El legado de tía Leo Piedras Cortadas
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Piedras Cortadas

—Mirad —susurró Sonia, señalando el cielo con el dedo—. Eso que brilla tanto al lado de la luna es Venus.

Nadie habló durante unos segundos.

Estaban tumbados sobre las mantas. Algunos, directamente sobre la tierra aún tibia, mirando hacia arriba como si el mundo se hubiera detenido allí, en lo alto de la sierra.

El cielo, limpio y profundo, se abría sobre ellos como una cúpula infinita, cuajada de estrellas que parecían más cercanas de lo habitual, más nítidas, casi al alcance de la mano.

Pero aquella lo era aún más.

Martina respiró hondo, dejando que el aire fresco le llenara los pulmones. Hacía tiempo que no sentía esa calma, ese silencio que no pesaba, que no exigía nada; solo estar.

Giró ligeramente la cabeza y miró a su alrededor.

David, Mercedes y Alberto, Fani y Pablo, Paula, que no dejaba de hablar en voz baja con Sonia, como si quisieran recuperar de golpe todos los años perdidos. Todos estaban allí.

Y ella no había sospechado nada.

A David se le había ocurrido organizarlo todo en secreto. Una escapada a la sierra, un viernes al caer la tarde, para subir hasta aquel lugar al que tantas veces habían ido de jóvenes: Piedras Cortadas. Un clásico de los veranos que, con los años, había quedado relegado a los recuerdos.

Esta vez, sin embargo, no se trataba solo de pasar el día.

Habían subido para quedarse.

Para hacer, por fin, aquello que tantas veces habían dicho y nunca habían cumplido: pasar la noche allí arriba, bajo las estrellas.

David lo había preparado con los demás sin que Martina supiera nada. Habían organizado la subida, repartido lo necesario, decidido quién llevaría el coche con las cosas y quién se atrevería con el camino más complicado.

Porque sabía que ella elegiría ese.

Y no se equivocó.

Martina cerró los ojos un instante, sintiendo el murmullo de las conversaciones, alguna risa contenida, el sonido lejano del viento entre los canchos.

Por primera vez en días, todo parecía quedar lejos, demasiado lejos como para alcanzarla.

La idea de subir por la garganta había sido suya.

O, al menos, eso creyó cuando lo propuso en la plaza sin saber que todo estaba ya preparado. Los demás optaron por la pista, más cómoda, más rápida. Pero ella no dudó.

Y David tampoco.

El trayecto apenas era un sendero al principio. Se desdibujaba entre piedras, vegetación y tramos donde el agua marcaba el camino. El sonido de las pequeñas cascadas los fue acompañando desde el inicio, cada vez más cercano, más presente.

—Te vas a arrepentir —le había dicho David al principio, medio en broma.

Pero Martina no se arrepintió. Llevaba años queriendo hacer ese recorrido.

Las cascadas iban apareciendo una tras otra, algunas tímidas, otras más abiertas, dejando caer el agua en pequeñas pozas de un verde oscuro y limpio. En una de ellas, Martina se quitó las zapatillas sin pensarlo.

—Ni se te ocurra —dijo David, aunque ya sabía que era inútil.

Ella ya estaba metiendo un pie en el agua.

El gesto de sorpresa le arrancó una risa.

—Está helada.

—Normal.

—Ven.

David negó con la cabeza, pero no tardó ni un minuto en hacer lo mismo.

Acabaron riendo como hacía tiempo que no lo hacían, salpicándose, intentando empujarse sin conseguirlo del todo, como si de repente hubieran vuelto a otra época, más simple, más ligera.

Siguieron subiendo sin prisa. Parándose más de lo necesario. Sentándose en algún cancho, dejando que el aire les secara la piel, hablando a ratos y guardando silencio en otros sin que resultara incómodo.

En uno de esos momentos, mientras retomaban el camino, sus manos se rozaron sin querer.

Ninguno la apartó de inmediato.

Fue apenas un segundo, pero suficiente.

David la miró de reojo.

Martina siguió caminando, como si no hubiera pasado nada, aunque una leve sonrisa le asomaba en los labios.

No hacía falta decirlo.

Aquella subida no era solo el camino más difícil, era también el que los había vuelto a acercar.

Cuando alcanzaron la parte alta, el sol empezaba a perder fuerza, pero aún quedaba luz suficiente para ver la silueta de Piedras Cortadas recortándose contra el cielo.

Aquel lugar siempre había sido especial para la gente de Hontanilla. Un lugar del que se hablaba en voz baja, casi con respeto.

Su padre siempre les había hablado de Piedras Cortadas como si guardara algo más que historia. Siempre lo hacía con tanto detalle que, la primera vez que Martina subió, tuvo la sensación de reconocerlo.

Dejó que el silencio siguiera su curso, mirando las piedras recortadas contra el cielo.

Volvió a su padre y como todo aquello había influido en su decisión de estudiar arquitectura.

No por lo que era, sino por lo que él imaginaba que había sido.

Solía explicar cómo le fascinaba reconstruir mentalmente aquella estructura, ver en su cabeza cómo habría sido en su origen, levantarlo poco a poco desde las ruinas, como si pudiera devolverle la forma perdida.

Quizá por eso eligió aquel camino.

Su abuelo nunca llegó a entenderlo del todo. Para él, el despacho de Ávila era la continuidad natural, lo lógico. La arquitectura le parecía una desviación. Elegante, pero una desviación, al fin y al cabo.

Al final, Piedras Cortadas no solo eran unas ruinas vetonas, era también una de las primeras decisiones que había separado a su padre del destino que otros habían imaginado para él.

Martina sonrió apenas al pensarlo.

Algunos decían que aquellas ruinas eran romanas. Otros, los más mayores, defendían que su origen era mucho más antiguo, vetón, y que aquello había sido en su día un pequeño templo pagano donde se rendía culto a una diosa olvidada.

Martina siempre le había gustado más esa versión vetona. Le encajaba mejor.

Las piedras, perfectamente talladas en formas rectangulares, resistían el paso del tiempo.

Algunas permanecían aún colocadas como en su origen, alineadas con una precisión que sorprendía en medio de la nada.

Otras yacían dispersas, vencidas por los siglos, como si el lugar se hubiera ido deshaciendo poco a poco sin llegar nunca a desaparecer del todo.

Generación tras generación, las historias se repetían. Que si alguien había encontrado fragmentos de vasijas entre la tierra, que si una moneda antigua apareció una vez, brillante entre el polvo, que si por la noche aquel sitio tenía algo distinto…

—¿Lo veis? —insistió Sonia, señalando el cielo con el dedo—. ¿Estáis viendo como brilla Venus?

Fani soltó una risa.

—Pero si al lado de la luna hay quinientas cosas que brillan… ¿cómo quieres que sepamos cuál es Venus?

Alberto se incorporó un poco sobre el codo.

—Tiene razón, ¿eh? Yo veo un montón de puntitos sospechosos.

Sonia negó con la cabeza, divertida.

—No son «puntitos sospechosos». Y no es tan difícil.

Fani alzó la mano, como si estuviera en clase.

—Perdona, profesora, ilústranos.

—Las estrellas titilan —explicó Sonia, paciente—. Parpadean. Los planetas no. Brillan de forma fija.

Silencio.

Todos levantaron la vista.

Fani entrecerró los ojos exageradamente.

—A ver… ese titila… ese también… ese… no sé si titila o soy yo…

Mercedes se rio.

—Igual eres tú.

—Calla, que esto es serio —respondió Fani, concentrada—. Estoy localizando un planeta.

David se giró hacia Martina, sonriendo de lado.

—Esto promete.

—¡Ese! —exclamó Fani de pronto, señalando con decisión—. Ese no se mueve. Ese es Venus seguro.

Sonia miró en la dirección que indicaba y negó, aguantando la risa.

—Fani… ese es un avión.

Un segundo de silencio.

Y después, las risas estallaron alrededor.

Fani se dejó caer de nuevo sobre la manta, resignada.

—Pues nada, cuando pase el siguiente, lo intento otra vez.

Mientras empezaban a organizar la «mesa» —una manta extendida sobre el suelo—, Martina y David no se movieron.

Las voces llegaban hasta ellos, cercanas pero lejanas al mismo tiempo.

—¿No vais a ayudar? —gritó Fani desde la manta.

David alzó un poco la voz sin levantarse.

—Estamos recuperándonos. La garganta no perdona.

—Excusas —respondió ella entre risas.

Martina sonrió, sin moverse.

—Es verdad —dijo en voz baja—. Estoy agotada.

Se acomodó mejor sobre la manta, con las manos detrás de la cabeza, mirando el cielo.

Durante unos segundos no dijeron nada.

Solo respiraban.

El aire era más fresco allí arriba, más limpio. Se colaba entre las piedras y arrastraba consigo el murmullo del grupo, alguna risa, el roce de bolsas, el tintinear de una botella.

—Ha valido la pena —dijo Martina al fin.

David giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—Sabía que dirías eso.

—Y sabías que elegiría ese camino.

—También.

Martina sonrió sin mirarle.

—Lo tenías todo pensado.

—Más o menos.

Silencio.

Las estrellas seguían ahí, inmóviles, ajenas a todo.

—Gracias —añadió ella después de unos segundos.

David tardó un poco en responder.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí —insistió—. Por esto.

Hizo un gesto leve con la mano, abarcando el cielo, el lugar, el momento.

Pausa.

—Lo necesitaba.

David volvió a mirar hacia arriba.

—Yo también.

El silencio regresó, pero ya no era solo descanso. Había algo más. Una calma compartida que no necesitaba palabras. A unos metros, Paula levantó la voz:

—¡Como no vengáis ahora mismo, nos comemos todo!

Martina soltó una pequeña risa.

—Deberíamos ir.

—Deberíamos —repitió David.

Pero ninguno se movió de inmediato.

El cielo seguía extendiéndose sobre ellos, inmenso, silencioso.

Y entonces pasó.

Un trazo de luz cruzó la oscuridad, rápido, limpio.

—¿Lo has visto? —susurró Martina, incorporándose ligeramente.

—Sí.

Se quedaron unos segundos mirando el lugar por donde había desaparecido.

—Pide un deseo —dijo David en voz baja.

Martina volvió a tumbarse, sin apartar la vista del cielo.

No necesitó pensarlo.

—Que todo esto acabe ya.

Su voz sonó más seria de lo que esperaba.

David giró la cabeza hacia ella.

—Va a acabar —dijo con calma—. Y va a salir bien.

Martina no respondió de inmediato. Solo asintió levemente. Luego giró la cabeza hacia él.

—Ahora tú.

David esbozó una media sonrisa.

—¿Otro deseo?

—Claro.

Pausa.

—Te toca.

David miró de nuevo al cielo, como si buscara otra señal.

—Ampliar el negocio —dijo al final—. Las vacas… llevarlo más lejos.

Martina lo miró de reojo.

—Eso suena bastante concreto.

Él dejó escapar una pequeña risa.

—Y montar algo propio. De verdad.

Pausa.

—Un rancho.

Martina levantó ligeramente las cejas.

—¿Un rancho?

—Para la cría de caballos —añadió, casi sin mirarla—. Siempre he querido hacerlo.

El silencio que siguió fue distinto.

Más íntimo.

Martina sonrió, esta vez abiertamente.

—No es mal deseo.

—No.

A lo lejos, Fani volvió a gritar:

—¡Último aviso!

Esta vez, Martina se incorporó del todo.

—Venga, que nos quedamos sin cena.

David se levantó después, sacudiéndose la tierra de las manos.

—Y sin planeta —añadió.

—Ese ya lo ha perdido Fani —respondió Martina, riendo.

Y esta vez sí, volvieron con los demás.

La cena se alargó entre risas, historias repetidas mil veces y otras que parecían nuevas solo por el lugar en el que se contaban. Compartieron comida, vino y recuerdos, dejando que la noche avanzara sin prisa, como si nadie quisiera ser el primero en romper aquel momento.

Y, poco a poco, el cansancio.

Algunos se quedaron dormidos casi sin darse cuenta, envueltos en sacos o sobre las mantas, mientras otros resistían un poco más, mirando un cielo que parecía no acabarse nunca.

Martina apenas durmió.

No le hizo falta.

Le bastó con estar allí, con sentir que, por unas horas, todo lo demás había quedado en pausa.

Cuando el cielo empezó a aclararse y una luz suave comenzó a dibujar el contorno de las piedras, el grupo fue despertando poco a poco. Sin prisa, recogieron lo que habían llevado, doblaron mantas, guardaron restos de comida y apagaron la linterna que había sido el centro de la noche.

Nadie hablaba demasiado.

El amanecer imponía su propio silencio Atrás quedaban las piedras, el cielo, la noche.

Y, durante un rato más, la sensación de que todo estaba en su sitio.

Mientras tanto, en el pueblo, Roberto se vestía en silencio. Se detuvo un instante frente al espejo, como si necesitara reconocerse antes de salir.

Después cogió las llaves.

Había tomado una decisión.

Y esa mañana iba a ir a la Guardia Civil a contarlo todo.