Fuera de allí
El bar estaba medio vacío a esas horas.
Una televisión colgada en la esquina escupía un programa sin sonido, mientras el murmullo bajo de un par de mesas ocupadas se mezclaba con el tintinear de vasos.
Los tres hombres ocupaban una mesa al fondo, lejos de la puerta.
No hablaban alto.
Nunca lo hacían.
—¿Es seguro? —preguntó uno de ellos, sin levantar demasiado la vista del vaso.
El otro asintió despacio.
—Está hecho. Ya es oficial. La casa cambia de manos.
Hubo un breve silencio.
El tercero, que hasta entonces no había dicho nada, apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Cuándo?
—Ya —respondió el primero—. Cuestión de días. Igual ya está allí.
El silencio que siguió fue distinto. Más denso.
—Pues hay que sacarlo —dijo el tercero, sin rodeos.
Nadie preguntó el qué. No hacía falta.
Volvió a mirar alrededor antes de seguir, más bajo.
—Lo antes posible —añadió—. No podemos arriesgarnos.
El segundo hombre negó ligeramente con la cabeza, como si intentara poner orden en la urgencia.
Apoyó el vaso sobre la mesa con un leve golpe.
—Si entra gente… Si empiezan a limpiar… Si alguien se pone a curiosear…
No terminó la frase. No hacía falta. Los otros dos no respondieron de inmediato. El segundo miró hacia la barra, asegurándose de que nadie prestaba atención.
—Que no haya errores —dijo en voz baja—. Ni ruidos. Ni sorpresas.
El primero asintió.
—Entramos, sacamos lo que haya y desaparecemos. Como siempre.
—Como siempre —repitió el tercero.
El primero chasqueó la lengua, pensativo.
—No podemos hacerlo a lo loco.
—Nunca lo hacemos a lo loco —cortó el tercero—. Pero tampoco podemos esperar a ver qué pasa.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Hay un problema —dijo tras un momento—. No tenemos otro sitio preparado todavía.
El tercero lo miró fijamente.
—Pues se busca.
El primero asintió lentamente.
—Y rápido.
—No es tan fácil —murmuró el segundo—. Tiene que ser un sitio discreto. Sin movimiento. Sin preguntas.
Los otros dos lo miraron.
—Primero lo sacamos de allí. Todo. Sin dejar rastro.
Pausa.
—Y después lo movemos a otro sitio. El que sea. Pero no puede quedarse ahí por más tiempo.
El segundo frunció el ceño.
—Entonces lo hacemos en dos pasos.
—Eso implica riesgo.
—Todo implica riesgo —respondió el tercero con frialdad—. Lo que no podemos permitir es que lo encuentren.
Silencio.
El primero terminó su bebida de un trago.
—Esta noche no.
—No —asintió el tercero—. Pero cuanto antes. Mañana o pasado como muy tarde.
El segundo miró hacia la calle, pensativo.
—Y el del camión…
No terminó la frase. El primero entendió.
—Ya está en marcha.
El tercero se levantó ligeramente de la silla, como dando por cerrada la conversación.
—Entonces no hay más que hablar.
Pero antes de marcharse, añadió sin mirar a los otros:
—Y esta vez, ni un error
Ya en pie, como si acabara de recordar algo:
—Y las cámaras —añadió—. Cuando lo saquéis todo… las desconectáis también y os las lleváis. Que no quede rastro—remató—. Nada