El jefe
No hacía falta explicar demasiado. Todos sabían ya lo esencial. La casa había sido precintada. Habían matado a un hombre dentro. El material ya no estaba donde debía. Y las cámaras habían dejado de funcionar.
—Quiero saber qué coño está pasando.
—No me deis lo que ya sé —dijo—. Decidme lo que no me habéis sabido resolver.
El segundo tragó saliva.
—El hombre muerto…, no sabemos quién es.
Eso no gustó. Se notó en la forma en la que el jefe inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Cómo que no lo sabéis?
—No encaja —añadió el tercero—. No es de aquí. No sabemos qué hacía en la casa.
El jefe soltó una risa seca.
—Pues estaba dentro. Muerto. En la puta casa. Así que algo hacía.
El tema de las cámaras llegó sin que nadie lo forzara.
—Han dejado de funcionar —dijo el segundo.
El jefe levantó la mirada despacio.
—¿Y eso qué significa exactamente?
—Que las han encontrado. Pero en este sentido estoy tranquilo porque utilicé un sistema que enmascara la conexión, no pueden localizarnos.
—Eso espero —añadió el jefe.
—Y el material —siguió el segundo hombre.
No hacía falta decir qué material.
—Ya no está —confirmó—. Lo han encontrado y se lo han llevado.
El jefe asintió lentamente.
—Eso era previsible. Lo que no era previsible es que esperarais tanto.
Se inclinó hacia ellos.
—Dos días.
Silencio.
—Dos días desde que supisteis que la casa cambiaba de manos, y no fuisteis a vaciarla.
Nadie respondió.
—Teníais que haber ido el mismo día —dijo, más frío—. El mismo día.
El primer hombre bajó la mirada.
—Pensamos que había margen…
El jefe lo cortó.
—No pensasteis. Y ahora tenemos un muerto que no sabemos quién coño es, cámaras fuera de control y material perdido.
El jefe se recostó ligeramente.
—Ahora escuchadme bien.
Los tres levantaron la vista.
—Si esto se os va de las manos y alguien tira del hilo —dijo—, no quiero nombres. No quiero más errores.
Se quedó mirando uno a uno.
—Y si alguien empieza a preguntar demasiado… —No terminó la frase, no hacía falta—. Se lo come quien tenga que comérselo —añadió finalmente.
El silencio que siguió fue distinto.
—A partir de hoy no quiero que contactéis conmigo para absolutamente nada. ¿Lo habéis entendido? —gritó el jefe—. Hoy mismo os deshacéis de los móviles que os dimos. Tiradlos al río, a la basura, pero deshaceros de ellos ya, sin falta.
Los tres hombres bajaron la cabeza. Sabían que habían fallado, que esos días de aplazamiento les había costado caro. Y ahora tenían un problema y la certeza de que el error no había sido, únicamente, haber llegado tarde, sino de haber llegado demasiado lejos.