El legado de tía Leo Felisa
41%

Felisa

La cabo Clara Ríos fue directa desde el principio.

—Queremos que nos cuente exactamente qué vio esa noche.

—Yo… por la tarde discutí con David —empezó.

El sargento Javier Salgado anotó sin interrumpir.

—Me dejó —continuó ella—. Así, sin más. Me dijo que estaba cansado, que no aguantaba más mis celos.

Se humedeció los labios, visiblemente incómoda al recordarlo.

—Y yo… sabía que lo hacía por otra.

Clara no reaccionó. Solo la observó.

—¿Otra persona?

Felisa asintió.

—Martina.

Silencio.

—Pensé que me estaba dejando por ella —añadió—. Desde que llegó al pueblo, todo era raro. Él… él cambió.

Respiró hondo.

—Esa noche los vi. Salían de casa de los padres de David porque habían estado celebrando el cumpleaños de Martina.

También estaban Mercedes, la hermana de David, y Alberto, su pareja.

Se dirigieron a casa de Martina los cuatro—siguió—.

Pensé que irían a tomar algo en el porche de la casa y no pude resistirme.

Javier levantó ligeramente la mirada.

—¿Fue a espiarlos?

Se removió en la silla.

Felisa bajó la mirada un instante, visiblemente incómoda ante la pregunta. Dudó unos segundos antes de responder.

—Sí… —admitió finalmente, casi en un hilo de voz—.

Fui a espiarlos. No debería haberlo hecho, lo sé…

—añadió rápidamente, como si necesitara explicarse—.

Pero en ese momento me sentía… no sé… traicionada, rechazada.

Todo había pasado demasiado rápido. No podía creer lo que estaba ocurriendo, ni la forma en que me lo dijo, como si nada.

Necesitaba entenderlo, saber si de verdad que me dejaba por Martina… O si todo estaba en mi cabeza.

Salgado le hizo un gesto con la mano para que siguiera.

—El porche está iluminado, pero detrás hay oscuridad. Yo estaba en la zona de atrás, y podía verlos a ellos, pero ellos no a mí.

Clara asintió lentamente.

—¿Y qué escuchó?

Felisa bajó un poco la voz.

—Estaban los cuatro, relajados, tomando unas cervezas. Después Alberto recibió una llamada y se fue con Mercedes. Y ellos dos se quedaron solos.

Felisa se tomó un respiro y siguió explicando.

—David le decía a Martina que había cortado conmigo. Que no podía más con mis celos.

Tragó saliva.

—Decía que llevaba tiempo mal, que no quería seguir con esa situación. Yo no podía creerlo.

Se le tensó la mandíbula.

—Sentí que me había sustituido delante de mis ojos.

Clara la interrumpió.

—¿Pasó algo entre ellos?

Felisa negó con la cabeza.

—Cuando escuché que se iba a la vega a ver a una vaca que estaba a punto de parir, me adelanté —continuó —. Quería esperarlo allí y hablar con él a solas.

Se frotó las manos.

—Pero cuando llegó… no fue como yo esperaba. Le pedí explicaciones. Le rogué que no lo hiciera, que habláramos, pero él fue muy firme.

Su voz se quebró ligeramente.

—Me dijo que no había vuelta atrás. Que me quería, pero que estaba cansado de tantos numeritos de celos.

Javier dejó de escribir un instante.

Felisa bajó la mirada.

—Me sentí… humillada. Salí de allí llorando. Con rabia.

Respiró hondo.

—Y no volví directamente al pueblo. Necesitaba calmarme. Rodeé el pueblo y me dirigí a la zona de las dehesas.

Clara inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y entonces vio algo?

Felisa dudó un segundo.

—No al principio, pero a lo lejos, cerca del pantano, vi una figura.

Javier levantó la vista.

—¿Qué tipo de figura?

—Una persona.

Pausa.

—Había luna llena y se reflejaba en el pantano. Se veía bastante bien desde donde estaba. No debería haberla visto si no hubiera estado tan cerca del agua.

Clara la observó sin cambiar el gesto.

—¿Está segura de que era Martina?

Felisa tardó en responder.

—No, al principio… no. Me dio miedo incluso acercarme, por lo de la maldición y esas cosas que se dicen.

Tragó saliva.

—Pero luego la reconocí. Estaba quieta, mirando el pantano.

Pausa.

—Y después la vi caminar hacia la dehesa. Hacia la casa.

Javier cerró el bolígrafo un instante.

—¿A qué hora fue eso?

Felisa frunció el ceño, intentando recordar.

—No lo sé exactamente… muy tarde. De madrugada. Quizá las tres como muy tarde.

Clara no respondió de inmediato.

Solo anotó algo en silencio.

Cuando Felisa salió de la sala el silencio fue breve, pero cargado. Javier dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó ligeramente en la silla.

—¿Qué te parece?

Clara no respondió de inmediato. Revisó sus notas, pasando una página con calma.

—Emocionalmente es coherente —dijo al fin—. La ruptura, los celos, la necesidad de saber… encaja.

Javier asintió.

—Pero eso no la hace fiable.

—No —admitió Clara—. La hace humana.

—Y también parcial.

Javier cruzó los brazos.

—Está dolida. Y cuando alguien está dolido tiende a completar lo que no ve.

Clara levantó la vista.

—O a interpretar lo que sí ve.

—Dice que la reconoce —continuó Javier—, pero desde la distancia, de noche, con luz de luna…

—Y sin una referencia clara de hora —añadió Clara.

Javier asintió.

—Tres de la madrugada «como muy tarde». Eso no es una hora —replicó Clara—. Es una sensación.

Se hizo un breve silencio.

—También hay otro punto —añadió ella—. El contexto.

Javier arqueó una ceja.

—Celos.

—Y rabia —precisó Clara—. Se siente sustituida. Humillada. Eso puede empujar a exagerar… O a dirigir el relato hacia alguien en concreto.

Javier dejó escapar el aire despacio.

—¿Crees que está señalando a Martina a propósito?

Clara no respondió de inmediato.

—No necesariamente de forma consciente —dijo al final—. Pero sí puede estar condicionando lo que cree haber visto.

—Aun así —añadió—, no podemos ignorarlo.

Javier asintió.

—Tenemos ADN por identificar, una presencia posible en la zona...

Clara cerró la libreta.

—No es suficiente para sacar conclusiones, pero sí para seguir mirando en esa dirección.

Javier la miró.

—¿La citamos de nuevo si hace falta?

—Si hace falta —confirmó Clara—. Pero primero, contrastamos.

Se levantó.

—¿Cómo lo contrastamos?

Clara no dudó.

—David.

Javier entendió al instante.

—Estuvo con ellos esa noche. Y puede situar a Martina —añadió Clara—. O descartarla.

Javier cogió el teléfono.

—Lo cito para declarar.

Clara se levantó.

—Cuanto antes.

Se detuvo un instante antes de salir, pensativa.

—Si dice la verdad, nos está acercando a algo. Y si no…

Lo dejó en el aire.

Javier completó la idea en voz baja.

—Nos está señalando en la dirección equivocada.

Clara no respondió. Pero no hizo falta