El legado de tía Leo La casa de la dehesa
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La casa de la dehesa

La noche anterior se había alargado más de lo previsto.

David, Mercedes y Felisa se habían quedado con Martina en el porche del jardín trasero hasta bien entrada la madrugada.

Era viernes, y el sábado ninguno tenía que madrugar.

Entre cervezas y conversaciones habían intentado restarle importancia a lo ocurrido, como si nombrarlo demasiado pudiera hacerlo más real.

Aun así, Martina no había bajado la guardia. Antes de acostarse, había revisado con cuidado cada ventana y cada puerta de la casa. Se había asegurado de que el balcón quedara bien cerrado. No pensaba dar facilidades para que aquella escena volviera a repetirse.

Esa noche no hubo golpes ni piedras, pero el sueño le llegó tarde.

A la mañana siguiente, el aire tenía esa calma engañosa de los días en los que parece que nada puede pasar. Martina se levantó con una idea fija en la cabeza.

Ya era hora.

Rosario no puso ninguna objeción cuando Martina se presentó en su casa y le propuso ir a la casita de la dehesa.

—Claro que te acompaño —dijo con naturalidad—. Hace años que no subo por allí, pero sé perfectamente dónde está.

Martina asintió. Sabía que, sin ella, le habría costado ubicar el camino con exactitud.

Salieron juntas del pueblo, dejando atrás las calles estrechas y las fachadas encaladas. A medida que avanzaban, las casas fueron desapareciendo y el paisaje se abrió en un horizonte de campos y dehesas que Martina recordaba vagamente, como un eco de su infancia.

La carretera serpenteaba suavemente entre encinas y terrenos abiertos, con la sierra al fondo, imponente y silenciosa.

—¿Cuándo tienes que ir a Ávila al notario? —preguntó Rosario, rompiendo el silencio.

—El miércoles de la semana que viene, el día tres de junio —respondió Martina—. El día de mi cumpleaños.

Rosario giró ligeramente la cabeza hacia ella, sorprendida.

—Desde luego… qué rebuscada es tu tía —dijo—. Nada menos que el día de tu cumpleaños.

Martina esbozó una sonrisa leve, aunque por dentro la idea le resultaba cada vez más inquietante.

—Sí… —murmuró—. No parece casualidad.

—Este fin de semana habrá más gente por el pueblo —añadió—. Ya sabes, los de siempre. Los que vienen a las casas de veraneo cuando empieza el buen tiempo.

Martina sonrió.

—Sí, Estefanía y Luisa ya deben de estar por aquí. Hemos quedado esta noche para cenar en casa de Estefanía.

—¡Anda! Pues ya verás, os vais a juntar media cuadrilla —respondió Rosario con una pequeña risa.

Volvieron a caminar en silencio durante unos metros.

Rosario no mencionó nada de la piedra. Y Martina tampoco.

No sabía si alguien se lo había contado… O si simplemente prefería no sacar el tema. Pero, en cualquier caso, agradeció ese silencio.

Estaba convencida de que, de una forma u otra, su madre acabaría enterándose. Siempre lo hacía. Y no quería preocuparla.

Apretó ligeramente el paso. La dehesa estaba cada vez más cerca.

—El pantano —dijo Rosario, casi en un susurro, como si no quisiera alterar la quietud del lugar.

Martina fijó la vista en el agua. Permanecía inmóvil, reflejando el cielo con una calma inquietante.

—¿Fue aquí…? —preguntó, sin terminar la frase.

Rosario asintió.

Caminaron unos pasos más en silencio, bordeando la orilla. Martina esperó unos segundos, como si quisiera que Rosario explicara algo, pero ya había desviado la mirada hacia delante.

—Mira —dijo entonces, señalando con la barbilla—. La casa ya está ahí.

Entre las encinas, a poca distancia, comenzaba a dibujarse la silueta de la casita de la dehesa. Pequeña; aislada. Esperándolas.

A medida que se acercaban, la casita iba ganando presencia.

La fachada, encalada en otro tiempo, mostraba ahora grietas y desconchones. La puerta de madera, oscurecida por los años, parecía resistir por pura inercia. Todo en aquel lugar transmitía abandono. Pero no olvido.

Martina redujo el paso. Y entonces lo vio.

En uno de los muros laterales, escrito con pintura oscura, aún fresca en contraste con la pared desgastada, destacaban unas palabras que le helaron la sangre.

«SI ENTRAS, MORIRÁS».

El aire pareció volverse más denso.

—¿Has visto eso…? —murmuró Rosario, deteniéndose a su lado.

Martina no respondió. No podía apartar la mirada.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, lento, incómodo, como si aquellas palabras no estuvieran solo escritas en la pared, sino dirigidas directamente a ella.

Tragó saliva.

—Vamos a entrar —dijo finalmente, con más firmeza de la que sentía.

Empujó la puerta.

Cedió con un leve quejido.

El interior de la casa la envolvió en una penumbra espesa, como si el tiempo se hubiera detenido allí dentro hacía años.

El polvo flotaba en el aire, iluminado por los pequeños haces de luz que entraban a través de las contraventanas entreabiertas. Cada paso levantaba un leve crujido en el suelo de madera.

Martina avanzó despacio.

No sabía por qué, pero sentía que debía hacerlo con cuidado, como si el lugar pudiera reaccionar a su presencia.

Miró a su alrededor.

Y entonces ocurrió.

Un primer destello.

Muy breve.

Un rayo de sol entrando por una ventana. Una sensación de calor en el suelo. El sonido lejano de una voz que no conseguía identificar. El olor tenue de madera mezclado con algo cálido, doméstico.

Parpadeó, confundida.

—¿Qué has visto? —preguntó Rosario desde la entrada.

—No…, nada —respondió Martina, aunque su voz no sonó del todo segura.

Siguió avanzando.

A cada paso, la sensación se hacía más intensa. No eran recuerdos claros. Eran fragmentos sueltos, como imágenes mal encajadas en su mente.

Un rincón de la estancia le provocó un estremecimiento sin razón. Se detuvo. Lo miró fijamente. No sabía por qué, pero ese lugar le resultaba insoportablemente familiar.

Se llevó una mano al pecho.

El corazón le latía más rápido.

Otro destello.

Esta vez más fuerte.

El roce de unas manos adultas. El sonido de alguien moviéndose por la casa sin miedo.

Martina cerró los ojos un instante.

—No sé qué me pasa… —murmuró.

Rosario la observó con preocupación.

—Quizá deberíamos salir un momento —dijo.

Pero Martina no se movió.

Algo dentro de ella estaba intentando abrirse paso.

Como si algo en su memoria despertara sin pedir permiso.

Se llevó una mano a la sien, confundida.

—¿Estás bien? —preguntó Rosario, observándola con atención.

Martina asintió despacio, sin estar del todo segura.

—Sí… es solo que… —murmuró, más para sí misma que para Rosario—. No puede ser…

—¿Qué pasa? —preguntó Rosario acercándose un poco más.

Martina negó con la cabeza, aún desorientada.

—Mi madre siempre me había dicho que yo nunca había entrado en esta casa… —dijo—. Que de pequeña ni siquiera me dejaron acercarme.

Se llevó la mano a la frente, intentando ordenar lo que sentía.

—Pero, entonces…, ¿por qué todo me resulta tan familiar?

Rosario la miró con atención, como si valorara cuánto decir. Observaba a Martina con atención, como si intentara entender qué estaba viendo exactamente. Ya no era solo curiosidad. Había algo más en su mirada. Inquietud.

—Martina… —dijo al fin, con voz más baja de lo habitual—. ¿Te está pasando algo que debería saber?

Martina parpadeó, saliendo a medias de aquel estado extraño.

—No…, no lo sé —respondió, sincera, aunque poco convencida incluso para ella misma.

Rosario frunció ligeramente el ceño.

—No tiene sentido —murmuró.

Pero dentro de ella, algo sí lo tenía.

Demasiado.

Rosario respiró hondo y dio un paso hacia ella, más suave ahora.

—Puede que no sea buena idea seguir aquí dentro hoy —dijo—. Este lugar está… cargado.

Martina no contestó de inmediato.

Sus ojos seguían fijos en la estancia, en ese rincón que parecía haberla llamado sin palabras.

Y por primera vez desde que había llegado al pueblo, sintió una duda incómoda, pesada. ¿Y si no debería haber venido?

La citación de su tía. El notario. El día de su cumpleaños. Todo aquello que en un principio le había parecido extraño, casi caprichoso empezaba a tomar otra forma en su cabeza.

Más inquietante, más personal. Quizá su madre tenía razón. Quizá nunca debió aceptar.

Pero quería creer que, por algún motivo que desconocía, su tía le tenía afecto y que el contenido de esa notificación era una manifestación de su deseo de conectar con ella de alguna manera y de transmitirle una parte importante de la historia familiar.