Ángela y Valentín
Martina apenas había dormido. La imagen de la piedra, el mensaje… Todo volvía una y otra vez, como un eco imposible de acallar.
No quiso pensar demasiado. Se vistió con rapidez y salió de casa con una determinación silenciosa. Sabía exactamente a dónde tenía que ir.
La casa de David y Mercedes seguía como la recordaba. La puerta entreabierta, el murmullo de voces en el interior; ese aire de hogar siempre dispuesto a recibir a cualquiera.
—¡Martina! —exclamó la madre de ambos al verla aparecer—. ¡Pero qué alegría!
La recibió con un abrazo cálido, de esos que aprietan de verdad. El padre apareció poco después, sonriendo, visiblemente contento de verla.
—Cuánto tiempo sin verte por aquí, hija…
Martina devolvió el cariño con una sonrisa sincera, aunque sus ojos delataban que algo no iba bien.
—David no está —añadió la madre—. Se ha ido a la vega, con las vacas.
Martina asintió.
—No pasa nada. Venía a veros y a hablar con Mercedes.
La hermana apareció en ese momento desde el interior de la casa.
—¡Pero bueno! —dijo sorprendida—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
Bastó una mirada para que Mercedes entendiera que algo ocurría.
—¿Pasa algo?
—¿Podemos hablar? —respondió Martina en voz baja.
Mercedes asintió de inmediato.
Salieron al patio trasero, donde el ruido del pueblo se diluía entre muros y macetas.
—¿Qué ha pasado?
Martina respiró hondo antes de responder.
—Anoche alguien lanzó una piedra a mi habitación.
Mercedes frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Llevaba un mensaje escrito —continuó Martina.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué mensaje?
Martina la miró directamente.
—«Vete ya».
El gesto de Mercedes cambió por completo.
—¿Estás de broma?
—Ojalá.
Durante unos segundos no dijeron nada.
—Tenemos que ir a ver a David —dijo finalmente Mercedes—. Esto no es ninguna tontería.
Martina asintió.
Poco después caminaban por el sendero que llevaba a la vega. El sol de la mañana iluminaba los campos, pero la sensación de Martina no tenía nada que ver con la calma del paisaje.
A lo lejos, David se movía entre el ganado. Al verlas, levantó la mano a modo de saludo, sin imaginar lo que iban a contarle.
—¿Qué hacéis por aquí tan pronto? —preguntó, acercándose.
Mercedes no se anduvo con rodeos.
—Anoche le tiraron una piedra por el balcón a Martina.
David frunció el ceño de inmediato.
—¿Qué?
Martina repitió la historia con calma, describiendo el golpe, la piedra, el mensaje.
David escuchó en silencio, cada vez más serio.
—Eso no es una broma —dijo finalmente—. Alguien quiere asustarte.
—Ya lo sé —respondió Martina.
—¿Has visto a alguien?
—No.
David se pasó una mano por la nuca, pensativo.
—Esto no me gusta nada.
Mercedes asintió.
—Deberías venirte a casa. Al menos esta noche.
—Sí —apoyó David—. No tiene sentido que estés sola después de esto.
Martina negó con la cabeza sin dudarlo.
—No.
Ambos la miraron, sorprendidos.
—No pienso irme de mi casa —continuó ella—. Ni esconderme.
—No es esconderse —replicó Mercedes—. Es tener un poco de sentido común.
—Es exactamente lo que quieren —respondió Martina con firmeza—. Que me asuste. Que me vaya.
El silencio se tensó entre los tres.
—Y no lo van a conseguir.
David la observó unos segundos más, calibrando su determinación.
Sabía que no iba a hacerla cambiar de opinión.
—Pues voy yo —dijo finalmente.
Mercedes lo miró de inmediato.
—¿Tú solo?
El silencio fue suficiente.
Los tres sabían lo que eso significaba en un pueblo como aquel.
David resopló y se pasó la mano por la nuca.
—Bueno…, ya me entendéis.
Martina esbozó una leve sonrisa.
—No hace falta que venga nadie. Estoy bien.
—No estás bien —replicó Mercedes.
—Estoy mejor que si salgo corriendo —respondió Martina—. Y no voy a hacerlo.
David la observó unos segundos, midiendo su determinación.
—Vale… —dijo al final—. Pero si pasa lo más mínimo, nos llamas. A la hora que sea.
—Lo haré.
—Y esta noche pasamos por tu casa —añadió Mercedes—. Sin discusión.
Martina asintió.
Había cedido lo justo, pero no en lo importante.
Aquella mañana pasó más rápido de lo que Martina esperaba. Entre la visita a casa de Mercedes y David y la conversación en la vega, apenas tuvo tiempo de volver a la casa de su abuela, cambiarse y prepararse para la comida.
A mediodía, el sol caía con fuerza sobre las calles del pueblo cuando llamó a la puerta de Ángela.
—¡Pasa, hija, pasa! —dijo ella nada más verla, con una sonrisa abierta—. Ya pensaba que no venías.
—Te dije que hoy no fallaba —respondió Martina, devolviéndole el abrazo.
Valentín apareció desde el salón, limpiándose las manos con un paño.
—Mira quién ha vuelto al pueblo —dijo con tono cercano—. Qué alegría verte por aquí.
La casa olía a cocido. Ese olor denso y familiar que parecía quedarse impregnado en las paredes y en la memoria. Martina sonrió sin poder evitarlo.
—No sabes las ganas que tenía de esto —dijo mientras se sentaba a la mesa.
—Pues hoy comes como Dios manda —respondió Ángela sirviendo los platos—. Que estás muy delgada.
La conversación comenzó ligera, como siempre en aquellas casas donde el tiempo parece haberse detenido. Hablaron de los hijos de Ángela y Valentín, de cómo la vida los había llevado a la capital, de lo poco que podían venir al pueblo.
—Pero los nietos nos tienen locos —añadió Ángela con una sonrisa que le iluminó el rostro—. En cuanto vienen, esto se llena de vida.
—Y de ruido —puntualizó Valentín entre risas.
Martina los escuchaba con cariño, dejándose envolver por aquella normalidad tan ajena a la inquietud que llevaba dentro desde la noche anterior. Durante un rato, logró olvidarse de todo.
Pero no por mucho tiempo.
Cuando acabaron de comer, Martina miró a Ángela con una expresión más seria.
—Ángela…
Ella levantó la vista de inmediato.
—Dime.
—Quiero que me cuentes lo de mi tía Leo. Pero todo.
Valentín dejó de moverse.
—No a trozos, como siempre —continuó Martina—. Sé cosas sueltas, recuerdos, comentarios…, pero nunca nadie se ha sentado a explicármelo de verdad.
Hubo un breve silencio.
Ángela se limpió las manos despacio con la servilleta, como si necesitara ese gesto para ordenar sus pensamientos.
—¿Estás segura de que quieres saberlo?
Martina asintió sin dudar.
—Más que nunca.
Ángela intercambió una mirada con Valentín.
Luego volvió a mirar a Martina.
—Está bien… —accedió finalmente, con un tono distinto, más grave.
Ángela guardó unos segundos de silencio antes de empezar.
—Tu tía Leo tenía una personalidad muy fuerte. Era inteligente, divertida, decidida… y, cuando quería, también muy cálida. Pero no siempre quería.
Miró a Martina con calma.
—Con tu madre nunca se llevó bien. La Guerra Civil estaba muy reciente y en el pueblo aún había mucho rencor.
La familia de Leo era de derechas y la de tu madre, de izquierdas.
Cuando tu padre empezó a festejar con tu madre, Leo no lo soportaba.
Tus abuelos no pusieron impedimentos, pero ella sí: desprecios, malas caras… se lo hizo pasar mal.
Ángela se tomó un momento antes de seguir, como si estuviera valorando hasta dónde debía llegar.
—Tu abuelo materno era muy… de los suyos. Republicano, y no precisamente discreto. De los que no se callaban.
Valentín asintió levemente, sin intervenir.
—Durante la guerra tuvo que irse del pueblo —continuó Ángela—. Salió de aquí con otros hombres… Y ya no volvió.
Martina la miraba ahora con más atención.
—Nunca se supo exactamente qué pasó —añadió Ángela, bajando un poco la voz—. Se decía que lo habían abatido en alguna misión, pero ya sabes cómo son estas cosas: entre lo que se sabe y lo que se cuenta…
Dejó la frase en el aire.
—El caso es que ese tipo de historias aquí no se olvidan fácilmente —concluyó—. Y tu tía Leo era de las que no olvidaban.
Valentín intervino con tono tranquilo:
—Y mira tú por dónde, al poco tiempo fue ella la que se enamoró de Feliciano, el hijo de un republicano que también huyó del pueblo durante la guerra y que luego anduvo metido en misiones y sabotajes.
Ángela asintió levemente.
—A partir de ahí cambió un poco. Se volvió más tolerante, o al menos dejó de enfrentarse a tu madre como antes.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Pero tu tía nunca tuvo suerte con los embarazos. Sufrió varios abortos, y cada uno la fue hundiendo un poco más… hasta que por fin consiguió sacar uno adelante. Era una niña.
El silencio se hizo más denso.
—Y cuando solo le faltaba un mes para dar a luz, la perdió. Justo entonces tu madre también estaba embarazada de ti. Teníais que nacer las dos en junio. Tú naciste bien, pero su hija no.
Martina asintió despacio.
—Eso más o menos ya me lo habían contado —dijo—. Lo de su embarazo, lo de la niña…
Hizo una pequeña pausa.
—También sé que ayudó a mi madre en el parto. Pero hay cosas que no entiendo. ¿Por qué se fue a vivir a la dehesa? ¿Por qué nunca quiso conocerme?
—Porque las cosas no fueron tan sencillas como parecen —respondió Ángela con suavidad.
Se acomodó ligeramente en la silla antes de continuar.
—Aquel verano, tu madre estaba en el pueblo con tus hermanos, como cada año, en casa de tus abuelos.
—Y Leo… —añadió Valentín— acababa de perder a su hija hacía apenas un mes. Estaba muy tocada.
Ángela retomó el relato:
—Aquella noche, tus abuelos fueron a cenar a Ávila, una cena de compromiso.
Tu madre se quedó sola después de que Rosario la ayudara a acostar a los niños.
Leo pasó por allí desconociendo que no estaban tus abuelos.
Se saludaron…, pero la cosa no debió de ir bien.
Discutieron. No se sabe exactamente por qué ni cómo empezó, pero Leo no soportaba verla embarazada.
Tan cerca de dar a luz. Debió de decirle algo. Y tu madre ya no se callaba.
Valentín asintió.
—Total, que cuando Leo se iba… tu madre empezó a encontrarse mal.
—Rompió aguas —añadió Ángela.
El silencio se hizo más denso.
—Leo dudó —continuó—. Eso es lo que siempre se ha dicho. Dudó en ayudarla…, pero al final lo hizo. La recostó en el sofá del salón y se quedó con ella durante el parto.
Martina escuchaba sin pestañear.
—Tu madre siempre contaba que los dolores eran insoportables —siguió Ángela—. Que apenas podía pensar y que en un momento dado perdió el conocimiento y que menos mal que estaba allí su cuñada.
Hizo una breve pausa.
—Dice que lo último que recuerda es oír llorar al bebé. Y ver a Leo salir por el jardín.
—Mirando hacia atrás —añadió Valentín en voz baja—. Como comprobando que todo estaba en orden.
Martina sintió un escalofrío.
—Así fue como la encontraron tus abuelos cuando regresaron —concluyó Ángela—. Recién parida y tú en sus brazos.
Martina permaneció unos segundos en silencio, asimilando lo que acababa de escuchar.
—Tu tía tenía un carácter complicado —añadió Ángela—, pero en el fondo no era mala persona.
Valentín intervino con tono tranquilo:
—Nunca habría dejado a alguien en esa situación. Y menos a tu madre, por mucho que hubieran tenido sus diferencias.
Ángela asintió despacio, sin apartar la mirada de Martina.
—A partir de ese día nunca volvió a ser la misma—dijo.
Valentín bajó ligeramente la vista, dejando que fuera ella quien continuara.
—Nunca volvió al pueblo —continuó Ángela—. Era como si no pudiera soportar veros a ti y a tu madre bien, y a su hija no. Algo dentro de ella se rompió. Y, encima, tú eras tan bonita… con esos preciosos ojos verdes, y tan rubia.
Martina permaneció en silencio.
—Se fue a la casita de la dehesa —añadió—. Y no quiso ver a nadie. Ni siquiera a su marido. Solo a su madre… Tu abuela Júlia. Era la única que conseguía acercarse. Pobre Feliciano, lo que debió pasar ese hombre viendo a su mujer así y no poder hacer nada.
Ángela hizo una pausa breve.
—La gente la veía a veces. Desaliñada, conduciendo la camioneta por las dehesas, sin rumbo fijo, sin saludar a nadie. Como perdida. Como si hubiera dejado de pertenecer al mundo.
Valentín asintió.
—Decían que enloqueció.
El silencio se hizo más pesado.
—Así estuvo tres años —continuó Ángela—. Hasta que ocurrió lo del pantano.
Martina levantó la mirada.
—Feliciano —precisó Valentín—. Tuvo un accidente con su caballo . Se asustó en el pantano de la dehesa y le dio una coz matándole en el acto. Allí murió. Fue algo muy impactante en el pueblo.
Ángela bajó un poco la voz.
—Leo no quiso ir al entierro. Ni siquiera apareció.
Martina tragó saliva.
—Y después… —añadió Ángela— a los pocos días… desapareció. Se fue sin decir nada. Nadie volvió a saber de ella.
Valentín apoyó las manos sobre la mesa.
—Solo tu abuela sabía algo, pero nunca lo contó. Ni a tu padre. Pobre doña Júlia —siguió —, apenas hacía un año que había enviudado.
Ángela la miró con calma, pero con firmeza.
—Y desde entonces, Leo dejó de existir para el pueblo.
Martina bajó la mirada unos segundos, pensativa.
—Lo del accidente de Feliciano en el pantano ya me lo habían contado —dijo finalmente—. Siempre han dicho que Lita y yo estábamos allí. Pero yo era muy pequeña, no recuerdo nada. Y Lita, dicen, estaba en el agua cuando ocurrió todo.
Hizo una pequeña mueca, como intentando encajar recuerdos sueltos.
—Siempre me lo explicaron de forma muy vaga, como una historia rara…, pero nunca me dio por preguntar en serio cómo fue exactamente.
Ángela abrió la boca ligeramente, como dispuesta a retomar el hilo.
—Eso fue así porque…
Pero no llegó a terminar la frase.
La puerta de la casa se abrió con suavidad y la voz de Mercedes resonó desde la entrada.
—¿Se puede? ¿Os pillo en pleno cocido todavía?
Ángela giró la cabeza, sorprendida, mientras Valentín esbozaba una pequeña sonrisa.
Mercedes apareció en el umbral, con gesto ligero, aunque con esa energía suya de quien llega con un propósito claro.
—Venía a buscar a Martina —añadió—. A ver si quiere salir a dar un paseo.
Martina la miró, agradeciendo casi la interrupción sin saber muy bien por qué.
Ángela suspiró, aún con la historia a medias.
—Pues… parece que la conversación tendrá que esperar un poco más —dijo con una media sonrisa.
Valentín asintió, comprensivo, y se levantó de la mesa.
—Ve, anda —la animó Ángela—. Ya seguiremos con la conversación. Vente por aquí cuando quieras.
Martina se despidió del matrimonio con cariño, dándoles las gracias por el cocido y por la hospitalidad.
Respiró hondo al salir, como si necesitara sacudirse el peso de todo lo escuchado, y el aire de la calle le resultó casi ligero en comparación con la densidad de la conversación.
Miró a Mercedes de reojo y esbozó una media sonrisa.
—Necesito una cerveza… y un futbolín —dijo, intentando recuperar algo de normalidad—. ¿Vamos a la cantina?
Mercedes soltó una pequeña risa, cómplice, y asintió sin dudarlo.
—Eso está hecho.