El legado de tía Leo La maldición
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La maldición

A Martina siempre le había gustado más el pueblo cuando volvía a su ritmo habitual, cuando apenas había gente y la vida transcurría sin sobresaltos, con esa normalidad sencilla que tanto había echado de menos sin darse cuenta.

Aquella mañana, Estefanía y ella se habían levantado temprano. Sin necesidad de decirlo, habían repetido un plan que conocían bien.

Salieron con las bicicletas a dar una vuelta por los alrededores del pueblo, como hacían cuando eran pequeñas.

El aire de la mañana aún era fresco, y el sonido de las ruedas sobre el camino de tierra les resultaba extrañamente familiar.

A su paso por el pueblo, la gente las saludaba con una mezcla de cariño y diversión.

—¡Parece que os estoy viendo hace treinta años! —les gritó uno desde la puerta de su casa—. ¡Todo el día en bicicleta, atropellando gatos y gallinas!

Las dos estallaron en una carcajada.

—¡Exagerado! —respondió Estefanía, sin dejar de pedalear.

—¡Alguno cayó, eh! —añadió Martina, entre risas.

Las saludaban desde las puertas, desde las ventanas, con esa cercanía que no necesita explicaciones.

Siguieron pedaleando hasta llegar a la presa que el pueblo había acondicionado como piscina natural.

Cuando llegaron, estaban agotadas. Acaloradas, pero felices. No se lo pensaron dos veces. Se metieron en el agua casi tal cual, medio vestidas, riendo como si el tiempo no hubiera pasado. El agua fría les arrancó un grito que terminó en carcajada.

Al regresar al pueblo, aún empapadas, con la ropa pegada al cuerpo, volvieron a sentir esas miradas curiosas, cómplices. Como si todos estuvieran pendientes de ellas. Como si, de alguna forma, su presencia hubiera alterado la rutina.

Comieron juntas en casa de Martina, en el porche. Algo frío, sencillo. Lo justo para después tumbarse en el jardín, cada una en su tumbona, con la intención de echar una siesta.

Pero no durmieron, no podían. Había demasiado que contar, demasiados años que ponerse al día.

Estefanía le habló de su vida.

Martina había tenido muy buena impresión de Pablo, su marido, le había resultado un chico muy sensato y coherente. Pensó que era muy diferente a Estefanía. Maestro en una escuela de Ávila.

La conversación fue derivando, casi sin darse cuenta, hacia la casa de la dehesa, hacia la herencia y hacia lo que Martina había sentido al entrar allí. Le habló de los flashes , de esa sensación extraña de reconocimiento, de la pintada en la fachada, de la piedra, del mensaje…

Estefanía lo escuchaba con una sonrisa que no terminaba de borrarse de su cara.

—Vamos, que tienes una película montada —dijo medio en broma—. Seguro que ha sido algún crío del pueblo aburrido.

Tenía esa forma de restarle importancia a todo.

Era graciosa, ocurrente, capaz de hacer reír a Martina incluso cuando hablaban de algo incómodo.

Con ella nadie se aburría, pero también tenía un defecto: nunca sabía callar.

No podía estar más de un minuto en silencio.

Y, como todas las personas que hablan sin parar, contaba todo lo que sabía sin medir demasiado las consecuencias.

En el pueblo lo sabían bien, por eso, desde siempre, la gente tenía cuidado con lo que le contaba. Lo que no querían que se supiera, mejor no decírselo a Estefanía. De adolescente ya era así y parecía que el tiempo no había cambiado eso en absoluto.

Estefanía se incorporó ligeramente en la tumbona, girando la cabeza hacia Martina con esa expresión traviesa que siempre precedía a alguna de sus teorías.

—Mira, yo te voy a decir una cosa —empezó, señalándola con el dedo—. La piedra esa…, seguro que ha sido cosa de Felisa.

Martina la miró, sorprendida, y no pudo evitar echar una carcajada.

—¿Felisa? Pero ¿qué dices?

—Pues claro —continuó Fani, como si fuera evidente—. Está celosa perdida.

Hizo una pequeña pausa, observando la reacción de Martina.

—No sé si te has dado cuenta… pero David está todavía enamoradito de ti.

Martina soltó una carcajada.

—Es que eres lo que no hay, Fani… No has cambiado nada.

—¡Que no te enteras! —respondió ella, riendo también—. ¿Acaso no ves la cara que se le pone cuando te habla?

Martina negó con la cabeza, aun riéndose.

—Anda ya…

Pero Estefanía no pensaba dejar el tema ahí.

—Y la otra noche, en la cena… —añadió, incorporándose un poco más—. Yo creo que, si Felisa llega a tener una escopeta, te pega un tiro.

Las dos estallaron en una carcajada.

—¡Uy, qué cara ponía cada vez que tú y David os reíais! —continuó, entre risas—. Y él… ¡si no paraba de mirarte! Si cuando éramos jóvenes todos sabíamos que estaba coladito por ti, pues ella también lo sabría.

Martina se llevó una mano a la frente, divertida.

—De verdad…, estás fatal.

—Que no —insistió Fani, señalándola de nuevo—. Seguro que el día que cenasteis aquí con él y con su hermana ella vino a espiar.

Martina no podía parar de reír.

—Pero si estás montando una película…

—¿No me dijiste que oísteis algo? ¿No visteis una sombra? —siguió Fani, sin soltar el hilo—. Pues ya está. Blanco y en botella: era Felisa.

Hizo un gesto exagerado con las manos.

—Estaría ahí, escondida, rabiando.

Las risas volvieron a llenar el jardín.

—Y lo de la pintada en la fachada… —remató, encogiéndose de hombros—. Lo que te he dicho antes: alguna broma.

Martina la miró, todavía sin parar de reír.

—Eres imposible.

—Pero tengo razón —respondió Fani, guiñándole un ojo. Siempre tengo razón.

Martina se giró hacia ella, aún con una sonrisa en los labios.

—Vale, lista —dijo—. Y los flashes en la casa de la dehesa, cuando se supone que nunca he estado ahí… ¿qué explicación me das, doña sabionda?

Estefanía soltó una carcajada.

—A ver si va a ser verdad lo que decían… —respondió, divertida—, lo de la maldición de la casa y todo eso.

Martina arqueó una ceja.

—¿Qué maldición?

—Y lo de tu tía, que practicaba vudú de ese raro —añadió Fani, sin ningún filtro, riéndose.

Martina la miró, entre divertida y desconcertada.

—¿De qué estás hablando?

Estefanía la señaló con el dedo, negando con la cabeza mientras se reía.

—Martina, no te enteras de nada.

—No —respondió ella—. Jamás he escuchado nada de eso.

Fani abrió los ojos exageradamente.

—¿En serio?

Se acomodó mejor en la tumbona, como si se dispusiera a contar algo importante, aunque en su tono seguía habiendo más burla que solemnidad.

—Pues a ver… Más o menos lo que se decía era que tu tía os echó un hechizo —empezó sin parar de reír—. Que aquel día, cuando tu tío Feliciano murió…

Martina dejó de sonreír.

Fani continuó, ajena al cambio.

—Que tu hermana Lita casi se ahoga —dijo—. Y tú… que parecía que tenías el demonio dentro.

Martina frunció ligeramente el ceño.

—¿El demonio dentro?

—Sí —respondió Estefanía, riéndose—. Que estuviste varios días llorando sin parar. Que no te podían ni coger en brazos, porque te ponías a gritar y apartabas a todo el que se acercaba.

Martina la miró fijamente.

—A ver, Fani… —dijo despacio—, ¿de dónde has sacado esta tontería?

Estefanía volvió a reír, restándole importancia.

—¡Que lo sabe todo el pueblo! —soltó. Y añadió, entre carcajadas—. ¿Lo ves? Si es que no te enteras de nada.

Martina la miró unos segundos más y, sin dar demasiada credibilidad a lo que acababa de escuchar, soltó con media sonrisa:

—O sea… que me convertí en algo así como la niña del exorcista, ¿no?

Las dos rompieron a reír.

—¡Tal cual! —respondió Estefanía entre carcajadas.

Martina negó con la cabeza, divertida.

—Es que… de verdad…

Fani la miró, aún riéndose, pero con ese punto de incredulidad suyo.

—Venga, Martina, no me digas que nunca habías escuchado esto, o que tu madre no te lo ha explicado.

—Pues no —respondió ella, encogiéndose de hombros—.

La verdad es que no. Me dijeron que, debido a que presencié como el caballo mataba a mi tío, estuve en shock durante unos días, que somaticé el trauma con una erupción en la piel por todo el cuerpo.

Pero de ahí a que estuviera poseída por el demonio...

Martina sabía que Estefanía tenía una facilidad especial para distorsionar las cosas, exagerarlas o dar por ciertas interpretaciones que solo existían en su cabeza. Pero, aun así…, siempre había algo de verdad en lo que contaba.

—Pues vaya amiga estás hecha —siguió Martina, con una media sonrisa—. Nunca me habías contado lo que se decía de eso en el pueblo.

—¡Porque no lo sabía! —respondió Fani, al instante—. Eso lo he ido oyendo de mayor. A varias personas, además. ¿Por qué te crees que la gente dejó de ir por allí?

Se echó hacia atrás en la tumbona, divertida.

—Y yo pensando… —añadió entre risas—: madre mía, mi mejor amiga de pequeña estaba poseída y yo sin saberlo… ¡Qué miedo!

Martina soltó una carcajada, negando con la cabeza.

—Estás fatal.

Estefanía se encogió de hombros, quitándole importancia al asunto casi en el mismo gesto en el que lo había agrandado.

—Pero, vamos, que eso es una tontería —añadió, con ligereza—. Yo no creo en esas cosas.

Hizo un gesto con la mano, como espantando la idea.

—La gente de este pueblo está muy mal —remató, divertida.

Martina sonrió.

Pero, por primera vez desde que había vuelto, se preguntó cuántas de aquellas historias que siempre había escuchado como simples habladurías tendrían algo de verdad.

La risa de Fani seguía flotando en el aire del jardín, ligera, despreocupada, como si nada de lo dicho pudiera trascender más allá de una conversación entre amigas. Se quedó un momento en silencio, como si ya estuviera pensando en el siguiente plan antes incluso de terminar el anterior.

—Esta noche podríamos hacer algo —dijo de repente, incorporándose un poco—. Como cuando éramos adolescentes.

Martina la miró, entre divertida y desconfiada.

—A ver …

Fani sonrió con picardía.

—Ir a tumbarnos a la carretera a ver las estrellas.

La idea le sacó a Martina una sonrisa más genuina, casi automática, de esas que no se piensan. Hacía años que no hacía algo así. Años en los que las noches se habían vuelto más ordenadas, más adultas, más previsibles.

—Podríamos decirle a David que se apunte, a Mercedes, y a Felisa también —añadió Fani, ya entusiasmada con su propio plan.

Martina arqueó una ceja, intuyendo el subtexto antes incluso de que Fani lo verbalizara.

—Y así de paso observas el espectáculo —murmuró.

Fani soltó una carcajada.

—Exacto. Tú fíjate en la cara de Felisa cuando David te hable más de la cuenta —dijo entre risas—. Yo, de ti, llevaría un chaleco antibalas.

Martina negó con la cabeza, riéndose también, aunque con cierta resignación.

—Eres imposible, Fani.

—Y tú muy poco observadora —respondió ella, guiñándole un ojo.