Domingo
El pueblo llevaba dos días viviendo dentro del mismo rumor.
No había conversación que no acabara en lo mismo.
Que si habían encontrado un muerto en la casita de la dehesa.
Que si nadie sabía quién era. Que si la droga.
Que si las cámaras. Cada versión añadía algo nuevo, y a la vez, nada terminaba de aclarar nada.
Martina lo notaba al salir a la calle. Las miradas no eran exactamente incómodas, pero sí curiosas, contenidas, como si todo el mundo intentara no ser el primero en preguntar directamente.
—No te preocupes, hija —le decían algunos vecinos al pasar—. Eso se aclarará.
—Seguro que no tiene nada que ver contigo —añadían otros.
Martina asentía, agradecía, sonreía cuando tocaba. Pero por dentro tenía la sensación de estar caminando dentro de algo que aún no entendía del todo.
Aquel mediodía, estaban en la cantina. La conversación iba y venía entre el tema inevitable y pequeños intentos de distracción.
Su madre había ido a misa con el grupo habitual de mujeres del pueblo. Era domingo, y en el pueblo los domingos tenían su propio ritmo. Luego vendría a la cantina, como siempre.
Martina intentaba mantenerse en la conversación, pero su atención estaba repartida entre las voces y sus propios pensamientos.
Fue entonces cuando lo vio.
Al principio pensó que se equivocaba. Luego lo reconoció.
Marcos.
Se detuvo un segundo en la entrada, buscando con la mirada hasta que la encontró a ella.
Martina se levantó casi sin darse cuenta. El gesto fue inmediato, instintivo. Y antes de pensarlo demasiado, ya lo estaba abrazando.
El abrazo fue más largo de lo esperado. No solo por sorpresa, también por necesidad.
Durante un segundo, todo lo demás desapareció: el pueblo, el ruido, el caso.
Solo quedó él.
Cuando se separaron, Marcos la miró con atención.
—He venido en cuanto me he enterado —dijo.
Martina asintió, sin saber muy bien qué responder, pero le había gustado verlo, de verdad.
David observaba la escena desde la mesa, sin decir nada, pero con una expresión que no terminaba de ocultar del todo lo que le estaba molestando.
Martina lo notó. Y por un instante, una parte de ella pensó que, en otra situación, en otro momento de su vida, no habría dejado que Marcos apareciera allí así.
Pero aquella no era una situación normal. Ni ella estaba en condiciones de decidir con claridad qué era apropiado o no.
Y ahora mismo solo necesitaba no sentirse sola.
Marcos no soltó a Martina del todo cuando se separaron. No de forma evidente, pero sí lo suficiente como para quedarse cerca, como si necesitara confirmar que estaba bien.
Miró alrededor, a la mesa, a las caras desconocidas para él, intentando ubicarse en un lugar que no era el suyo.
—Me lo dijo Jepe —comentó finalmente—. Tu hermano. Me enteré por él.
Martina asintió levemente.
—Y no me lo pensé —añadió Marcos—. Me vine desde Valencia en cuanto supe lo que estaba pasando.
La frase quedó suspendida un segundo, sin dramatismo, pero con una intención clara.
Martina lo presentó a su grupo, intentando encajarlo de forma natural en una mesa donde todo el mundo lo observaba con una mezcla de curiosidad y cautela.
David lo miraba en silencio, con una incomodidad que no intentaba disimular. Mercedes, en cambio, mantenía una postura más neutral, aunque atenta a la tensión que se estaba formando sin necesidad de palabras.
Marcos se sentó finalmente, sin terminar de sentirse del todo en su sitio. Su presencia alteraba el equilibrio de la mesa de una forma silenciosa, pero evidente.
—Me he enterado por encima… lo del cadáver y lo de la casa —dijo.
Paula lo miró con atención, evaluando su reacción.
—Aquí todo el mundo se ha enterado por encima —respondió Fani, intentando suavizar el ambiente.
Pero no terminó de funcionar.
Marcos fijó la mirada en Martina.
—¿Tú estás bien?
La pregunta era sencilla, pero cayó con más peso del esperado.
Martina dudó un instante.
—Estoy… como puedo.
No era una respuesta firme, pero sí sincera.
En ese momento, la puerta de la cantina volvió a abrirse.
El ambiente cambió casi sin ruido. Su madre acababa de llegar de misa, acompañada por otras mujeres del pueblo.
Se detuvo al verla.
Y al ver a Marcos, durante un segundo, la sorpresa fue evidente. Pero no dijo nada.
En parte porque Marcos siempre había sido bien visto en la familia. Le caía bien. Encajaba. Era de esas personas que, aunque ya no formaran parte de la relación de Martina, no habían dejado una mala impresión.
Lo que no terminaba de gustarles era la sensación de que seguía demasiado presente en la vida de su hija, incluso después de la ruptura.
Aun así, la madre no hizo ningún gesto incómodo. Solo lo observó un instante más de lo habitual antes de acercarse al grupo.
Martina bajó ligeramente la vista, consciente de esa lectura silenciosa. Marcos también lo notó.
—Parece que he llegado en mal momento —murmuró.
—No —respondió Martina demasiado rápido—. No es eso.
Pero ni siquiera ella sonó del todo convincente.
El ambiente en la mesa había cambiado.
Ya no era solo el caso. Ni el pueblo. Ni los rumores. Era algo más personal. Más incómodo. Y más difícil de ignorar.
Marcos intentó sonreír ligeramente, como si buscara romper la tensión que él mismo había percibido.
—Bueno…, al menos el sitio tiene encanto —dijo, mirando alrededor de la cantina—. Es exactamente como me lo habías descrito.
Alguno de la mesa soltó una media risa breve, más por educación que por diversión real.
Martina también esbozó una sonrisa leve, pero no terminó de relajarse.
Marcos apoyó los codos sobre la mesa, más cómodo ahora que había hablado.
—Esto del pueblo es… bastante cerrado, ¿no?
—Depende —respondió Paula, encogiéndose de hombros.
—Se entera todo el mundo de todo —añadió Pablo.
Marcos asintió, como si tomara nota.
—Ya… bueno, eso explica bastante.
Hubo un pequeño silencio. No del todo incómodo, pero sí denso.
Marcos miró a Martina de nuevo.
—Oye, ¿y lo del cadáver? ¿Se sabe algo más?
Martina parpadeó, ligeramente desconcertada por la naturalidad de la pregunta.
—No mucho —respondió—. Está la Guardia Civil investigando.
—Ya… —Marcos asintió—. ¿Y estaba en la casa esa que dices?
La pregunta cayó un poco más directa de lo necesario.
David dejó el vaso en la mesa con más fuerza de la habitual.
—Sí —respondió él, antes de que Martina pudiera hacerlo.
Marcos lo miró un segundo, evaluándolo, sin mala intención aparente.
—Es que es raro… —continuó—. Que pase algo así justo en una casa que acabas de heredar.
Martina notó un pequeño pinchazo en el estómago. No le gustó el orden en el que lo había dicho. «Justo en una casa que acabas de heredar».
—No es exactamente así —intervino ella, con calma forzada—. La transmisión venía de antes. Yo solo… he venido ahora.
Marcos asintió, pero no pareció del todo convencido de la diferencia.
—Ya, pero aun así es mucha coincidencia, ¿no?
El silencio se alargó un segundo más de lo normal.
Mercedes intervino suavemente, intentando desviar la conversación.
—Aquí pasan cosas raras de vez en cuando. Pero se acaban aclarando.
Marcos sonrió levemente, como aceptando la corrección.
—Sí, bueno… supongo.
Pero no apartó la mirada de Martina. Y ella lo notó. No era una mirada acusatoria. Tampoco era curiosidad inocente. Era otra cosa. Una mezcla de preocupación y algo que aún no sabía identificar del todo.
El ruido de la cantina continuaba, pero para Martina había perdido parte de su forma habitual.
Las voces se mezclaban con el murmullo del pueblo, con los comentarios sobre el caso, con las miradas que aún parecían posarse en ella de vez en cuando sin disimulo.
Marcos seguía allí, integrado en la mesa como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar, aunque en realidad todo en él seguía siendo nuevo en aquel entorno. Hablaba con naturalidad, intentando encajar, pero sin perder de vista a Martina más de lo necesario. O eso le parecía a ella.
David, en cambio, apenas participaba ya en la conversación. Su silencio era más evidente que cualquier comentario.
Martina notó que su madre, desde el otro lado del grupo, la observaba de vez en cuando sin intervenir, como si estuviera midiendo algo que aún no terminaba de nombrar.
El ambiente del pueblo seguía igual en apariencia, pero algo había cambiado desde que Marcos había entrado por la puerta.
Y Martina no sabía si ese cambio la tranquilizaba… O la inquietaba un poco más.