La llamada
Se metió en la cama intentando no pensar demasiado. Estaba cansada. Se acomodó entre las sábanas. Buscó una posición cómoda, como si con ese gesto pudiera acomodar también las ideas. Suspiró, cerrando los ojos un instante. Y se quedó dormida casi al instante.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando abrió los ojos. La habitación estaba en penumbra. No había ningún ruido. Pero había algo. Una sensación difícil de explicar. Como si alguien la hubiera llamado.
Se incorporó lentamente en la cama. El corazón le latía con fuerza, aunque no sabría decir por qué. Y, sin embargo… Sentía que tenía que ir.
La idea apareció en su cabeza con una claridad inquietante.
La casa de la dehesa.
No lo dudó.
Se levantó.
No encendió la luz.
Se vistió casi sin ser consciente de lo que hacía y salió de la casa en silencio, como si no quisiera despertar a nadie…, aunque no hubiera nadie más allí.
La noche era clara.
La luna llena iluminaba el camino con una luz fría, casi irreal.
Martina caminó sin detenerse. No pensaba. No cuestionaba nada. Solo avanzaba.
El sendero hacia la dehesa se abría ante ella como si lo conociera de memoria.
Y, de alguna forma, lo conocía.
Cuando llegó al pantano, se detuvo.
El agua reflejaba la luna con una quietud inquietante, como un espejo inmóvil.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Sintió que no estaba sola.
Giró la cabeza.
Nada. Solo la noche. Solo el silencio. Pero ese silencio…, no era normal. Era demasiado denso. Demasiado presente.
Continuó.
La casa apareció ante ella unos minutos después.
Oscura.
Inmóvil.
Esperándola.
Se quedó quieta frente a la fachada: SI ENTRAS, MORIRÁS .
Entonces empezaron los flashes .
Imágenes sueltas. Fragmentos sin orden. Una puerta que se abre. Una luz hacia ella. Una sombra moviéndose por el interior. Se llevó una mano a la cabeza.
—No… —susurró.
Pero no podía apartarlos.
Avanzó un paso. La puerta estaba entreabierta. Un golpe seco sonó en el interior.
Martina se quedó paralizada.
—¿Hola? —dijo, con la voz apenas audible.
Nadie respondió.
Entró.
El aire dentro de la casa era más frío. Y olía.
Un olor metálico. Fuerte. Inconfundible. Bajó la mirada. Sangre. Oscura. Extendiéndose por el suelo.
Dio un paso atrás, con el pulso desbocado. Entonces lo oyó. Una voz. Muy cerca.
—Has vuelto…
Se giró bruscamente.
No había nadie. Solo una sombra. Rápida.
Y después, un golpe. Seco. Justo detrás de ella.
Martina intentó respirar hondo. Pero el aire no entraba.
Abrió la boca, buscando oxígeno, y solo encontró ese olor denso, metálico, que parecía pegarse a la garganta.
El pecho empezó a dolerle. Como si algo la apretara desde dentro. Se llevó la mano al cuello.
—No… —intentó decir, pero la voz no salió.
El aire se le escapaba antes de poder llenarse.
Dio un paso hacia atrás, otro más, tropezando casi con sus propios pies.
El corazón le golpeaba con fuerza, descompasado.
Se estaba ahogando. Lo sabía. Y entonces…
Sintió una presencia justo delante de ella. Muy cerca. Demasiado. El aliento frío rozó su cara. Martina se quedó completamente inmóvil. El aire seguía sin entrarle en los pulmones. Quiso escapar.
No pudo. Su cuerpo no respondía, como si algo la sujetara desde dentro.
Entonces lo vio. No con los ojos, sino como una imagen que se imponía en su cabeza.
Una mano, temblorosa, arrastrándose por el suelo.
Un intento desesperado por agarrarse a algo, por no caer.
Un golpe. Otro más. Un cuerpo cayendo. Un jadeo entrecortado.
Y esa misma voz. Más cerca.
Más real.
—No tenías que volver…
Martina quiso gritar, pero no podía respirar. El pecho le ardía. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas sobre el suelo manchado. La sangre estaba caliente. Demasiado caliente.
Y en ese instante… Un grito. Agudo. Real. Desgarrador.
Martina abrió los ojos de golpe. Se incorporó en la cama, jadeando, llevándose la mano al pecho. El aire entró de golpe en sus pulmones, como si hubiera estado bajo el agua.
Oscuridad. Silencio. Su habitación. Todo en su sitio.
Tardó unos segundos en reaccionar, en entender: había sido un sueño. Una pesadilla. Se dejó caer hacia atrás, intentando calmar la respiración. El corazón seguía latiéndole con fuerza. Cerró los ojos un instante.
Y entonces lo sintió: un leve temblor en las manos, una certeza fría que no sabía explicar. Como si algo del sueño no se hubiera quedado del todo allí dentro. Como si una parte hubiera cruzado con ella al despertar.
Respiró hondo, sin abrir los ojos, deseando que la noche no guardara más sorpresas.