El legado de tía Leo Trauma
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Trauma

Las dos permanecían sentadas alrededor de la mesa con los platos casi intactos. Pensativas, en silencio.

A simple vista, no parecían madre e hija.

Sus características físicas eran marcadamente diferentes.

Lucía, de pelo castaño, piel morena, ojos oscuros y rasgos raciales.

En su juventud, había sido una belleza morena, de una hermosura enigmática.

A pesar de los años, aún conservaba un aire de elegancia que la hacía destacar.

Martina, por otro lado, era el contraste perfecto.

Su cabello rubio y liso enmarcaba un rostro con unos inmensos y rasgados ojos de un verde intenso que parecían contener la esencia misma de la naturaleza y le conferían una mirada misteriosa y enigmática.

Su piel blanca y su cuerpo alto y espigado la dotaban de una elegancia natural.

—No me gusta nada —dijo Paula, apareciendo en el porche con un refresco de cola—. La forma en que te han preguntado…

Martina apoyó los cubiertos con suavidad.

—Es normal —respondió—. Soy la propietaria de la casa. Tenían que preguntarme.

Lucía negó ligeramente con la cabeza.

—Una cosa es preguntar… y otra cómo lo hacen.

Martina no respondió.

Se quedó un momento en silencio, como si aún estuviera allí dentro, en aquella sala, reviviendo cada palabra.

—No me han acusado de nada —añadió finalmente—. Pero…

Lucía la observó en silencio.

—Te han hecho sentir incómoda —dijo.

El silencio volvió a instalarse.

—Fani me contó algo que no sabía —dijo entonces Martina, sin levantar la vista—. Me explicó lo que se decía en el pueblo tras el accidente del tío Feliciano.

Lucía dejó de mover los cubiertos.

—Me dijo… —continuó Martina— que yo no paraba de llorar. Que la gente decía que parecía que estaba poseída.

Lucía soltó una leve exhalación.

—Eso es una estupidez —dijo, sin dureza, pero con firmeza—. Ya sabes lo que le gusta a la gente inventar.

Martina levantó la mirada.

—Ya sé que eso es una tontería, pero entonces ¿qué me pasó para que la gente dijera eso?

Lucía tardó unos segundos en responder.

—Tenías tres años —continuó—. Viste cómo el caballo mataba a tu tío. Eso deja huella en un adulto… Imagínate en una niña.

Martina escuchaba sin apartar la mirada.

—Entraste en un estado de shock —añadió—. Llorabas sin parar. No había forma de calmarte.

Hizo una breve pausa.

—No dejabas que nadie se acercara a ti —continuó—. Ni que te cogieran en brazos. Tu abuela Júlia era la única persona que te calmaba.

Paula miró a su madre, sorprendida.

—No sabía eso…

Lucía esbozó una sonrisa triste.

—No te lo conté —dijo—. No hacía falta.

Martina permanecía inmóvil.

—Pensamos que era parte del trauma —añadió—. Y seguramente lo era. Pero… —Se detuvo buscando las palabras—. Para mí no fue solo eso. —Levantó la mirada hacia su hija—. Yo no estaba bien en aquel momento.

El silencio cambió de tono. Más íntimo. Más frágil.

—Venía de una etapa muy dura —continuó—. Ya lo sabes… lo de tu hermano.

Martina bajó ligeramente la mirada.

Lucía siguió hablando, con calma.

—Cuando lo perdí… se me quedó un vacío difícil de explicar. Pensé que con el tiempo pasaría. Y en parte se mitigó… cuando nació Lita y después Paula.

Miró, brevemente, a su otra hija.

—Pero cuando naciste tú, Martina —hizo una pausa— algo volvió.

Martina levantó la vista.

—Al principio creí que era una depresión más. Como la de tantas mujeres después de dar a luz. Pero no fue solo eso. Era distinto a lo de la primera vez.

El silencio se volvió más denso.

—Era como si todo lo que había enterrado… volviera de golpe, pero con más intensidad.

Nadie habló.

—Y entonces pasó lo del accidente —añadió—. Y tú… dejaste de reconocerme. Dejaste de ser tú.

La frase cayó con un peso difícil de esquivar.

—Para una madre… —continuó Lucía, con la voz más baja— que su hija la rechace así…

Negó levemente con la cabeza.

—No sabes lo que es eso.

Martina sintió un nudo en el estómago.

—Pensé que te perdía también —dijo Lucía—. Que algo se había roto.

El silencio se alargó. Solo el sonido lejano del campo seguía allí, constante.

—Y poco a poco, con el tiempo, volviste a ser tú.

Hizo una pausa.

Martina guardó silencio después de escucharla, como si necesitara ordenar todo lo que acababa de descubrir.

Nunca se había detenido a pensar en su madre más allá del papel que había ocupado en su propia vida, en sus ausencias, en sus silencios, en aquello que siempre le había parecido distante o difícil de entender.

Pero ahora, al ponerlo todo junto, la imagen cambiaba por completo.

No era frialdad, ni desinterés. Era dolor acumulado.

Y por primera vez, Martina sintió una punzada de algo nuevo, más profundo que la incomodidad o la distancia: una compasión inesperada, casi dolorosa, al darse cuenta de que nunca había mirado a su madre desde ese lugar, desde lo que debió de ser vivirlo todo desde el otro lado.

Se levantó sin decir nada, se acercó a ella y la abrazó con fuerza, como si en ese gesto tardío pudiera reparar, aunque fuera una mínima parte,

todo lo que había quedado sin decir entre las dos.

Se volvió a sentar en silencio y fue entonces, casi sin quererlo, cuando el recuerdo del sueño volvió a abrirse paso en su mente, como si aquella conversación hubiera aflojado algo que lo mantenía contenido hasta ese momento.

Lo que en un primer momento había sido solo una pesadilla confusa (la casita de la dehesa, la puerta abriéndose, el olor a hierro, ahogándose, la sangre, un golpe seco, una voz que no lograba reconocer) empezaba ahora a adquirir un peso distinto, incómodo, casi tangible.

La inquietaba la coincidencia: a esa misma hora, según le habían dicho, alguien había muerto allí dentro.

Y entonces regresaban, como un murmullo que nunca termina de apagarse, las historias del pueblo, los comentarios que había escuchado casi de pasada, esa idea absurda de que de niña había estado poseída .

No creía en nada de eso, nunca lo había hecho, pero la coincidencia la descolocaba.

Dudó en decir nada, en no alimentar más esa sensación irracional, pero al mismo tiempo sentía una necesidad creciente de soltarlo, de sacarlo fuera antes de que empezara a tomar una forma que no pudiera controlar, aunque eso significara enfrentarse a la mirada de su madre y de Paula.

—Tengo algo que explicaros —dijo Martina, bajando la mirada un segundo antes de reunir el valor para continuar—. No sé cómo interpretarlo, pero… es sobre la noche del asesinato.

Su madre y su hermana se quedaron en silencio, esperando.

—Esa misma noche soñé que iba a la casita de la dehesa —empezó—. Estaba allí, dentro. Todo era tan real… y muy confuso a la vez: una voz, no sé de quién. Me ahogaba, me faltaba el aire, no podía respirar…, y un golpe muy fuerte, sangre.

Se detuvo un instante, tragando saliva.

—Y todo eso ocurría justo a la misma hora en la que ocurrió el crimen. Coincide con ese momento.

Su madre tardó unos segundos en reaccionar, como si necesitara asegurarse de que había entendido bien lo que acababa de oír.

Paula frunció el ceño, mirándola con una mezcla de desconcierto y preocupación.

—Martina… eso fue solo un sueño —dijo finalmente su madre, aunque la voz no le salió del todo firme.

—Ya lo sé —respondió ella rápido, casi a la defensiva—. Pero no es solo eso. Es la coincidencia… la hora… Todo.

Hubo un silencio incómodo, denso, de esos que no terminan de asentarse.

Martina bajó la mirada un momento, dudando, y luego añadió, como si necesitara soltarlo todo de una vez antes de arrepentirse:

—Y no es lo único. Cuando fui por primera vez a la casita con Rosario, me pasó algo raro.

Paula la miró más fijamente.

—¿Qué tipo de raro ?

—No sé explicarlo bien —dijo Martina, negando suavemente con la cabeza—. Entré allí y fue como si… como si me vinieran imágenes sueltas. Flashes . Una mano, alguien llorando… movimiento dentro de la casa, como si hubiera alguien más allí conmigo.

Se detuvo un instante, buscando las palabras.

—No eran recuerdos claros, pero la sensación era muy real. Como si ya hubiera estado allí antes, aunque sé que no es posible.

Su madre se acercó un poco, ahora claramente inquieta.

—Martina, eso puede ser el estrés. Todo lo que está pasando, el pueblo, la casa…

Pero Martina negó despacio, sin apartar la vista.

—Lo sé, pero no se me va de la cabeza. Ninguna de las dos cosas.

Su madre dejó escapar un suspiro largo, mirando a Martina con una mezcla de cansancio y preocupación que llevaba acumulándose desde hacía horas.

—Yo sabía que algo malo podía pasar con lo de esta herencia —dijo al fin—, pero no imaginé esto. Un cadáver en la casita… justo el día que cambia de nombre.

Negó despacio, como si aún intentara encajar la idea.

—Es todo demasiado raro, Martina. Y a mí me está inquietando mucho más de lo que quiero reconocer.

Paula bajó la mirada, incómoda, mientras la tensión en el ambiente crecía.

—¿Y si no es casualidad? —añadió la madre, más bajo, casi en un murmullo—. ¿Y si todo esto está relacionado? ¿Y si alguien ha querido que fueras tú la que apareciera ahora en esa casa? Incluso tu propia tía, que fue la que movió todo esto de la transmisión.

La chica la miró, sin saber qué responder. La idea, dicha en voz alta, adquiría una forma inquietante que antes no tenía.

El silencio volvió a instalarse entre las tres.

Martina sintió cómo todo encajaba de la peor manera posible en su cabeza.

Salió a la calle sin avisar. Necesitaba despejarse. La casa se le había quedado pequeña, cargada de pensamientos que no terminaban de ordenarse.

El pueblo de noche era distinto. Más callado, más estrecho. Las farolas dibujaban sombras irregulares en las fachadas, dejando tramos en penumbra donde el silencio parecía más denso.

Caminó sin rumbo fijo, dejándose llevar por calles que apenas recordaba haber recorrido de día. Al girar una esquina, se detuvo. No estaba sola.

Un hombre permanecía apoyado contra la pared, medio oculto por la sombra. Tardó un segundo en reconocerlo.

Roberto. El hermano de su tío.

El hombre se incorporó despacio, pero no del todo relajado. Martina percibió en el gesto algo contenido, como si hubiera interrumpido un pensamiento o algo que prefería no estar haciendo allí.

—Vaya horas para pasear sola —dijo.

La voz era firme, pero había una tensión leve, difícil de ubicar.

Martina mantuvo cierta distancia.

—Necesitaba aire.

Roberto asintió, pero su mirada no se apartó de ella. Demasiado fija. Demasiado atenta.

—Normal —añadió—. Con todo lo que tienes encima…

Hizo una pausa breve, como si estuviera midiendo lo siguiente.

—Se está investigando —respondió Martina.

—Claro —replicó él, rápido—. Eso dicen.

El «eso dicen» llegó antes de lo esperado.  Como si no quisiera detenerse demasiado en el tema. Martina lo notó.

—Tu tía… —continuó Roberto, cambiando ligeramente el foco—. Nunca fue una mujer fácil.

Se pasó la mano por la mandíbula, un gesto breve, casi automático.

—Si hubiera sabido antes que la casa iba a acabar en tus manos —añadió, con un leve gesto de incomodidad— habría hablado contigo antes.

—¿Para qué?

Roberto tardó un segundo más de lo normal en responder.

—Ya es tarde para eso y ahora no conviene remover las cosas —dijo después, bajando un poco la voz.

Roberto se tomó su tiempo antes de responder.

—Y esa casa… —añadió— no es precisamente un lugar cualquiera.

Martina dio un paso atrás, incómoda.

—No entiendo qué quiere decir —dijo Martina, manteniendo la voz firme.

Roberto la sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. No fue una mirada neutra. Era como si estuviera intentando leer algo más allá de sus palabras.

—No estoy tan seguro de eso.

La respuesta llegó sin elevar el tono, pero con un peso incómodo.

Martina notó como se le tensaban los hombros.

—No tengo ni idea de lo que está insinuando.

Roberto no respondió de inmediato. Bajó la vista un instante, como si estuviera ordenando algo, y luego volvió a mirarla.

—Mejor así.

La frase no sonó tranquilizadora. Al contrario.

Roberto dio un paso a un lado, dejándole espacio para pasar.

—Ten cuidado, Martina. Hay cosas que, cuando salen a la superficie ya no se pueden volver a esconder.

Martina lo miró sin moverse. No sonaba a consejo, ni a preocupación. Sonaba a otra cosa. Más cercana a una advertencia… o incluso a una amenaza.

Pasó a su lado sin decir nada, con la sensación incómoda de que Roberto no solo sabía más de lo que decía, sino de que también esperaba algo de ella.

Martina siguió caminando sin rumbo claro, intentando recuperar un ritmo que ya no era el mismo.

Las palabras de Roberto seguían ahí, repitiéndose, encajando mal en su cabeza. No sabía exactamente qué había querido decir. Pero sí tenía claro algo:  aquella conversación no había sido casual.