Miércoles, tres de junio
Martina llegó a Hontanilla a última hora de la tarde, cansada pero satisfecha tras un día intenso de emociones. Había pasado la mañana en la notaría, firmando la aceptación de la herencia de su tía, un trámite que le dejó una extraña sensación difícil de definir.
Aún no entendía por qué Leo había querido dejarle precisamente a ella la dehesa y la casita.
Ni siquiera había acudido personalmente a realizar la transmisión. Todo se había hecho mediante poderes notariales desde algún lugar que nadie parecía conocer con exactitud. El abogado únicamente había explicado que se encontraba gravemente enferma y que no podía desplazarse.
Aquella idea llevaba todo el día rondándole la cabeza.
Intentaba imaginar a su tía en una habitación cualquiera, quizá postrada en una cama, envejecida, enferma, en algún rincón desconocido del país o del mundo después de tantos años desaparecida. Y, sin embargo, le resultaba imposible construir una imagen clara de ella.
Porque Leo siempre había sido casi un fantasma dentro de la familia.
Una presencia de la que se hablaba poco.
Cuando salió de la notaría recordó una fotografía antigua que había visto decenas de veces en casa de su madre. Una imagen en blanco y negro tomada mucho antes de que todo se rompiera. Aparecían las dos juntas, muy jóvenes todavía.
Su madre sonreía de verdad.
Tenía el rostro relajado, luminoso, casi despreocupado.
Leo también sonreía, pero en ella había algo distinto. Una dureza extraña en la mirada. Una tensión apenas perceptible alrededor de la boca, como si incluso en aquel momento feliz hubiera algo dentro de ella que ya estuviera empezando a quebrarse.
Martina recordaba haberse quedado observando aquella fotografía más de una vez siendo niña, intentando entender por qué le producía tanta curiosidad aquella mujer.
Ahora volvió a pensar en ella.
Y también se preguntó cómo habría sido realmente la vida de Leo durante todos aquellos años lejos de Hontanilla.
Si habría vuelto a enamorarse alguna vez. Si habría rehecho su vida.
O si, por el contrario, había seguido viviendo atrapada para siempre en aquella tragedia que todos parecían recordar a medias y en voz baja.
Quizá por eso agradeció tanto el resto del día.
La comida tranquila con Fani y Pablo, el pastel improvisado, las bromas constantes de su amiga intentando arrancarle una sonrisa cada vez que la veía demasiado callada.
Durante unas horas consiguió apartar de la cabeza a Leo, la herencia y aquella sensación incómoda que llevaba acompañándola desde la mañana.
Por la tarde también consiguió desconectar de todo aquello entre paseos, compras y conversaciones sin importancia, con Fani llenándolo todo con su energía habitual.
Durante todo el día, las llamadas de felicitación se habían sucedido sin descanso. La de su madre, como siempre, había sido la primera.
Ya de vuelta al pueblo, cuando el día empezaba a caer del todo y el silencio se instalaba poco a poco en las calles, Martina sintió el cansancio acumulado. Pensó en preparar algo ligero, cenar sin complicaciones y acostarse temprano, pero el teléfono volvió a sonar.
David.
Su voz al otro lado sonaba tranquila, casi casual, pero con ese punto de insistencia suave que no admitía demasiadas preguntas. Le dijo que fuera un momento a su casa antes de cenar, que tenía que explicarle algo.
Martina dudó apenas un segundo, pero acabó aceptando, dejándose llevar por la naturalidad del momento.
Cuando llegó, la puerta de la casa de David estaba entreabierta. Apenas cruzó el umbral, entendió que no había ninguna urgencia real.
La sorpresa la envolvió de inmediato.
Había gente.
Mercedes estaba allí, junto a su pareja. También, Candela y Julián, los padres de David. Todos reunidos, sonrisas contenidas, miradas cómplices.
La comprensión le llegó de golpe, seguida de una emoción suave, casi infantil, que le hizo sonreír sin poder evitarlo.
Era una cena sorpresa.
Su cumpleaños.
Martina se dejó llevar, como si por un momento el mundo exterior quedara suspendido.
Cuando la velada fue apagándose poco a poco, como todas las buenas noches que no quieren terminar del todo, los cuatro jóvenes decidieron prolongarla un poco más.
Cogieron algunas bebidas y se fueron a la casa de Martina.
Se instalaron en el porche, donde el aire era suave y la noche templada envolvía el jardín con una calma agradable.
Esa noche, David le pareció más atractivo que nunca.
Vestía unos vaqueros sencillos y una camiseta blanca llevada con naturalidad, por fuera del pantalón, que acentuaba su aire relajado.
El color claro resaltaba su piel bronceada y su pelo castaño, ligeramente ondulado, caía hacia atrás con descuido.
Pero lo que más le llamaba la atención eran sus ojos color miel, cálidos y profundos, que a Martina le resultaban especialmente bonitos y difíciles de ignorar.
La noche avanzaba cuando el teléfono de Alberto sonó. Contestó con un gesto breve, escuchó en silencio unos segundos y asintió sin hacer preguntas.
—Tenemos que irnos —dijo después, guardando el móvil.
Se despidieron con naturalidad.
David y Martina se quedaron solos. Él la miró un instante más de lo habitual, como si buscara las palabras adecuadas antes de pronunciarlas.
—Quería explicarte una cosa —dijo al fin, con calma—. He cortado con Felisa.
Martina parpadeó, sorprendida. Sintió un leve nudo en el estómago, aunque intentó que no se notara.
—¿Ah, sí…? —murmuró, sin saber aún qué postura tomar.
—No ha sido de un día para otro —continuó él—. Pero desde que tú llegaste al pueblo… Todo ha sido distinto. Sus celos, la forma en que reacciona… no es lo que yo entiendo como una relación.
Ella desvió la mirada hacia el suelo del porche, como si necesitara un segundo para ordenar lo que acababa de oír. Se pasó una mano por el brazo, incómoda, pero no apartó del todo la atención de él.
David hizo una pausa breve, dejando que el silencio respirara entre ambos, antes de volver a fijar la mirada en ella.
—La quiero —admitió—, pero me he dado cuenta de que no es así como debería sentirse uno cuando está con alguien.
Martina tragó saliva.
—David…, no sé qué decir —susurró, sin reproche, solo con cautela.
—Y hay otra cosa —añadió él, bajando un poco más la voz tras un breve silencio—. No estoy seguro, pero sospecho que fue ella quien lanzó aquella piedra con el mensaje de « VETE YA ».
Martina levantó la cabeza de golpe, esta vez sí mostrando una reacción clara. —¿Felisa…? —preguntó, incrédula—. ¿Estás seguro de eso?
Frunció levemente el ceño, sorprendida. Y, casi sin quererlo, le vino a la mente Fani, sus comentarios, sus intuiciones exageradas, su manera de ver siempre más allá de lo evidente. ¿Y si iba a tener razón en todas sus suposiciones?, pensó.
—No veo normales esas actitudes —continuó él—. Ni entonces ni ahora. Me he dado cuenta de que estaba con ella casi por inercia, por rutina…, pero nunca he estado enamorado de verdad.
La miró de nuevo, esta vez sin apartar la vista.
El silencio se instaló entre los dos con una densidad distinta, más íntima, casi frágil. David no añadió nada más. Tampoco hacía falta.
Martina bajó la mirada un instante, como si necesitara ordenar lo que acababa de escuchar, aunque en realidad no supiera muy bien cómo hacerlo. Sentía la noche alrededor, cálida y quieta, y la cercanía de David de una forma nueva, difícil de nombrar.
Él no se movió. Solo la observó, con una calma que no pedía respuesta inmediata, como si por primera vez no tuviera prisa en ninguna dirección.
Martina levantó la vista de nuevo y, durante unos segundos, ambos se sostuvieron la mirada. Fue breve, pero suficiente para cambiar el aire del porche.
Luego, casi sin darse cuenta, ella esbozó una leve sonrisa, pequeña, contenida, y apartó la vista como si necesitara volver a la normalidad.
David fue el primero en romper el momento, con un gesto sencillo, casi cotidiano.
—Tengo que ir a la vega—dijo al fin, con suavidad—. Una de las vacas está a punto de parir y tengo que echarle un vistazo.
Martina asintió despacio, como si la frase le devolviera poco a poco a la realidad.
—Si no estuviera tan cansada, te acompañaría —dijo entonces, con naturalidad, casi sin pensarlo.
David sonrió apenas, una sonrisa breve pero cálida.
—Otro día —respondió.
Martina se quedó en el porche, pensativa. Necesitaba quedarse un rato más allí para ordenar lo que acababa de sentir, lo que todavía no sabía muy bien cómo encajar.