El legado de tía Leo Viernes negro
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Viernes negro

Rodrigo salió de casa temprano, como cada mañana.

Aún no apretaba el calor, y el aire tenía ese frescor breve que desaparecía en cuanto el sol terminaba de imponerse sobre los campos. Cerró la puerta con la llave, se ajustó la gorra y caminó hasta la camioneta, una rutina repetida tantas veces que ya no requería pensamiento.

El camino hasta la finca era corto, lo justo para terminar de despejarse. Conducía con una mano apoyada en la ventanilla, mirando el paisaje sin detenerse realmente en nada concreto: los mismos caminos de tierra, las mismas lindes, los mismos árboles que llevaban allí toda la vida.

Al llegar, lo primero fue lo de siempre.

Soltó a los perros, que salieron corriendo en círculos, inquietos, como si cada día fuera el primero.

Después fue al cobertizo, llenó un cubo de pienso y comenzó a repartirlo entre los animales, moviéndose con la naturalidad de quien conoce cada gesto de memoria.

Gallinas, un par de cabras, el caballo al fondo… Todo seguía su orden habitual.

Mientras trabajaba, apenas pensaba. Era un tiempo casi automático, de cuerpo más que de cabeza. Revisó el vallado en uno de los laterales, cambió el agua de los bebederos y se detuvo un momento a observar el terreno, valorando si esa semana tocaría arreglar alguna zona del cercado.

Fue entonces cuando, al levantar la vista hacia la dehesa colindante, volvió a fijarse en la furgoneta.

Seguía allí.

La había visto el día anterior, aparcada justo delante de la casita. No le había dado demasiada importancia en ese momento. Había supuesto que sería alguien contratado por Martina: para limpiar, para arreglar algo, para empezar a mover la casa después de tanto tiempo cerrada.

Pero que siguiera en el mismo sitio al día siguiente… Eso ya no le cuadraba tanto.

Rodrigo se quedó unos segundos mirándola desde la distancia, con el ceño ligeramente fruncido. No era una furgoneta nueva.

Dudó.

No le gustaba meterse donde no le llamaban. Nunca lo había hecho. Pero algo en aquella imagen, inmóvil, repetida, empezó a incomodarle.

Dejó lo que estaba haciendo a medias.

Se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia la dehesa con paso tranquilo al principio, aunque más atento a cada detalle de lo habitual.

A medida que se acercaba, notó esa incomodidad leve que no terminaba de explicar. Quizá por las historias que se contaban del lugar, quizá por la simple sensación de estar entrando en terreno ajeno.

La furgoneta estaba tal y como la había visto el día anterior.

Se aproximó despacio, rodeándola con cautela. No vio a nadie dentro. Ni movimiento. Ni señales de actividad reciente. Entonces levantó la vista hacia la casa. La puerta estaba abierta de par en par.

Eso ya no era normal.

Se quedó quieto un instante, dudando si dar media vuelta o acercarse. Pero algo le empujó a seguir.

Avanzó despacio, sintiendo ahora con claridad ese reparo que antes solo era una intuición.

—¿Hola? —llamó desde fuera, sin entrar todavía.

No hubo respuesta.

El silencio era total.

Respiró hondo y cruzó el umbral.

Dentro, la luz entraba de forma irregular, dibujando sombras alargadas sobre el suelo.

El ambiente le envolvió con una densidad extraña, como si la casa supiera algo que él aún no.

Y entonces lo vio.

Un hombre. Tirado boca arriba. Inmóvil. Con un charco de sangre extendiéndose desde la cabeza.

Rodrigo se quedó paralizado.

Durante un segundo, su mente se negó a entender lo que estaba viendo.

Hasta que lo hizo.

Y entonces el silencio dejó de ser el mismo…

… El teléfono de Martina vibró sobre la mesa.

Lo miró al ver el nombre de David en la pantalla.

—¿Sí?

—Está empezando —dijo él al otro lado—. Creo que no va a tardar.

La mañana anterior Martina se había acercado a la vega con la esperanza de presenciar el nacimiento del ternero, pero Iluminada no terminaba de ponerse de parto.

Martina se levantó de inmediato.

—Voy para allá.

Colgó, se puso una chaqueta ligera y salió de casa con prisa contenida. El camino hasta la vega se le hizo eterno. Cuando llegó, David ya estaba junto al cercado.

—Justo a tiempo —le dijo.

La vaca respiraba con esfuerzo, inquieta. El resto del ganado se mantenía a cierta distancia.

Martina se acercó despacio, observando en silencio.

Nunca había visto algo así tan de cerca.

—Tranquila… —murmuró David.

El tiempo parecía avanzar de otra manera, marcado por la respiración del animal, por la espera.

Y entonces ocurrió. El ternero empezó a asomar.

David se inclinó ligeramente, atento.

—Ya está…

Un último esfuerzo. Y el cuerpo pequeño cayó sobre la tierra.

Un instante de silencio; después, el primer movimiento. La vida. Martina soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Buscó la mirada de David; él ya la estaba mirando.