El legado de tía Leo El secreto
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El secreto

Desde que murió su mujer, la casa se le había quedado demasiado grande.

Roberto lo pensaba a menudo, sobre todo por las noches, cuando el silencio se instalaba en cada rincón y no había nada que lo rompiera. Antes, al menos, estaban sus hijos. Las conversaciones, las rutinas, el ruido cotidiano.

Ahora no. Se habían ido a vivir a Ávila.

Allí tenían sus vidas. Bien colocados. Había cumplido con lo que se había propuesto años atrás: darles una buena formación, sacarlos del pueblo, abrirles camino.

Los dos habían respondido bien. Uno como abogado, el otro como ingeniero.

Los dos habían salido adelante. Y él se había quedado atrás.

No era una queja, era un hecho.

Roberto se sirvió un poco de coñac y se sentó en la mesa de la cocina, mirando sin ver el patio oscuro. Aquella noche tampoco le apetecía cenar.

No desde que todo había empezado a torcerse.

El golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

No hizo falta preguntar.

Sabía quién era.

Abrió.

Su hijo entró sin esperar invitación, con gesto serio, más tenso de lo habitual.

—Tenemos que hablar.

Roberto cerró la puerta con calma.

—Ya estamos hablando.

El hijo negó con la cabeza.

—No. No así.

Se quedó de pie, sin sentarse.

—Esto se está complicando.

Roberto no respondió. Se limitó a mirarlo.

—Necesitamos una reunión —continuó el hijo—. Todos. Y cuanto antes.

—No hay nada que explicar —dijo Roberto, seco.

—Eso no lo decides tú solo.

El silencio que siguió fue breve, pero cargado.

—Explícalo tú entonces —añadió Roberto, apoyándose en la mesa—. A ver qué cuentas.

El hijo apretó la mandíbula.

—Lo que sabemos. Antes de que lo expliquen otros por nosotros.

Roberto soltó una leve exhalación, casi una mueca.

—Nadie puede explicar nada. Porque nadie lo sabe.

El hijo dio un paso adelante.

—¿Eso lo puedes asegurar?

Roberto le sostuvo la mirada.

—Sí.

—Yo no —replicó el hijo—. No podemos dar por hecho que todo está controlado. ¿Y si Martina sabe algo? —añadió—. ¿Y si Leo también lo sabía?

El nombre flotó en el aire unos segundos.

Roberto negó con la cabeza, firme.

—No.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque Feliciano me lo prometió. Nunca le dijo nada a Leo. Nunca.

El hijo lo miró, incrédulo.

—¿Y tú te quedas tranquilo con eso?

—Me dio su palabra —añadió Roberto, sin subir el tono—. Y yo lo creí y lo sigo creyendo.

El hijo apartó la mirada un instante, frustrado.

—Las cosas han cambiado —dijo al fin—. Hay un muerto.

Roberto no reaccionó.

—Y se está investigando —continuó—. Esto ya no es lo que era.

Se pasó la mano por el pelo.

—Se nos ha ido de las manos.

Roberto apretó ligeramente los labios, pero no dijo nada.

—No esperábamos esto —insistió el hijo—. Ni el muerto. Ni que entraran en la casa. Ni que empezaran a tirar del hilo.

Roberto se levantó despacio.

—Baja la voz.

—No voy a bajarla —replicó el hijo—. Porque cuanto más tardemos en mover ficha, peor va a ser.

Se hizo un silencio tenso.

—Tengo un colega —añadió después, algo más controlado—. Puede ayudarnos. Es abogado. Puede prepararnos una declaración, cubrirnos…

Roberto negó con la cabeza.

—No vamos a declarar nada.

—¿Ni siquiera para protegernos?

—No hay nada que proteger —cortó él.

El hijo lo miró fijamente.

—Sí lo hay. Y tú lo sabes.

Roberto sostuvo la mirada, imperturbable.

—No.

Silencio.

—Deberías hablar con la Guardia Civil —insistió el hijo—. Explicar lo que sabemos antes de que lo descubran ellos.

Roberto esbozó una sonrisa mínima, sin humor.

—¿Y qué se supone que sabemos?

El hijo no respondió, pero no apartó la mirada.

—Tu otro hijo está de acuerdo —añadió al cabo de unos segundos—. Cree que es lo mejor.

Roberto volvió a sentarse, despacio.

—Tu hermano no está aquí.

Pausa.

—Y tú tampoco deberías estar.

El hijo respiró hondo, conteniéndose.

—Esto no va a desaparecer solo.

Roberto alzó la vista.

—Ya desaparecerá.

El hijo negó con la cabeza.

—No esta vez.

Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Si esto salta… —dijo sin girarse—, no va a haber forma de pararlo.

Roberto no respondió. Se quedó sentado, mirando el vaso de coñac sin tocar.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar la casa.