El legado de tía Leo Citación
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Citación

Martina salió del cuartel de la Guardia Civil con una sensación extraña, como si el mundo hubiera cambiado un milímetro mientras ella estaba dentro.

La luz del exterior la golpeó de lleno, demasiado blanca, demasiado viva.

Parpadeó varias veces antes de poder enfocar el aparcamiento, las montañas al fondo, el movimiento lento de un coche que pasaba por la carretera.

Cerró la puerta metálica detrás de ella. El sonido resonó más fuerte de lo que esperaba.

Se quedó quieta un instante, sin avanzar, como si su cuerpo necesitara unos segundos para comprender lo que acababa de ocurrir. La prueba de ADN. La frialdad profesional de la cabo Ríos. La frase repetida con una calma que no calmaba a nadie: «Es un procedimiento rutinario, no se preocupe».

Rutinario. Claro. Por eso sentía las manos heladas.

Caminó hacia su coche despacio, con pasos que no parecían del todo suyos.

El aire olía a polvo y a sol, pero también a algo más…

, algo que no sabía nombrar. Al abrir la puerta del coche, notó que el ambiente dentro estaba cargado, como si el vehículo hubiera estado esperando una noticia que ella aún no había procesado.

Se sentó sin arrancar. El silencio era demasiado grande.

Recordó la llamada de esa mañana. La voz correcta, firme, sin fisuras. «Necesitamos que venga para completar unos datos de la investigación». Nada más. Ni explicaciones. Ni detalles. Y ella, como si no tuviera otra opción, había ido.

Ahora, al salir, el silencio no era el mismo. Algo se había movido. Algo que no sabía si venía de fuera… O de dentro.

Apoyó la frente en el volante y cerró los ojos. Intentó respirar hondo, pero el aire se le quedaba a medio camino. Intentó convencerse de que era normal. Que en una investigación así hablarían con todos. Que pedirían pruebas, datos, declaraciones. Con ella también.

Pero el nudo en el pecho no cedía.

Finalmente arrancó, aunque tardó unos segundos en poner el coche en marcha. El trayecto de vuelta se le hizo borroso, como si lo hubiera conducido otra persona. Cuando llegó a casa, se quedó un momento dentro del coche, mirando la fachada.

Y entonces, inevitablemente, volvió a él. A Roberto. A su forma de mirarla. A aquella frase que se le había quedado clavada como una astilla.

«No estoy tan seguro de eso».

No le había gustado entonces. Y ahora le gustaba aún menos.

Entró en casa. Caminó despacio por el pasillo, tocando con la punta de los dedos el marco de una puerta, el respaldo de una silla, como si necesitara asegurarse de que todo seguía ahí.

Fue a la cocina, abrió el grifo, dejó correr el agua sin beber. El sonido le llenó la cabeza, pero no la calmó. Cerró el grifo. Apoyó las manos en la encimera. Bajó la cabeza.

El sueño. La sangre. El golpe. La voz. La sensación de no poder respirar.

Se llevó una mano al pecho, como si el recuerdo le apretara desde dentro. Había sido solo una pesadilla. Eso se repetía. Pero ya no sonaba igual.

No desde que sabía lo que había pasado allí. No desde que todo parecía encajar demasiado bien.

Se enderezó despacio, como si cada movimiento pesara más de lo normal. Caminó hacia el salón. Se detuvo en medio, sin saber por qué. Miró alrededor. Todo estaba en su sitio. Todo igual que siempre. Y, aun así, algo no encajaba.

Demasiadas cosas. Demasiadas sensaciones que no sabía explicar.

Y ahora… La Guardia Civil. La prueba de ADN. Sin explicaciones.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, lento, preciso, como un dedo recorriendo una línea que ella no quería ver. Por primera vez desde que todo había empezado, la idea se abrió paso con claridad.

¿Y si no era solo una investigación? ¿Y si, de alguna forma, todo apuntaba hacia ella?

Martina negó con la cabeza, como si pudiera sacudirse el pensamiento, pero no lo consiguió. Porque algo dentro de ella, muy en el fondo, no estaba tranquila. Y esa inquietud, esa vibración mínima que no sabía de dónde venía, seguía ahí, insistente, como un eco que no quería apagarse.