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El sonido del coche al detenerse frente a la casa no fue brusco, pero sí lo bastante distinto como para romper la calma del porche.
Martina salió del salón y se acercó al umbral. Algo en su interior se tensó antes incluso de verlos.
Su madre giró ligeramente la cabeza, como si el cuerpo reaccionara antes que la mente.
Dos figuras bajaron del vehículo. Un hombre y una mujer caminaron hacia la casa con una seguridad contenida, sin observar el entorno, como si ya supieran exactamente dónde estaban y a qué venían.
Cuando llegaron a la puerta, el hombre mostró la placa.
—Guardia Civil. Sargento Salgado.
—Cabo Ríos —añadió ella
No hubo sorpresa. Solo una certeza incómoda que se instaló entre las tres mujeres.
—Son los agentes que me interrogaron —dijo Martina mirando a su madre y a Paula—. Mi madre y mi hermana Paula —siguió esta vez dirigiendo la mirada a Salgado y Ríos.
Lucía los invitó a entrar. No fue una invitación formal. Fue más bien una aceptación silenciosa de que aquella conversación iba a ocurrir allí, quisieran o no.
El aire había cambiado. Más denso. Más vigilante.
—En las últimas horas hemos avanzado en la investigación —empezó Salgado.
Su tono era neutro, pero medido. Cada palabra parecía colocada con intención.
—El cadáver ha sido identificado.
La frase cayó como algo definitivo, sin dramatismo, pero sin posibilidad de retroceso.
Paula fue la primera en reaccionar.
—¿Quién era?
Salgado sostuvo el silencio y consultó sus notas antes de hablar.
—Varón, aproximadamente cuarenta años, de origen rumano. Con antecedentes en el país de origen, sin causas abiertas en España. No consta domicilio estable aquí ni vínculos familiares localizados.
La palabra antecedentes quedó suspendida en el ambiente. Sin especificar, sin necesidad de hacerlo.
Salgado hizo una breve pausa antes de continuar.
—La autopsia ha confirmado que la muerte se produjo por un traumatismo craneoencefálico.
El término sonó más frío que la realidad que describía.
—Un golpe en la cabeza —añadió Clara—. Lo que aún no podemos determinar con certeza es en qué contexto se produjo porque también presenta alguna otra contusión en el cuerpo.
Martina frunció ligeramente el ceño.
—¿Quiere decir…?
—Que pudo ser una agresión —respondió Salgado— o el resultado de una interacción física.
No dijo «accidente», pero tampoco lo descartó.
Clara retomó:
—Estamos a la espera de resultados de varias muestras recogidas en la vivienda.
—¿Qué tipo de muestras? —preguntó Paula.
—Restos biológicos —respondió ella—. Entre ellos, material hemático y otros indicios que podrían ayudarnos a identificar a una segunda persona en la escena.
Clara tomó la palabra.
—Además, durante el registro de la vivienda hemos encontrado material ilegal.
Ahora sí. El silencio fue inmediato.
—¿Material ilegal? —repitió Martina, sin comprender del todo.
—Sustancias estupefacientes —precisó Clara—. En una cantidad y disposición que descartan un uso casual.
La información no era completa, pero era suficiente.
Martina negó lentamente.
—Yo no sabía nada de eso. En el pueblo se rumorea algo, pero no sabíamos nada de eso.
Salgado la observó con atención, no como quien duda, sino como quien registra.
—También hemos localizado un sistema de vigilancia en el interior de la casa —añadió.
Martina parpadeó.
—¿Una cámara?
—Más de una —respondió Clara—. Ocultas.
—Estamos rastreando desde dónde se ha estado monitorizando —continuó Salgado—. Eso nos dará información sobre quién tenía control del lugar y qué relación guardaba la persona fallecida con todo esto.
Martina sintió un escalofrío. La casa ya no era solo un lugar extraño, era algo utilizado, preparado y observado.
Salgado desvió entonces la atención hacia la madre.
—La vivienda pertenecía a su cuñada —dijo—. Leonor Garay.
Lucía tardó un segundo en responder.
—Sí, la hermana de mi difunto marido.
—¿Qué relación mantiene con ella?
La pregunta no era agresiva, pero tampoco era casual.
—Ninguna en los últimos treinta y tres años —respondió—. Prácticamente desapareció del mapa.
Clara tomó nota.
—¿Y aun así decidió dejarle la casa a su hija?
Lucía negó levemente.
—Eso tampoco lo entiendo.
—¿Saben dónde se encuentra actualmente? —preguntó Clara.
—No. Cuando abandonó Hontanilla, la única persona que sabía dónde estaba era su madre. Leo le hizo jurar que jamás desvelaría su paradero. Su madre se llevó el secreto a la tumba.
—¿Por qué quiso desaparecer? —preguntó Clara.
Lucía les explicó que Leo siempre había sido una mujer difícil de entender, marcada por una vida en la que las pérdidas habían pesado más que los momentos de estabilidad.
Contó que había sufrido varios abortos a lo largo de los años y que nunca llegó a sobreponerse del todo a la imposibilidad de tener hijos, algo que la fue alejando poco a poco de su propia vida.
Mencionó, también, un episodio especialmente doloroso: la muerte de una hija a los ocho meses de embarazo, que debía haber nacido como Martina, y como aquel hecho la dejó emocionalmente quebrada durante mucho tiempo.
Salgado no dijo nada en ese momento, pero algo en ese dato se le quedó clavado más tiempo del necesario.
La imagen de una niña que no llegó a nacer se mezcló, sin quererlo, con recuerdos que no solía permitir que emergieran en mitad de un caso.
Por un instante, casi de forma automática, su mano buscó el bolsillo de la chaqueta. No sacó nada, no hacía falta. Aun así, el gesto estuvo ahí, breve, contenido, como si necesitara comprobar que seguía todo en su sitio.
Apartó la mirada un segundo y volvió al presente con la misma firmeza con la que cerraba siempre cualquier puerta que empezaba a entreabrirse.
Lucía siguió explicando que a todo ello se sumaba el accidente de su marido, un suceso que terminó de romper cualquier equilibrio y que, según Lucía, contribuyó a que Leo acabara desapareciendo del pueblo.
Salgado y Ríos no interrumpieron mientras Lucía hablaba, pero sus miradas se cruzaron brevemente al final del relato.
No era una reacción de sorpresa abierta, sino de ajuste interno, como si estuvieran reorganizando mentalmente piezas que empezaban a adquirir un significado más complejo del que tenían al principio.
Clara tomó unas notas rápidas, sin levantar la vista, mientras Javier permanecía unos segundos en silencio, procesando la información sin dejar que ninguna conclusión prematura se filtrara todavía.
El caso, que hasta ese momento había girado en torno a hechos recientes y tangibles, empezaba a incorporar un pasado emocionalmente cargado que, aunque no explicaba nada de forma directa, abría nuevas líneas de interpretación que ninguno de los dos parecía dispuesto a cerrar aún.
El ambiente volvió a cerrarse.
—Estamos analizando el teléfono móvil del fallecido —añadió Salgado—. Sus últimos movimientos, llamadas y contactos.
Martina asintió levemente, como si cada nueva pieza la alejara más de la comprensión de lo que estaba pasando.
Salgado se inclinó ligeramente hacia delante.
—Seguiremos trabajando en la investigación —dijo Salgado—. Les iremos informando de cualquier avance relevante.
—Y si recuerdan cualquier detalle, por pequeño que parezca, díganlo.
Se incorporó, la conversación había terminado.
Clara cerró la carpeta y ambos se despidieron con un gesto breve. Sin formalidad innecesaria.
Una vez de regreso al vehículo, lejos ya de la casa, el tono de Salgado y Ríos cambió ligeramente, como si el aire exterior les permitiera pensar con más libertad.
Javier fue el primero en romper el silencio, mencionando lo extraño que le resultaba todo lo relacionado con la tía desaparecida: una mujer sin rastro conocido, que había abandonado el pueblo años atrás y que, sin embargo, había decidido dejar en vida la propiedad a una sobrina a la que, según la familia, apenas había visto en su vida.
Clara asintió lentamente, reconociendo que ese detalle no encajaba del todo con un simple gesto testamentario, sino que sugería algo más complejo detrás, una intención o un motivo aún no visible que podría resultar clave para entender por qué aquella casa, precisamente aquella casa, había terminado en el centro de todo.
La figura de Leo Garay empezaba a adquirir un peso que no esperaban al principio.