El legado de tía Leo Bajo el mismo cielo
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Bajo el mismo cielo

Ya era de noche cuando Fani y Martina salieron de casa en dirección al domicilio de David y Mercedes. El aire era suave, de esos que invitan a caminar sin prisa, y el pueblo tenía esa calma especial de las noches de verano en las que todo parece más cercano y a la vez más silencioso.

Iban hablando entre risas, todavía con la energía de los planes improvisados que Fani siempre conseguía arrastrar a la realidad.

Fue en uno de los cruces, bajo la luz amarillenta de una farola, cuando se encontraron con un hombre que venía en dirección contraria. Caminaba despacio, con las manos a la espalda, y al cruzarse con Martina la miró de una forma que le resultó incómoda, demasiado fija.

Martina, aun así, esbozó un gesto educado.

—Buenas noches —saludó.

El hombre no respondió.

Siguió caminando sin decir nada, como si no la hubiera escuchado.

Martina se giró ligeramente para seguirlo con la mirada y luego miró a Fani, extrañada.

—Qué antipático… —murmuró.

Pero Fani iba aguantándose la risa. Se mordía el labio inferior, claramente intentando no explotar.

—¿De qué te ríes? —preguntó Martina, desconfiada.

Fani la miró como si no pudiera creer su ignorancia.

—Es que no te enteras de nada…

—¿De qué no me entero?

Fani negó con la cabeza, divertida.

—¿Tú no sabes quién es ese?

Martina frunció el ceño.

—Pues no. ¿Debería? Recuerdo que se llamaba Roberto, creo…

—Claro… Roberto, el hermano de tu tío Feliciano.

Fani soltó una carcajada.

Martina la miró aún más confundida.

—Yo qué voy a saber… Ni idea de que fuera el hermano de un tío del que ni me acuerdo.

—Pues sí que le ha sentado mal que tu tía te haya dejado la finca… Qué culpa tendrás tú.

Fani, sin poder contenerse, se giró entonces hacia el hombre que ya se alejaba y levantó la voz con total naturalidad:

—¡Roberto! ¿Es que no conoces a Martina? ¡Ni la has saludado!

El hombre se detuvo en seco y se giró despacio.

—Tú métete en tus asuntos —respondió, seco—. Que eres muy metomentodo.

El silencio duró apenas un segundo.

Martina fue la primera en romperlo, esta vez sí, riéndose.

Fani la miró indignada, aunque con una sonrisa inevitable.

—Qué hombre más bobo… —sentenció, retomando la marcha—. Toda la vida ha sido igual.

Y siguieron caminando, dejando atrás la farola y la figura de Roberto, que ya se perdía en la oscuridad del pueblo.

David no estaba en casa cuando fueron a buscarlo, así que Mercedes propuso ir a la cantina, donde sabía que solía pasar un rato antes de volver a casa.

Cuando ya estaba saliendo, Mercedes volvió a entrar y al poco salió con una botella de vino escondida bajo el brazo, como si fuera una travesura recuperada de otra época.

Cuando la vieron, Fani y Martina soltaron una carcajada inmediata.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó Fani entre risas.

La escena era tan absurda como familiar, y esa mezcla les hizo reír aún más.

Siguieron caminando entre bromas hasta la cantina, donde David había ido a tomar un café.

Al entrar, varias voces conocidas les saludaron desde las mesas.

Nadie parecía sorprendido de verlas, como si aquel tipo de encuentros formaran parte natural del lugar.

En una esquina, los mayores jugaban al dominó sobre el clásico tapete verde desgastado, con esa concentración tranquila que solo tienen las rutinas repetidas durante años.

La escena no había cambiado con el tiempo, y esa continuidad tenía algo reconfortante.

David levantó la vista al verlas entrar, claramente sorprendido de que fueran a buscarlo. Escuchó el plan entre risas y aceptó sin dudar demasiado, como si la noche ya hubiera decidido por él.

—Estáis muy mal —dijo negando con la cabeza—. Muy mal.

Fani carcajeó enseguida, como si aquello fuera exactamente lo que esperaba oír.

—Eso ya lo sabemos —respondió sin darle importancia.

David las miró, todavía con esa mezcla de sorpresa y resignación divertida.

—Está bien —acabó diciendo—, pero no mucho rato. Mañana madrugo. No como vosotras, que estáis de vacaciones y vivís en modo eterno verano.

—Qué envidia te damos —añadió Fani, con tono burlón.

Fani miró a su alrededor, buscándola con la vista.

—¿Y Felisa?

David hizo un gesto ambiguo, encogiéndose de hombros.

—No se encuentra muy bien; mejor que no venga.

La explicación sonó breve, casi demasiado ensayada, pero nadie insistió. Fani, sin embargo, no pudo evitar una mueca de decepción disimulada.

—Vaya… —murmuró, aunque ya pensando en otra cosa—. Me quedo sin espectáculo entonces.

David sonrió sin entrar en el comentario, y el grupo salió de la cantina poco después, ya completo, rumbo a la carretera.

Eligieron un tramo recto, apartado, donde el asfalto se extendía sin interrupciones y el silencio del entorno parecía envolverlo todo. Se tumbaron directamente sobre el suelo y destaparon la botella de vino.

Martina tardó unos segundos en acomodarse. Luego, al mirar hacia arriba, sintió una especie de sorpresa silenciosa.

Había olvidado la nitidez de aquel cielo.

Las estrellas brillaban con una intensidad que no recordaba haber visto en la ciudad, donde la luz siempre terminaba difuminándolo todo. Allí, en cambio, el firmamento parecía más cercano, más limpio, como si cada punto de luz tuviera su propio espacio en la oscuridad.

No dijo nada. Solo se quedó mirando.

Por un momento, todo lo demás perdió importancia.

—Oye, y el bobo de Roberto —empezó Fani, girándose un poco hacia los demás—. Que no ha saludado a Martina. Ni una palabra.

Martina apartó la mirada del cielo, todavía relajada, sin darle demasiada importancia.

—Es que no sabía ni quién era —dijo con naturalidad—. No lo he reconocido.

Fani soltó una risa breve.

—Ya, pero él sí sabía perfectamente quién eras tú. Y ha pasado olímpicamente. Se te ha quedado una cara…

David y Mercedes se miraron entre ellos, con esa complicidad de quien ya conoce el personaje, pero sin dramatizarlo lo más mínimo.

—Roberto es así —comentó David, encogiéndose de hombros—. No es muy de saludar.

Martina se encogió también de hombros, divertida con la situación más que otra cosa.

Y entonces, sin poder contenerse, añadió entre risas, todavía con el recuerdo fresco:

—Lo mejor ha sido cuando ha llamado «metomentodo» a Fani.

El comentario provocó la carcajada inmediata de todos.

—Pues ahí sí que ha estado acertado —dijo David entre risas.

—Oye… —soltó Fani fingiendo enfado.

Las risas se extendieron fácilmente entre los cuatro, perdiéndose en la carretera vacía mientras seguían tumbados bajo el cielo.

El comentario de Roberto había quedado flotando un instante, hasta que la conversación derivó, casi sin que nadie lo forzara, hacia él y su familia.

Fani fue la primera en retomar el hilo, esta vez con un tono algo más calmado.

—Es que lo de Roberto viene de lejos —dijo, mirando al cielo como si ordenara los recuerdos—. Él y Feliciano tuvieron una historia bastante dura de pequeños.

Martina giró ligeramente la cabeza, interesada ahora sin darse cuenta.

David asintió, apoyando los brazos detrás de la nuca.

—Su padre se fue a luchar durante la guerra —añadió—. La Guerra Civil. Y durante años no supieron nada de él. Lo dieron por muerto.

Mercedes completó la idea, con voz tranquila, como quien ha escuchado la historia muchas veces.

—Hasta que un día llegó la noticia de que estaba vivo. Había huido a Francia cuando acabó la guerra como tantos otros y, parece ser, que al cabo de unos años enfermó.

Fani continuó, más despacio ahora.

—Decía que quería verlos. Que quería despedirse. Que fueran allí.

Hubo un pequeño silencio. El tipo de silencio que no incomoda, pero que cambia el ritmo de la conversación.

—Los dos hermanos aceptaron sin dudar —siguió Fani—. Para ellos fue como recuperar algo que ya habían perdido. Volver a tener a su padre, aunque fuera al final.

Martina escuchaba en silencio, sin interrumpir.

—Pero la madre no quiso saber nada de él —añadió David—. No le perdonó que se hubiera ido. Que los dejara atrás.

Fani hizo un pequeño gesto con la mano, como cerrando la historia.

—Aun así, los chicos fueron. Y pudieron despedirse de él. Después de varios años creyendo que estaba muerto… Al menos tuvieron ese final.

Las palabras de Fani quedaron suspendidas unos segundos en el aire, mientras el grupo seguía tumbado sobre el asfalto, con el cielo completamente abierto sobre ellos. Poco a poco, la conversación fue perdiendo intensidad, como si la noche misma invitara a quedarse en silencio.

Fue entonces cuando Fani, cambiando ligeramente de tono, volvió a la realidad más inmediata.

—Por cierto…, pasado mañana es el cumpleaños de Martina —dijo, como quien lo menciona casi al pasar—. Y también el día de la cita en la notaría.

Martina giró la cabeza hacia ella, con una sonrisa ligera.

—Sí…, el día completo —murmuró, sin dramatizarlo.

Fani asintió.

—Yo iré contigo. Tengo que hacer unas gestiones allí y me quedo esos días, pero el fin de semana vuelvo con Pablo —añadió, refiriéndose a su marido—. Así no estás sola con todo el lío.

Martina la miró con gratitud sincera, sin necesidad de decir demasiado.

—Me parece bien —respondió simplemente.

El tema quedó ahí, como una certeza tranquila en medio de la noche.

Durante unos segundos más, nadie habló. Solo el cielo, el silencio y la respiración pausada del grupo.

Y fue en ese instante, casi sin que nadie lo buscara, cuando David se giró un poco hacia Martina.

No dijo nada. Solo la miró. Una mirada breve, contenida, pero más directa de lo habitual.

Martina no se incomodó, estaba acostumbrada a las miradas.

Su belleza inusual la hacía constantemente objeto de miradas, y ella era consciente de ello. Esta percepción de ser observada había moldeado su manera de comportarse; incluso cuando estaba sola, se movía con una gracia innata que se había vuelto natural para ella.

La mano de David, apoyada cerca de la de ella sobre el suelo, rozó la suya apenas un instante, como si hubiera ocurrido sin intención. O como si no hubiera sido del todo casual.

Martina no se apartó, solo lo notó. Y se quedó mirando el cielo un poco más tiempo del necesario.