El reencuentro
Martina se despertó con el sonido tenue del viento moviendo las hojas de los árboles del jardín.
Las habitaciones estaban en la segunda planta de la vivienda, todas comunicadas con la sala principal y con un largo y estrecho balcón.
Se incorporó lentamente y salió a la sala.
Miró la cómoda antigua, llena de objetos que le resultaban familiares: las fotografías en blanco y negro, el gran espejo que deformaba las imágenes —al que llamaban «el espejo de la bisabuela»—, el sofá de madera con cojines de estampado floral y la alacena empotrada en un rincón.
Cada detalle le devolvía un pedazo de infancia; recuerdos mezclados con cierta sensación de nostalgia y de miedo viejo.
Cuando era pequeña, subir sola a la segunda planta le daba pánico.
Sabía que desde allí nacían otras escaleras que conducían a la cocina antigua, que hacía años que no se utilizaba, con su chimenea y sus banquetas de madera.
Por algún motivo, la idea de subir sola le parecía un pequeño reto de valentía.
Hoy, sin embargo, la familiaridad de los años la hacía sonreír.
El aire la envolvió en cuanto cruzó la puerta del balcón, como si la hubiera estado esperando todos esos años. Inspiró hondo, casi con cautela al principio, y entonces llegó: ese olor tibio a tierra seca, a hierba aplastada por el sol, a encinas lejanas y polvo de antaño.
Cerró los ojos.
No era solo un aroma, era un recuerdo entero que despertaba de golpe: veranos interminables, risas que se perdían entre los campos, las manos manchadas de tierra.
Sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba, como si ese perfume olvidado hubiera encontrado la grieta exacta por donde colarse y devolverle, de un solo aliento, la niña que un día fue.
Hoy iba a recorrer las calles que tantas veces había visto en verano, comprar provisiones y reencontrarse con la vida tranquila y curiosa de aquel lugar que, a pesar de todo, siempre había sentido como suyo.
Martina empujó la puerta del pequeño comercio y un tintineo anunció su entrada.
El murmullo habitual se apagó apenas un segundo, lo justo para que varias miradas se alzaran y la reconocieran, y entonces el silencio se rompió en una oleada de sonrisas y exclamaciones: «¡Martina!
»; «¡Cuánto tiempo!»; alguien al fondo levantó la mano para saludarla y otra voz, cargada de alegría, comentó lo mucho que había cambiado; y, a la vez, lo poco.
Martina sintió un calor inesperado en el pecho, una mezcla de pudor y ternura, mientras avanzaba entre los estantes como si no se hubiera marchado nunca, envuelta en esa bienvenida sencilla y sincera que solo los lugares pequeños saben guardar.
La mayoría eran personas mayores, de la edad aproximada de sus padres, que la recordaban desde niña, corriendo por las calles del pueblo durante los veranos.
Martina saludó con sencillez, aceptando la cercanía de aquellas personas que la habían visto crecer. La familiaridad de las miradas y las sonrisas, mezclada con el murmullo alegre del comercio, le hizo sentir que, pese a los años, algunas cosas permanecían intactas.
—¿Y cuánto tiempo te vas a quedar esta vez, Martina? —preguntó alguien desde el fondo, con una sonrisa curiosa—. ¿Van a venir tus amigas a verte?
—Me quedo quince días —dijo primero, casi saboreando el número—Y sí, claro… Este fin de semana viene Estefanía a verme.
Seguramente todos conocían ya el motivo de su regreso, pero nadie en el comercio dejó caer una sola palabra al respecto, como si hubieran trazado un pacto silencioso para regalarle, al menos por unas horas, la ligereza del reencuentro.
Fue Ángela, tan próxima siempre a su familia, quien se acercó con esa calidez intacta y la invitó a comer cocido, como tantas veces antes.
Martina sonrió, agradecida, pero negó con suavidad: tenía algunas cosas que hacer, dijo, aunque prometió ir al día siguiente.
Ángela asintió sin insistir, con un brillo cómplice en los ojos, y le aseguró que le guardaría unas rosquillas, de esas que tanto le gustaban, como si el tiempo, en el fondo, no hubiera pasado nunca.
Salió del comercio y echó a andar sin rumbo fijo, dejándose llevar por las calles que conocía de memoria.
El pueblo le pareció distinto en pequeños detalles —una fachada renovada, una persiana nueva, una altura más en algunas casas— y, sin embargo, conservaba intacto ese encanto sereno que siempre lo había definido.
Recorrió despacio sus calles, como si quisiera reconocer cada rincón, y en el camino fue cruzándose con la gente: primero uno, luego otro, después una voz que la llamaba desde una ventana o un saludo que la obligaba a detenerse.
Cada encuentro traía consigo unas palabras, una sonrisa, una breve conversación que se alargaba más de lo previsto.
Así, casi sin darse cuenta, el tiempo fue pasando entre saludos y recuerdos compartidos.
Sin pensarlo demasiado, sus pasos la llevaron hasta la cantina del pueblo.
Nada había cambiado. La puerta de madera seguía abierta de par en par, dejando escapar el olor a café recién hecho y a vino de la tierra. Dentro, las mismas mesas, las sillas de siempre, y ese murmullo constante de conversaciones cruzadas que formaban parte de la identidad del lugar.
Martina se detuvo un segundo en el umbral.
—Pues sí que has tardado en volver.
La voz la golpeó con una familiaridad que le erizó la piel.
Se giró.
Allí estaba.
—¿David?
Él sonrió, apoyado en la barra, como si no hubieran pasado los años.
—El mismo.
Dejó la bolsa de la compra en el suelo y se acercó sin pensarlo. Se abrazaron con fuerza, con esa mezcla de sorpresa y afecto acumulado durante demasiado tiempo.
—No me lo puedo creer… —dijo ella al separarse—. Estás igual.
David soltó una pequeña risa.
—Eso es porque me ves con buenos ojos.
Se miraron durante unos segundos.
Había cambiado, claro. Sus facciones se habían endurecido, el sol le había curtido la piel, y en su mirada había una serenidad que no recordaba. Pero seguía siendo él.
—¿Qué es de tu vida? —preguntó Martina.
—Lo de siempre —respondió él, encogiéndose ligeramente de hombros—. El ganado, la finca… ya sabes cómo es esto.
Martina asintió.
—¿Y tú? —añadió él—. Me han dicho que vienes por unos días.
—Dos semanitas —respondió ella—. He venido por lo de la casa de la dehesa.
David asintió, sin hacer comentarios.
Hubo un pequeño silencio, cómodo.
—¿Y tu hermana? —preguntó Martina—. Tengo ganas de verla.
—Por aquí sigue —respondió él—. Igual que siempre.
Se apoyaron ambos en la barra, como si retomaran una conversación interrumpida años atrás.
—Oye… —dijo Martina al cabo de un rato—. ¿Por qué no venís esta noche a cenar a casa? Mercedes y tú.
David alzó las cejas, sorprendido, aunque enseguida asomó una media sonrisa.
—¿A cenar, dices?
—Claro. Me gustaría que me pusierais al día de todo —respondió sonriendo—. Me irá bien vuestra compañía.
David la miró unos segundos y luego asintió.
—Hecho. Pero con una condición.
Martina entrecerró los ojos, divertida.
—A ver…
—Tú pones los huevos fritos con patatas —dijo con naturalidad— y nosotros llevamos el vino y las rosquillas.
Martina estalló en una carcajada limpia, sincera.
—No puede ser… ¿Te acuerdas de eso?
David se encogió de hombros.
—Era tu cena preferida. Hay cosas que no se olvidan.
Sus miradas se cruzaron un instante.
Y en ese gesto, en esa conversación aparentemente trivial, había algo más profundo: como si los años no hubieran pasado, como si aquella complicidad siguiera intacta, esperando el momento de volver a ocupar su lugar.
—Me alegro de que hayas vuelto, Martina —dijo finalmente él.
Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Yo también… Creo.