Prólogo #2
El volante vibraba con cada irregularidad del terreno, obligándolo a corregir constantemente la dirección. No podía permitirse quedarse atascado. No con lo que llevaba detrás.
Miró por el retrovisor.
Nada.
La carretera había desaparecido por completo, engullida por la noche. Durante un instante, tuvo la sensación absurda de que nunca había existido, de que siempre había estado allí, avanzando entre árboles sin principio ni destino.
Apretó los dientes.
—Sigue —murmuró.
El motor sonaba demasiado alto allí dentro, rebotando entre los árboles. Pensó en apagarlo un instante, en escuchar, en asegurarse de que estaba solo, pero no se atrevió. Si el camión no volvía a arrancar, todo habría terminado.
Siguió avanzando.
El camino descendía ligeramente, serpenteando entre la masa oscura del bosque. La niebla se había vuelto más espesa, baja, pegada al suelo, como si quisiera ocultar lo que había más adelante. Vicente inclinó el cuerpo hacia el parabrisas, forzando la vista.
Entonces volvió a verla. Otra luz. Más fija esta vez, más baja. No en el camino, sino dentro del bosque. No parpadeaba como la anterior.
Esperaba.
Vicente dudó.
El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.
Aquello no formaba parte de ninguna instrucción clara. Solo señales, susurros, medias órdenes que ahora cobraban forma en mitad de la nada.
Levantó el pie del acelerador. El camión avanzó unos metros más y luego se detuvo con un leve traqueteo.
Silencio.
Un silencio tan profundo que por un instante creyó que se había quedado sordo. Solo el motor al ralentí, grave, constante. Y algo más… un crujido lejano. ¿Una rama? ¿Un paso?
Apagó el motor y el mundo se detuvo.
Vicente se quedó inmóvil, con las manos aún en el volante, escuchando. La oscuridad parecía más densa sin el ruido del camión.
El aire olía a tierra mojada y resina.
Entonces, desde la dirección de la luz, surgió una voz:
—Has tardado.
Vicente no respondió.
No era una pregunta.
La silueta de un hombre empezó a definirse entre los árboles. No llevaba uniforme visible, o al menos no uno reconocible en la penumbra. Solo una figura, quieta, segura, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
—Baja —dijo.
Vicente dudó un segundo.
Pensó en el convoy alejándose. Pensó en Francia. Pensó en las cajas que llevaba detrás, en el peso del oro, en lo que representaba.
Y pensó en la señal. Soltó el volante lentamente y abrió la puerta.
El aire frío de la noche le golpeó la cara al bajar. El silencio del bosque era aún más inquietante desde fuera. Dio un paso, luego otro, sin apartar la vista de la figura.
—¿Quién eres? —preguntó al fin.
El hombre no respondió de inmediato.
Se acercó un poco más, lo suficiente para que Vicente pudiera verle el rostro, a medias, iluminado por la luz tenue que llevaba consigo.
—Te dijeron que no preguntaras —respondió el hombre al fin—. E hiciste bien en no hacerlo.
Miró hacia el camión.
—Lo has traído.
Vicente tragó saliva.
—¿Y ahora qué?
El hombre sostuvo su mirada unos segundos, como midiendo cuánto podía decirle.
Luego habló, más bajo:
—Ahora empieza la parte de verdad.
Un crujido más fuerte sonó en la oscuridad y Vicente comprendió que no estaban solos.
El crujido volvió a sonar. Esta vez más cerca.
Vicente giró ligeramente la cabeza, instintivamente, intentando localizar el origen. No vio nada. Solo sombras. Demasiadas sombras.
El hombre frente a él no se movió.
—¿Quién más hay? —preguntó Vicente, más tenso ahora.
No obtuvo respuesta.
Solo una leve sonrisa. Fue entonces cuando lo entendió: no era una espera. Era una emboscada.
El aire pareció volverse más denso. Vicente dio medio paso atrás, casi imperceptible, pero suficiente para que el otro lo notara.
—Tranquilo —dijo el hombre, con una calma que no tranquilizaba—. Has hecho tu parte.
Un segundo de silencio y luego, movimiento.
Algo se desplazó a su izquierda.
Otra figura emergió entre los árboles. Y otra más detrás del camión.
No hacían ruido al caminar, como si llevaran tiempo allí esperando, colocados en sus posiciones.
Vicente sintió cómo el pulso le golpeaba en las sienes.
—Esto no era… —empezó a decir.
No terminó la frase. El hombre dio un paso más hacia él.
—Claro que lo era —respondió en voz baja—. Solo que no te contaron todo.
Vicente pensó en todo lo que había creído entender y por primera vez, dudó de todo.
—¿El oro…? —murmuró.
El hombre giró levemente la cabeza hacia el camión, como si apreciara su presencia.
—Ahora está donde tiene que estar.
Un gesto casi imperceptible, pero suficiente.
Vicente no vio quién levantó el arma. Solo escuchó el disparo. Seco, corto.
El impacto le atravesó el costado como un golpe de hierro ardiente.
El aire desapareció de sus pulmones. Sus piernas cedieron sin resistencia y el suelo lo recibió con una dureza fría, húmeda.
No sintió el dolor de inmediato, solo una presión insoportable y un zumbido en los oídos.
El cielo —si es que aquello era cielo— giró lentamente sobre él, fragmentado entre las ramas negras de los árboles.
Intentó moverse, pero no pudo.
El sabor metálico le llenó la boca.
Escuchó pasos acercarse. Voces, bajas, lejanas, como si no hablaran de él.
—¿Está hecho?
—Sí.
—Rápido, sacad las cajas.
Las palabras le llegaban rotas, incompletas.
Vicente quiso decir algo, no sabía qué. Quizá una pregunta, quizá un nombre. Pero su voz no salió. Solo un hilo de aire.
Los sonidos empezaron a alejarse.
El mundo se estrechó.
Oscuridad en los bordes.
Frío.
Mucho frío.
Pensó, fugazmente, en su mujer y en sus dos hijos aún adolescentes, en la carretera, en el momento en que giró el volante y en que había tomado la decisión equivocada.
Luego, nada.