De momento —dijo al fin—, me quedo con que todo encaja demasiado bien.
—Excepto eso.
Javier asintió, pensativo.
Clara cerró la libreta con un gesto suave.
—Y cuando algo encaja tanto…
Levantó la mirada.
—Habrá que esperar a los resultados de las muestras de ADN de Martina Garay.