David y Mercedes
La noche había caído suavemente sobre el pueblo, dejando un aire templado y sereno, propio del mes de mayo.
En la parte trasera de la casa, el porche se abría hacia las dehesas, envuelto en una penumbra tranquila, apenas rota por la luz cálida de unas velas que Martina había dispuesto sobre la mesa.
Había colocado un pequeño altavoz en una esquina, del que brotaba una música suave, casi imperceptible, que se mezclaba con el sonido lejano de los grillos.
Se detuvo un momento, observando el conjunto: la mesa, sencilla pero cuidada, los platos colocados con esmero, las copas esperando… Aquella escena tenía algo especial, como si hubiera sido preparada no solo para una cena, sino para recuperar algo que había quedado suspendido en el tiempo.
El sonido de unos pasos acercándose por el lateral de la casa la sacó de sus pensamientos.
—¿Se puede?
—¡Adelante! —respondió ella, girándose.
David apareció primero, con dos botellas en la mano, y tras él, Mercedes.
Martina se quedó inmóvil un segundo.
—¡Mercedes!
La sonrisa fue inmediata.
Se acercaron y se abrazaron con fuerza, riendo, como si no hubieran pasado veinte años.
—Pero, mírate… —dijo Martina, separándose para observarla—. Estás igual.
—¡Y tú! —respondió Mercedes—. Bueno…, no, tú estás… —se detuvo, sonriendo—, impresionante.
Martina soltó una pequeña risa, restándole importancia.
—Anda, pasa, pasa.
David dejó las botellas sobre la mesa.
—Vino de la tierra, como prometimos.
—Y esto… —añadió Mercedes, sacando una bolsa— no podía faltar.
Martina la abrió y, al ver las rosquillas, negó con la cabeza sonriendo.
—Esto es jugar con ventaja.
—Sabíamos por dónde entrar —respondió David con naturalidad.
Se sentaron, los tres, alrededor de la mesa.
La conversación comenzó con la facilidad de quienes no necesitan esfuerzo para entenderse.
Los recuerdos fueron apareciendo poco a poco, como piezas que encajaban solas: veranos interminables, juegos en la dehesa, travesuras que en su momento parecían enormes y que ahora resultaban casi entrañables.
—¿Te acuerdas de cuando tu hermano construyó una cabaña y acabamos todos llenos de barro? —dijo Mercedes entre risas.
—¿Cuando construyó? —respondió Martina—. ¡Si nos obligó a todos a hacerla!
Las risas se mezclaron con el tintinear de las copas.
La cena transcurrió entre anécdotas y silencios cómodos, de esos que no necesitan ser llenados. Los huevos fritos con patatas humeaban en el centro de la mesa, y Martina no pudo evitar sonreír al ver cómo algo tan sencillo podía tener tanto significado.
De vez en cuando, su mirada se perdía más allá del porche, hacia la oscuridad de las dehesas. Allí, donde un día de esos tendría que ir.
El vino empezó a correr con facilidad, y con él, las conversaciones se volvieron más personales.
—Bueno… —dijo Mercedes, apoyando los codos sobre la mesa—. Pongámonos al día de verdad. ¿Qué ha sido de nuestras vidas sentimentales?
Martina sonrió, sabiendo que aquella pregunta iba a abrir una puerta difícil de cerrar.
—Empieza tú —respondió.
Mercedes suspiró levemente, aunque enseguida esbozó una media sonrisa.
—Pues… estuve saliendo con un chico varios años —dijo—. Ya sabes, de esos que parece que van en serio… pero al final no.
—¿Y ahora? —preguntó Martina.
—Ahora estoy conociendo a alguien —respondió—. Es de un pueblo de al lado. De momento… bien. Sin prisas.
Martina asintió, comprendiendo perfectamente ese tono contenido.
—Ahora tú —dijo Mercedes, girándose hacia su hermano.
David se encogió ligeramente de hombros, llevándose la copa a los labios antes de responder.
—Yo estoy saliendo con Felisa.
Martina arqueó ligeramente las cejas, sorprendida.
—¿Felisa?
—Sí —respondió con una sonrisa tranquila—. Llevamos ya un tiempo.
—¡Qué bien! —dijo ella con sinceridad—. Me alegro mucho.
—Ahí estamos… —añadió él—. Cada uno en su casa, sin complicarnos demasiado la vida.
Martina soltó una pequeña risa.
—Eso suena muy a pueblo.
—Y muy a nosotros —respondió él.
—Sin complicaros… —repitió Mercedes—. Será por tu parte.
Martina observó el intercambio con curiosidad.
—¿Por qué dices eso?
Mercedes dudó un instante, pero acabó hablando:
—Felisa es… intensa. Muy intensa.
David resopló levemente.
—No exageres.
—No exagero —insistió ella—. Es bastante posesiva. Y celosa. Ya ha montado algún que otro numerito por tonterías.
Hubo un pequeño silencio.
Martina miró a David, que evitó su mirada por un segundo antes de encogerse de hombros.
—Bueno…, tiene su carácter —admitió—. Pero tampoco es para tanto.
Martina no dijo nada al principio. Dio un pequeño sorbo al vino, pensativa.
—Yo lo he dejado hace poco —dijo finalmente.
Ambos la miraron.
—¿Ah sí? —preguntó Mercedes—. No tenía ni idea. Solo sabía que llevabais muchos años juntos.
Martina asintió despacio.
—Diez años —añadió.
El silencio se hizo más atento.
—¿Y qué pasó? —preguntó David con suavidad.
Martina apoyó la espalda en la silla, como si necesitara distancia para responder.
—Lo de siempre… —dijo con una media sonrisa—. Al principio todo era perfecto. Divertido, intenso… pero con el tiempo se volvió… —buscó la palabra— asfixiante.
Hizo una breve pausa.
—Celos. Control. Cosas pequeñas que al final lo ocupan todo.
Mercedes asintió, comprendiendo.
—Y un día te cansas —añadió.
—Y un día te cansas —repitió Martina.
Sus miradas se cruzaron un instante, y en ese cruce había algo más que comprensión: una especie de reconocimiento silencioso.
David permaneció en silencio, observándola.
—¿Y ahora? —preguntó finalmente.
Martina esbozó una leve sonrisa.
—Ahora… estoy aprendiendo a no complicarme la vida.
Los tres rieron suavemente.
—Oye… —dijo finalmente David, mirando a Martina—. Y todo esto…
Hizo un gesto vago con la mano, señalando la casa, la noche, su presencia allí.
—Has venido por lo de la casita de la dehesa, ¿no?
Martina asintió despacio.
—Sí.
—Lo de tu tía Leo… —añadió Mercedes.
El nombre quedó suspendido en el aire, cargado de algo que no era solo curiosidad.
David levantó la mirada, atento.
—Mi madre me lo comentó —continuó Mercedes—. Que te ha dejado la casa… en vida.
Martina apoyó la espalda en la silla.
—Eso parece.
—Es raro… —murmuró Mercedes, casi para sí misma.
Martina esbozó una leve sonrisa.
—No eres la única que lo piensa.
—No, ya… —respondió Mercedes—. Pero es que…
Dudó un instante, como si no supiera hasta dónde debía llegar.
—Después de todo…
No terminó la frase.
Martina la miró directamente.
—Después de todo ¿qué?
Mercedes bajó la mirada un segundo antes de volver a levantarla.
El silencio se hizo más denso.
David intervino con tono más suave.
—¿Tú conoces toda la historia?
Martina negó con la cabeza.
—Me han explicado episodios aislados, pero no conozco la secuencia de toda la historia; no acabo de encajar las piezas.
Mercedes asintió lentamente.
—¿Has ido ya a la casa? —preguntó David.
—No —respondió Martina—. Iré un día de estos.
Las miradas de los dos hermanos se cruzaron fugazmente.
Un gesto rápido, casi imperceptible.
Pero Martina lo notó.
—¿Qué? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Qué pasa?
Mercedes se apresuró a negar con la cabeza.
—Nada…
—Nada, ¿seguro?
David apoyó los codos en la mesa.
—No es nada —dijo—. Solo que…
Se quedó a medio camino.
Martina no apartaba la mirada.
—¿Solo qué?
Esta vez fue Mercedes quien habló.
—Que hace mucho que nadie pasa por allí.
El viento sopló suavemente desde la dehesa, haciendo titilar las velas sobre la mesa.
Martina se giró un segundo hacia la oscuridad del campo.
—Por eso mismo quiero ir —dijo finalmente.
Y aunque su voz sonó firme, algo en su interior empezaba a inquietarse.
El silencio se alargó unos segundos más de lo necesario.
Mercedes dejó la copa sobre la mesa con cuidado, como si hubiera tomado una decisión.
—Precisamente hoy —empezó a decir—, mi madre me ha estado hablando de eso.
Martina volvió la mirada hacia ella.
—¿De qué?
Mercedes dudó un instante, pero terminó por continuar.
—De tu tía Leo.
El nombre volvió a caer sobre la mesa con un peso distinto, más concreto.
—Me ha contado que… —hizo una pequeña pausa— cuando su marido murió…
David bajó la mirada, como si conociera bien aquella historia.
—Fue cerca de la dehesa —añadió Mercedes—. Un accidente con el caballo, al lado del pantano.
Martina sintió cómo algo se tensaba en su interior.
—Sí. Eso me lo explicaron, y que Lita y yo estábamos allí cuando ocurrió todo.
El sonido de los grillos pareció intensificarse en el silencio que siguió.
—Tu tía ya estaba viviendo allí entonces —continuó Mercedes—. Como una ermitaña… desde lo de la niña.
Martina no apartaba la mirada.
—Y… —Mercedes tragó saliva levemente— tres días después… se fue.
—¿Solo tres días después?
—Desapareció —corrigió ella con suavidad—. Sin decir nada a nadie.
El viento volvió a mover ligeramente las velas.
—Nunca más se supo de ella —añadió.
Martina sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.
—Solo mi abuela Júlia.
—Sí. Era la única persona que sabía dónde había ido. Y nunca dijo nada. Ni siquiera a su propio hijo.
El silencio que siguió fue distinto.
Más pesado.
Más incómodo.
—Hubo mucho misterio en torno a la desaparición de tu tía y ahora que te haya dejado a ti la casa ha levantado muchos rumores en el pueblo.
El viento arrastró un leve susurro desde el jardín, haciendo oscilar la llama de las velas.
Y entonces, un ruido. Seco y breve. Como el crujido de una rama al partirse.
Los tres se quedaron inmóviles.
—¿Habéis oído eso? —susurró Martina, sin apartar la mirada de la oscuridad que se extendía más allá del porche.
David giró ligeramente la cabeza, atento.
—Sí…
Otro sonido. Esta vez más cercano. Un roce entre la maleza, apenas perceptible, pero lo suficientemente claro como para que ninguno pudiera ignorarlo.
Mercedes se incorporó levemente en la silla.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó, con voz más alta de lo que pretendía.
No hubo respuesta.
Solo el campo.
Y ese silencio espeso que parecía observarlos desde la distancia.
Martina sintió un escalofrío recorrerle los brazos. Durante un instante, creyó distinguir una sombra desplazándose entre las encinas, algo que no terminaba de definirse del todo.
—Yo… —empezó a decir, dudando— juraría que he visto algo.
David se levantó despacio, apartando la silla con cuidado.
—Voy a echar un vistazo.
—No —dijo Martina casi al instante—. Da igual…
Pero ya había dado un par de pasos hacia el límite del porche.
Se detuvo allí, mirando hacia la oscuridad.
El campo parecía completamente inmóvil. Durante unos segundos, no se oyó nada. Ni un solo sonido. Luego, de repente, algo salió disparado entre los arbustos, cruzando fugazmente el claro.
Mercedes dio un pequeño grito ahogado.
—¡Joder!
David retrocedió instintivamente, soltando el aire.
—Tranquilas —dijo, llevándose una mano a la nuca—. Será un gato… o cualquier bicho.
Martina intentó sonreír, aunque la sensación en su pecho no desaparecía del todo.
Durante unos segundos más, permanecieron en silencio, como si esperaran que algo volviera a moverse entre la oscuridad.
Pero no ocurrió nada. El campo recuperó su calma y, poco a poco, la tensión empezó a disiparse.
Mercedes fue la primera en soltar el aire.
—Madre mía… —dijo, llevándose una mano al pecho—. Me habéis quitado diez años de vida.
David soltó una pequeña risa, aún con el pulso algo acelerado.
—Si es que seguimos siendo los mismos…
Martina los miró, todavía con esa sensación extraña en el cuerpo, y de pronto negó con la cabeza.
—¿Os acordáis cuando íbamos al cementerio por la noche?
Mercedes soltó una carcajada inmediata.
—¡No me lo recuerdes!
—Y tú —añadió Martina, señalando a David— escondiéndote detrás de los nichos para darnos sustos.
—Eh, que eso era arte —respondió él, divertido—. Tenía técnica.
—Tenías mala leche —corrigió Mercedes entre risas—. Yo salía de allí convencida de que me iba a dar algo.
Las risas comenzaron a encadenarse unas con otras, cada recuerdo trayendo consigo otro más exagerado que el anterior.
—¿Y el día que Víctor salió corriendo y se cayó delante de todos? —añadió Martina, ya sin poder contener la risa.
—¡Porque alguien gritó como si hubiera visto un muerto de verdad! —respondió David.
—¡Fuiste tú!
—¡Que no!
La tensión se disolvió por completo, sustituida por esa ligereza de los recuerdos compartidos.
El vino volvió a llenar las copas.
Pero, incluso entre risas, Martina no pudo evitar mirar una vez más hacia la oscuridad de las dehesas.
Esta vez no dijo nada. Y cuando volvió a girarse hacia ellos, ya estaba sonriendo.
Al meterse en la cama, todo la envolvía en una sensación cálida y tranquila. Cerró los ojos. Estaba cansada. El día había estado cargado de demasiadas emociones; había sido muy intenso.
No supo cuánto tiempo pasó desde que se durmió. El sueño era profundo… hasta que un golpe seco y fuerte la hizo sobresaltarse.
El golpe provenía de la sala. Había dejado las puertas del balcón abiertas porque la brisa fresca la ayudaba a conciliar el sueño.
Alguien había lanzado una piedra al interior de la casa desde el jardín, a través del balcón, estallando en el suelo con un estrépito que la dejó sin aliento.
El corazón le latía con fuerza mientras se incorporaba en la cama.
Salió a la sala, encendió la luz, y fue entonces cuando vio una piedra de tamaño considerable en el suelo. Martina se inclinó, con las manos temblorosas, y vio que algo estaba escrito en ella, en letras negras y gruesas:
VETE YA
El frío le recorrió la espalda. La amenaza era clara y directa. Por un instante, se olvidó de todo lo demás. Solo estaba esa piedra… Y el mensaje que nadie podía ignorar.
Martina se quedó inmóvil un instante, con la piedra en la mano, sintiendo cómo un escalofrío le llegaba hasta los huesos. La inscripción negra y gruesa parecía vibrar en la quietud de la habitación: VETE YA .
Por un momento pensó que podía ser una broma pesada de alguien del pueblo, pero el tamaño de la piedra y la precisión del mensaje le hicieron descartar esa idea de inmediato.
La sala estaba en silencio, con las sombras alargadas de los muebles proyectadas en las paredes.
Desde el balcón, la calma del paisaje contrastaba con el sobresalto que la piedra le había provocado.
Todo estaba tranquilo, pero alguien sabía que ella estaba allí y le había dejado un aviso que no podía ignorar.
Respiró hondo y tomó el móvil, aunque no quería llamar todavía. Primero necesitaba entender lo que había pasado, quién podía haber lanzado la piedra y por qué. Su mente volvió al motivo que la había traído al pueblo: la herencia de su tía Leo, la casita de la dehesa.
Ahora, esa piedra convertía su llegada en algo amenazante, calculado y personal.
Cerró las persianas y las puertas del balcón.
Colocó la piedra sobre la mesilla y se quedó un momento en silencio.
Su corazón latía con fuerza. Estaba en un entorno conocido, pero de repente todo parecía más frágil y sospechoso.
Aunque la amenaza era clara, no iba a dejar que el miedo la paralizara.