El legado de tía Leo Rumores
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Rumores

El comercio estaba más animado de lo habitual.

Era media mañana y, como casi todos los días, varias mujeres se habían reunido entre los estantes, más pendientes de la conversación que de la compra.

—Pues yo no lo veo normal —dijo una, apoyada en el mostrador—. Que le deje la casa de la dehesa a Martina. Después de tantos años sin aparecer por aquí…

—Nada normal —respondió otra—. Esa mujer siempre ha sido muy rara.

—Rara sí, pero tonta no —intervino una tercera—. Algo habrá detrás.

Hubo un pequeño silencio, cargado de curiosidad.

—¿Y tú te crees que vendrá el día de la citación? —preguntó alguien desde el fondo—. En la citación, parece ser, dijo que no porque estaba gravemente enferma. Pero esta es capaz de presentarse…

—Pues mira —contestó otra—, tal y como era, no me extrañaría nada que apareciera. Solo por hacer la escena.

Algunas rieron por lo bajo.

—Era excéntrica y rebuscada, sí, pero era buena mujer —saltó una.

—Eso es cierto. Y muy generosa —la apoyó la de al lado.

—Lo que sí que es rebuscado es lo del día —añadió otra—. ¡Nada menos que el cumpleaños de la chica!

—Eso está hecho a mala idea —sentenció una.

—¿Y Lucía? —preguntó otra voz—. ¿Cómo no ha venido con la hija?

—Eso también es raro. Yo, desde luego, no la hubiera dejado venir sola.

—Si se entera de lo de la piedra con el mensaje y la pintada en la fachada yo creo que vendrá.

—Quizá ya lo sabe—dijo otra voz—. A lo mejor Martina ya se lo ha contado. Aunque también puede ser que la chica no haya querido preocuparla.

—Hombre —intervino otra, bajando un poco la voz—, aunque no lo sepa, a Lucía no le habrá gustado nada este gesto de su cuñada.

Varias asintieron.

—Eso lo sé yo de buena tinta —añadió—. Está disgustada. Dicen que no le hacía ninguna gracia que Martina aceptara. Que la advirtió, pero que la chica se empeñó en venir.

—Normal —respondió otra—. Con lo mal que siempre se portó Leo con ella…

La conversación cambió ligeramente de tono.

—Y lo de los hechizos… —dijo una, casi en susurro—. ¿Vosotras qué pensáis?

Algunas se miraron.

—Yo eso no me lo he creído nunca —respondió una con firmeza—. Leo tendría muchas cosas, pero esas tonterías… no.

—Exacto —añadió otra—. Era una mujer muy suya, pero con la cabeza muy bien puesta. Muy científica para esas cosas.

—Pues algo pasó para que la gente empezara a hablar —insistió la primera.

—Claro que pasó —intervino otra, con tono más seguro—. Pero no fue ella.

Se hizo un pequeño silencio.

—Eso lo ha tenido que mover alguien —continuó—. A alguien le interesaba que no se acercara nadie por allí.

Las demás la miraron con atención.

—Primero fueron los muñecos esos de vudú en la puerta —añadió—. Luego lo del animal muerto…

—¡Eso fue verdad! —saltó otra—. Yo lo vi.

—Y así, poco a poco —siguió la mujer—, la gente dejó de ir. Y ya está. La historia hecha.

Nadie respondió de inmediato.

—Pues mira… no lo había pensado así —murmuró una.

—Yo lo tengo clarísimo —dijo la otra—. A alguien le convenía que esa casa se quedara como estaba.

La conversación volvió a girar.

—Y a todo esto… —añadió una, cambiando el tono—. ¿Cómo le habrá sentado a Roberto?

—Mal —respondió otra sin dudar—. Muy mal.

—Hombre… es que dicen que él siempre pensó que esa finca acabaría para ellos.

—Claro —añadió otra—. Si al final es el hermano de Feliciano.

—Y tiene dos hijos…

—Que están en Ávila y les va estupendamente —remató otra—. Pero eso no quita para que lo dieran por hecho. También le va bien a Martina con el despacho de su padre.

—Pero Martina es sobrina carnal de Leo, lleva su sangre —exclamó una— y los hijos de Roberto, no.

—Pues a mí me han dicho —intervino una más— que él mismo lo ha comentado. Que no se esperaba esto para nada.

Volvió el silencio, más denso esta vez.

—Esto al final acabará mal —dijo alguien finalmente.

Y, por primera vez en toda la conversación, ninguna se atrevió a quitarle importancia.