Sesenta y cinco años después
El coche avanzaba despacio por la carretera mientras el paisaje comenzaba a transformarse poco a poco.
Martina bajó ligeramente la ventanilla. El aire cálido entró de golpe, arrastrando olor a tierra seca, encinas y campo abierto.
Y entonces ocurrió.
Una sensación inesperada le apretó el pecho.
Hacía años que no volvía a Hontanilla. Demasiados.
A lo lejos, la sierra de Gredos se recortaba bajo la luz de la tarde, inmóvil, antigua, como si el tiempo apenas hubiera pasado por allí. Y, sin embargo, ella sintió justo lo contrario: que algo dentro de sí empezaba a removerse lentamente.
Cuando apareció el desvío hacia el pueblo, redujo la velocidad casi sin darse cuenta.
La pequeña carretera avanzaba entre dehesas abiertas salpicadas de encinas, serpenteando hacia la falda de la sierra. Martina observó el paisaje en silencio.
Todo le resultaba familiar.
No como quien recuerda algo concreto, sino como quien reconoce una sensación antigua que creía olvidada.
Tuvo que parpadear varias veces antes de darse cuenta de que estaba llorando.
Entró en Hontanilla despacio.
Las calles estrechas, las fachadas encaladas, las macetas apoyadas junto a las puertas, el silencio tranquilo de media tarde… Todo parecía suspendido en otra época.
Aparcó frente a la casa familiar y permaneció unos segundos dentro del coche, observándola.
La casa donde había pasado los veranos de su infancia.
Una casa sobria y elegante que había pertenecido a la familia de su abuela Júlia mucho antes de instalarse en la ciudad tras casarse con Félix Garay.
Salió del coche y abrió la verja despacio.
El leve chirrido metálico le provocó un escalofrío absurdo.
Rodeó la casa por el lateral, igual que hacía de niña.
Y entonces volvió a detenerse.
La parte trasera se abría directamente hacia las dehesas. Un horizonte amplio, inmenso, bañado por aquella luz dorada de finales de tarde que parecía capaz de detener el tiempo.
No había muros ni límites claros. Solo campo abierto extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
Martina respiró hondo.
Todo seguía allí.
Las encinas. El olor del campo. El sonido lejano de los animales.
Cerró los ojos un instante.
Por un segundo tuvo la extraña sensación de haber echado de menos aquel lugar durante demasiado tiempo sin saberlo realmente.
Recordó las tardes corriendo con sus hermanos, las discusiones absurdas, las cenas interminables en verano.
Casi pudo escuchar sus voces.
El chirrido de la puerta principal al abrirse la devolvió al presente.
—¡Madre mía…! ¿Martina?
Se giró sobresaltada.
En el umbral apareció una mujer delgada, de cabello recogido y rostro curtido por los años. Durante un instante ambas se observaron en silencio, como intentando reconocerse a través del tiempo.
—¿Rosario?
No hicieron falta más palabras.
Se acercaron casi a la vez y se abrazaron con fuerza.
Uno de esos abrazos largos que intentan recuperar años enteros.
—Pero, bueno…, mírate —dijo Rosario al separarse ligeramente—. Si te vi hecha una niña…
Martina sonrió emocionada.
—Y tú sigues aquí.
Rosario soltó una pequeña risa.
—Alguien tendrá que vigilar esta casa.
Aquello le hizo sonreír de verdad por primera vez desde que había llegado.
Rosario había estado siempre allí. Antes incluso de ella. Su madre, Concha, ya había trabajado para los abuelos. Después vino Rosario. Y luego el tiempo había seguido avanzando alrededor de aquella casa sin que su presencia cambiara demasiado.
—Tu madre me llamó en cuanto supo que venías —dijo mientras entraban—. He estado viniendo estos días para ventilar un poco. Ya sabes cómo se ponen estas casas cuando pasan meses cerradas.
Martina cruzó el recibidor lentamente.
El olor a madera antigua, a telas guardadas y a recuerdos seguía intacto.
El salón apenas había cambiado.
Las fotografías familiares continuaban sobre los muebles. Las cortinas pesadas filtraban la luz igual que siempre. Incluso el reloj parecía marcar el tiempo con la misma lentitud de cuando ella era pequeña.
—No he querido tocar demasiado —añadió Rosario—. Estas casas, cuando las cambias mucho…, dejan de parecer ellas mismas.
Martina pasó la mano por el respaldo de una silla.
Como si necesitara comprobar que todo seguía allí.
—Gracias, Rosario.
La mujer la observó unos segundos en silencio.
—Tu madre me contó lo de la tía Leo.
Martina asintió despacio.
Solo escuchar aquel nombre le provocaba una incomodidad difícil de explicar.
—No esperaba encontrarme con algo así después de tantos años —murmuró.
Rosario bajó la mirada un instante.
—Nadie esperaba nada de Leo ya.
La frase quedó suspendida en el aire.
Martina apoyó lentamente el bolso sobre una silla.
—Supongo que tendré que ir a la casita.
Rosario levantó la vista hacia ella.
Y por primera vez algo parecido a la tensión cruzó fugazmente su expresión.
Muy leve.
Pero Martina lo percibió.
—Hace mucho que nadie va por allí —dijo finalmente.
—¿Tanto ha cambiado?
Rosario tardó unos segundos en responder.
—No. La verdad es que no ha cambiado nada.
Aquello le produjo una extraña sensación difícil de definir. Como si la casita hubiera permanecido esperando.
—Mi madre siempre decía que Leo se encerró allí después de…, bueno, después de perder a la niña.
Rosario asintió lentamente.
—Sí.
Parecía querer añadir algo más, pero no lo hizo.
En lugar de eso, apartó la mirada hacia la ventana.
—Las circunstancias de la vida cambian a las personas, Martina.
Martina permaneció callada.
Desde pequeña había escuchado fragmentos inconexos sobre la tía Leo. Comentarios sueltos. Silencios incómodos cada vez que alguien pronunciaba su nombre.
Pero nunca terminaba de entender dónde acababa la tragedia y dónde empezaba el miedo que todos parecían sentir hacia ella.
—Recuerdo que Lita intentó llevarme una vez —dijo Martina de pronto—. A la casita.
Rosario volvió a mirarla.
—Eras muy pequeña.
—Mi hermana siempre decía que Leo nos echó.
Rosario suspiró muy despacio.
—Tu hermana era una niña. No entendía ciertas cosas.
El silencio volvió a instalarse entre ambas.
Martina notó un escalofrío extraño recorriéndole la espalda.
No sabía por qué.
Y, sin embargo, tenía la sensación de que aquella casa, aquel pueblo y aquella historia escondían algo mucho más grande de lo que imaginaba.
—¿Podrás acompañarme a la casita uno de estos días? —preguntó finalmente—. Apenas recuerdo cómo llegar.
Rosario sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir.
—Claro que sí.
Después sonrió con suavidad, intentando aliviar la tensión.
—Ahora descansa un poco. El viaje ha debido de hacerse largo.
Rosario salió de la casa, dejándola sola.
Martina se quedó quieta unos segundos en medio del salón, escuchando el silencio de la casa.
Un silencio antiguo.
Denso.
Casi vivo.
Después se acercó lentamente a la ventana. A lo lejos, más allá de las encinas y de la luz dorada que empezaba a desvanecerse sobre la dehesa, supo exactamente dónde se encontraba la casita.
No podía verla desde allí.
Y aun así tuvo la extraña sensación de que llevaba demasiado tiempo esperándola.