Marcos
El despacho de arquitectura se encontraba en una de las calles amplias del centro de Valencia, en un edificio antiguo que aún conservaba la esencia del estudio que su padre había fundado décadas atrás.
Con el paso del tiempo, habían reformado el interior, pero seguía manteniendo ese aire de lugar vivido, lleno de planos, maquetas y recuerdos acumulados en estanterías que parecían no tener fin.
Tras el fallecimiento de su padre, el despacho había pasado a manos de Martina y su hermana Paula, las dos menores de sus hijos. Los mayores, Jepe y Lita, habían tomado caminos distintos, alejándose del mundo de la arquitectura.
Paula y Martina pasaban muchas horas allí, manteniendo el ritmo del estudio y encargándose de que todo siguiera funcionando con la misma seriedad con la que lo había hecho su padre. Aquella mañana Paula revisaba unos planos cuando la puerta del despacho se abrió.
No levantó la vista al instante.
—Ahora mismo no tengo reuniones —dijo, mientras seguía anotando algo en una carpeta.
—Ya, pero no vengo a ninguna reunión —respondió una voz que conocía demasiado bien.
Paula se quedó quieta.
Levantó la mirada lentamente.
En la puerta estaba Marcos.
El ex de Martina.
En la familia todos lo apreciaban. Durante años había sido una presencia constante, alguien que había entrado en sus vidas con naturalidad, casi sin esfuerzo, hasta convertirse en parte del entorno habitual de la casa, de las comidas familiares, de las conversaciones cotidianas.
Pero algo había cambiado.
Desde la ruptura con Martina, su presencia había empezado a volverse incómoda. No para todos, pero sí para Martina. Y cada vez más.
Paula lo observó en silencio unos segundos, valorando la situación.
—Hola, Marcos. Martina no está —dijo finalmente, con tono neutro.
Él sonrió, como si esa respuesta no le importara demasiado.
—Ya lo sé, pero pasaba por aquí y…
Hubo un pequeño silencio.
Paula cerró la carpeta despacio.
En los últimos meses, había seguido apareciendo de una forma u otra: llamadas a su madre, mensajes indirectos, invitaciones a tomar algo «sin importancia» a Jepe, excusas que siempre parecían buscar un contacto con la familia más que con Martina.
Y eso era precisamente lo que empezaba a incomodarla.
Lo había dicho en más de una ocasión. Con calma primero, con más firmeza después.
No le ayudaba a pasar página.
No le hacía bien.
Y, sin embargo, nadie parecía terminar de cortar ese hilo invisible que aún lo mantenía cerca.
—Estoy preocupado por ella —dijo él, apoyándose desenfadadamente en el marco de la puerta—. No me coge el teléfono. Y hace días que no la veo en el gimnasio. Y ayer estuve con los del grupo de submarinismo y comentaron que había anulado el viaje a Cabo Verde. ¿Le ha pasado algo?
Paula lo miró con calma, sin dejar traslucir demasiado.
Martina había sido clara con su familia y con sus amigos más cercanos: no quería que le dieran información sobre sus movimientos. Sentía que Marcos seguía demasiado pendiente de ella, como si le costara aceptar que la relación había terminado de verdad.
Y esa insistencia empezaba a pesar.
—No tienes por qué preocuparte —respondió Paula, tras un breve silencio—. Está de viaje. En unos días vuelve.
Él asintió despacio, como si procesara la respuesta, aunque sus ojos no dejaron de observarla con atención.
—¿De viaje? —repitió, intentando mantener el tono casual—. ¿Dónde?
Paula sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.
—Necesitaba desconectar —dijo simplemente—. Ya sabes cómo es Martina cuando decide coger distancia.
Marcos sonrió levemente, pero no parecía del todo convencido.
Hubo un pequeño silencio.
—Podríamos tomar un café —propuso entonces él, con naturalidad forzada.
Paula negó con la cabeza casi de inmediato.
—Hoy no puedo, Marcos. Tengo muchísimo trabajo.
No era una excusa.
Las carpetas abiertas sobre la mesa, los planos sin revisar y las llamadas pendientes eran prueba suficiente de que decía la verdad.
Él la observó unos segundos más, como si dudara entre insistir o retirarse.
Finalmente, asintió.
—Vale… otro día entonces.
—Claro —respondió Paula, sin comprometerse.
Marcos se quedó un instante más en la puerta, como si aún esperara algo. Luego, sin decir nada más, se dio la vuelta y salió del despacho.
Paula soltó el aire que no se había dado cuenta de que contenía.
Y volvió a sus planos.
Pero la incomodidad que había dejado en la habitación no desapareció del todo.
Cuando Paula logró dejar el trabajo más o menos encarrilado, miró el reloj y decidió hacer la llamada.
Era una costumbre que no habían perdido con los años: una vez por semana, Paula, Martina y su madre quedaban para comer juntas en un restaurante cercano al despacho, uno de esos sitios discretos donde el tiempo parecía ir un poco más despacio.
Aquel día sería diferente, Martina no estaría.
O al menos, en apariencia.
Se encontraron a mediodía, como siempre, en una mesa junto a la ventana. El ambiente era tranquilo, familiar, con esa naturalidad que da la rutina compartida.
Pero Paula no tardó en ir al grano.
—Ha venido Marcos al despacho —dijo, sin rodeos, mientras dejaba el bolso en la silla—. Preguntando por Martina.
Su madre levantó la vista del menú, sorprendida.
—Le he dicho que no estaba, que estaba de viaje. Y no le he dado más información.
Hubo un pequeño silencio.
La madre de Martina bajó ligeramente la mirada, como si algo en su interior acabara de encajar de forma incómoda.
—Yo… —empezó a decir, dudando—. Me ha llamado hace un rato.
Paula frunció el ceño.
—¿Marcos?
—Sí… y yo, de forma natural, le he dicho que estaba en Hontanilla.
El silencio que siguió fue más pesado que el anterior.
Paula cerró los ojos un instante.
—Mamá… —dijo lentamente, conteniendo la frustración—. Has metido la pata.
La mujer suspiró, consciente del error.
Marcos había oído hablar de aquel pueblo tantas veces a Martina que casi lo conocía sin haber estado nunca allí.
Ella le había contado historias durante años: las calles estrechas, las casas blancas, el ritmo lento del verano, la casa de sus abuelos, los amigos…
Todo lo había ido construyendo en su imaginación hasta idealizarlo por completo.
En alguna ocasión, incluso, le había animado a volver con él, a enseñarle ese lugar que ella describía con tanta nostalgia.
Pero Martina siempre se había negado. Decía que le daba miedo volver, que prefería conservar el recuerdo tal y como lo tenía, que temía que la realidad estropeara algo que, en su memoria, seguía siendo perfecto.
Paula dejó el tenedor sobre la mesa, con gesto serio.
—Pues ya está —dijo—. Ya lo sabe.
Su madre la miró, preocupada.
—No pensaba que fuera a importarle tanto…
—Le importa —respondió Paula, tajante—. Y más de lo que piensas.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Cuando la llamemos tenemos que decírselo. No creo que se le ocurra presentarse allí, pero si la llama y le coge el teléfono que le diga la verdad.
Después de comer, regresaron al despacho.
Paula tenía aún algunas gestiones pendientes y prefirió aprovechar la tarde para dejarlas resueltas. Su madre se quedó con ella, sentada frente a la mesa, hojeando distraídamente una revista.
—¿La llamamos? —dijo al cabo de un rato, con naturalidad—. A ver qué tal está.
Paula asintió.
Apenas tardó unos segundos en conectarse. Paula puso manos libres.
—¡Hola! —respondió ella al otro lado, con una alegría que sonó sincera.
—¡Martina! —dijeron casi a la vez, madre e hija, arrancando una pequeña risa compartida.
Se notaba que se echaban de menos.
Durante unos minutos, la conversación fluyó con naturalidad, les mencionó a David, a Mercedes, a Felisa.
Que el fin de semana estuvieron Estefanía y Luisa con sus respectivos maridos, que se habían juntado muchos de la cuadrilla, que habían cenado todos en casa de Fani, que habían recordado anécdotas de cuando eran más jóvenes, que todo estaba como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos.
Hablaba con detalle, recreándose en lo cotidiano, como si quisiera construir una imagen tranquila de aquellos días.
Paula la escuchaba atentamente con una sonrisa. Su madre, en silencio.
Martina siguió hablando: de la casa, del pueblo, del ritmo pausado, de lo bien que le estaba viniendo desconectar.
Les recordó que en dos días tenía cita en la notaría de Ávila.
Que Estefanía se había quedado en el pueblo con ella, que su marido se había ido después del fin de semana y que el miércoles irían las dos a Ávila.
Pero había algo, un matiz, una ligera pausa entre frases. Un tono apenas perceptible.
Lucía frunció levemente el ceño, pero no dijo nada en ese momento. Había cogido el teléfono con la intención de comentarle lo de Marcos. Pero mientras la escuchaba, dudó. No sonaba como alguien en calma y no quiso añadir más peso.
Le hizo un gesto a Paula indicándole que no explicara lo de Marcos.
Martina, por su parte, no mencionó la piedra. Ni el mensaje. Ni la pintada en la casa de la dehesa. Ni lo que le habían explicado de tía Leo. Había decidido no preocuparlas.
—Bueno…, y vosotras ¿qué tal? —preguntó después, cambiando ligeramente el foco.
—Todo bien por aquí —respondió Paula, intercambiando una rápida mirada con su madre—. Mucho trabajo, ya sabes.
La conversación se fue apagando poco a poco, sin sobresaltos, con ese tipo de despedidas que parecen normales… pero dejan algo sin decir.
—Llámame cuando puedas —dijo Lucía antes de colgar.
—Claro, mamá.
La llamada terminó. Durante unos segundos, ninguna de las dos dijo nada. Lucía dejó la mirada fija en un punto indeterminado de la mesa.
—No está bien —dijo finalmente.
Paula alzó la vista.
—¿Por qué lo dices?
Lucía negó despacio.
—La conozco. Algo la está inquietando. Quizá debería ir —añadió, pensativa.
Paula no respondió de inmediato.
—Llamaré a Rosario —concluyó Lucía—. A ver si me explica qué está pasando.