Investigación abierta
El despacho estaba en silencio, roto únicamente por el sonido intermitente del teclado y el roce de unos papeles al cambiar de mano.
Clara Ríos repasaba el informe preliminar mientras el sargento Salgado se apoyaba en la mesa, centrado en los datos extraídos del teléfono móvil del fallecido.
—Hay algo —dijo él al fin.
Clara alzó la vista.
—Dime.
Javier Salgado giró la pantalla hacia ella.
—Varias llamadas en los días previos. Siempre al mismo número. Repetidas. Insistentes.
Clara se acercó.
—¿Identificado?
—Prepago. Sin titular claro.
Clara frunció el ceño.
—¿Ubicación?
Javier hizo un par de clics.
—Ahí está lo interesante —respondió él—. Las últimas conexiones se registran en la zona de Hontanilla. También se registran en la ciudad de Ávila.
Clara asintió lentamente.
—Nada aleatorio.
Silencio.
—¿El día de la muerte?
—También hay movimiento —respondió Javier—. Llamadas próximas en el tiempo… y todas desde la zona del pueblo.
Clara no dijo nada. Solo observó la pantalla unos segundos más.
—¿Duración?
—Corta.
Clara se incorporó ligeramente.
—Bien.
Se apartó de la mesa y volvió al informe.
—El ADN del cabello… —añadió—. Perfil limpio en base de datos.
—¿Y la sangre del umbral?
—En análisis, pero sabemos que no corresponde al fallecido.
Javier cruzó los brazos.
—Tenemos al menos a otra persona en la casa.
Clara no respondió de inmediato. Caminó un par de pasos por el despacho, ordenando ideas.
—O alguien que estuvo allí antes —matizó finalmente.
Javier la miró.
—¿Las cámaras?
—Siguen con ello —respondió Clara—, pero los accesos que tenemos hasta ahora son de la zona. Conexiones cercanas. Nada que apunte a algo remoto o externo.
—Entonces quien controlaba eso estaba en el pueblo.
—O muy cerca.
Clara se detuvo.
—No me gusta.
Javier arqueó una ceja.
—¿El qué?
—Que todo esté tan contenido —respondió—. Teléfono local. Conexiones locales. Demasiado cerca.
Javier asintió lentamente y volvió a la mesa.
—Centraos en ese número —ordenó—. Movimientos, patrones, contactos. Quiero saber por dónde se ha movido exactamente esos días.
—De acuerdo.
—Y cruzadlo con cualquier registro en la zona. Vehículos, cámaras, lo que tengamos.
Ríos asintió y cerró el informe.
—Sea quien sea… —dijo finalmente— conoce bien el terreno.
El teléfono de Javier Salgado vibró sobre la mesa.
Miró la pantalla y contestó sin apartar los ojos del informe.
—Dime.
La voz al otro lado fue breve, técnica. Clara Ríos lo escuchaba desde su lado del despacho sin necesidad de esfuerzo.
Javier tardó unos segundos en responder.
—Entendido. Pásamelo por escrito.
Colgó.
Clara lo miró.
—¿Qué hay?
Javier se quedó un instante en silencio, procesando.
—Confirmado —dijo al fin—. El ADN del cabello coincide con la muestra de material hemático del umbral.
Clara frunció ligeramente el ceño.
—¿El mismo perfil?
—El mismo.
El silencio se hizo más pesado.
—Entonces no son dos rastros independientes.
—No.
Javier se pasó una mano por la mandíbula.
—Pensábamos que el cabello podía ser circunstancial —añadió—. Por la visita reciente. Martina, el entorno…
Clara asintió lentamente.
El cabello rubio, largo. Demasiado genérico. Demasiado fácil de encajar en una hipótesis cómoda.
—Encajaba —admitió ella.
—Ahora no tanto —respondió Javier.
Clara dio un paso hacia la mesa.
—Si el cabello y la sangre pertenecen a la misma persona… —empezó.
No terminó la frase.
Salgado la miró.
—Esa persona estuvo implicada directamente en lo ocurrido dentro de la casa.
Silencio.
Clara respiró hondo.
—Necesitamos ADN de Martina.
— Comparación directa —añadió Salgado—. Y cuanto antes.
Ríos asintió y empezó a teclear.
El teléfono volvió a sonar antes de que terminaran de procesar del todo la información.
Esta vez Clara lo cogió. La escucha fue breve. Cuando colgó, su expresión había cambiado ligeramente.
Javier levantó la vista.
—¿Problema?
Clara dudó un segundo.
—Testigo.
—¿De qué tipo?
—Del pueblo.
Pausa.
—Una mujer. Felisa Guzmán.
Javier frunció el ceño.
—¿La ex de David?
Clara asintió.
—Dice que esa madrugada vio a Martina cerca de la zona de la casa.
El silencio que siguió fue más tenso que los anteriores.
—¿Segura? —preguntó Javier.
Clara negó levemente.
—Dice que la reconoció, pero no está completamente segura de la hora.
Javier exhaló despacio.
—Eso no es sólido, pero ella declaró que estaba durmiendo a esas horas.
—No lo podemos ignorar—respondió Clara.
Se miraron un instante.
—La vamos a citar —añadió Salgado—. Declaración formal.
Clara cerró el informe con un gesto seco.
—Esto empieza a estrechar el círculo.
Pero su voz no sonó triunfal.
Se quedó unos segundos en silencio, mirando el informe cerrado sobre la mesa. Todo, sobre el papel, parecía apuntar a Martina. El cabello, la presencia en el pueblo, el testimonio reciente…
Demasiadas coincidencias alineadas en la misma dirección.
Pero algo no terminaba de encajar.
Clara apoyó la mano sobre la mesa, pensativa.
Martina llevaba años sin aparecer por el pueblo. Años fuera, lejos de todo aquello. No había constancia de vínculos recientes con la zona, ni con el entorno del fallecido, ni con nada que pudiera relacionarla de forma lógica con una red de narcotráfico.
Y, sin embargo, estaba allí en medio, en el centro de todo.
También estaba la transmisión de la finca. La casa. La dehesa.
Un movimiento extraño, casi forzado por el contexto. Una propiedad que llevaba años sin apenas actividad, que cambiaba de manos de forma repentina… y acababa precisamente en ella.
En alguien que, según todo lo que habían podido reconstruir hasta ahora, ni siquiera mantenía una relación real con su tía.
Clara frunció ligeramente el ceño.
Era eso lo que no le gustaba. No era solo lo que encajaba. Era lo que no tenía sentido.
Exhaló despacio, mirando de nuevo el informe.
Todo parecía demasiado limpio en unas partes. Y demasiado confuso en otras. Y en el centro de todo, una misma persona.
Martina.