Chapter 29 Los hermanos Kéitel #2
El antiguo capitán de los cuero negro tenía el rostro tan pálido que incluso parecía fosforescente cuando reflejaba en él la luz de la mano de Briana, y el poco cabello que aún le quedaba dibujaba un marco sobre su calvicie.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó la heredera.
—Antes de que tú o tu hermano intentéis matarme —dijo con una tranquilidad pasmosa—. Déjame explicarte.
—Tienes muy poco tiempo para hacerlo antes de que te borremos esa estúpida expresión de la cara —aseguró, más pendiente de Jerom por miedo a que se descontrolara que del propio Orsius.
—¿Por qué no tomamos algo mientras os lo cuento? —sugirió—. Este ambiente tan hostil me ha despertado una sed tremenda. Y estoy convencido de que no habéis bebido demasiado en estos últimos… ¿días, meses, años?
—Deja de jugar con nosotros y habla de una vez —le advirtió Briana.
Detrás de ella, Jerom soltó uno de sus habituales bufidos.
—Yo tengo mucha sed —se quejó.
—¿Lo ves? —apuntó Orsius—. No pasa nada por relajarnos un poco a la vez que nos ponemos al día. Para que veas mis buenas intenciones, voy a dejar mi espada en el suelo.
A continuación, cumplió su promesa y bajó las escaleras muy despacio.
—En este piso hay un salón con un mueble bar muy exclusivo, ya lo veréis.
Sin embargo, Briana seguía con la vista fija en el rellano. La marcha de Orsius acababa de desvelar un reloj muy antiguo de madera en el que sus manecillas se movían a toda velocidad.
—Ese reloj… —comentó ella, señalándolo con un dedo visiblemente tembloroso—. ¿Él está ahí?
—No exactamente —respondió con un tono mucho más serio—. Todo a su momento, pero antes hablemos.
Orsius abrió una de las numerosas puertas ubicadas en el vestíbulo y los hermanos Kéitel lo siguieron, entrando en un salón desvencijado. Luego hizo un ademán invitándolos a sentarse en un sofá mugriento, cuando se acercaba a un mueble con decenas de botellas y copas que ocupaba toda una pared.
—¿Qué os apetece tomar? —preguntó Orsius, sin miedo a darles la espalda—. ¿Vino? ¿Cerveza, quizás? ¿Brandy? ¿Whisky?
—Yo quiero cerveza —respondió Jerom.
—Sabia decisión —opinó Orsius—. Aquí se encuentra una de las mejores cervezas de Las Cinco Comarcas—. ¿Y tú, Briana? —preguntó, poniendo su cara de perfil para mirar de soslayo a la heredera.
—Yo no quiero nada —respondió con desdén.
Orsius sonrió. Después sirvió cerveza a Jerom en una jarra enorme que hizo flotar hasta él usando la arlasofía. Para sí mismo se puso un vaso ancho de whisky antes de sentarse en un sillón que lo colocaba frente a los mellizos.
—¡Por la Orden de los Herederos! —dijo Orsius, alzando su copa para beber un sorbo.
Jerom lo imitó con torpeza, y casi pierde la máscara al levantarla para descubrir su boca.
—Empieza a hablar —le apremió Briana.
—Todo sería mucho más fácil si dejaras de amenazarme con tu espada.
—Habla —insistió ella, tensando aún más la mano que blandía el arma.
—Está bien. ¿Qué quieres saber?
En ese mismo momento, Jerom soltó un eructo que alertó a los dos hablantes.
—Jerom —dijo Orsius—, quizá prefieras salir fuera para disfrutar la cerveza.
—No —respondió su hermana, poniendo una mano sobre su muslo para frenarlo—. Él se queda donde está.
—De acuerdo —asintió el excapitán de los cuero negro.
—¿Por qué estás aquí? —inquirió Briana.
—Es una historia muy larga.
—Pues estás perdiendo tiempo en empezar a contarla.
—Percibo que no te fías de mí —opinó Orsius, volviendo a sonreír y reclinándose sobre el respaldo—. ¿Por qué?
—Tengo más razones para hacerlo que botellas hay en ese armario —contestó—.
Eres un traidor y un desertor. Te has cambiado de bando más veces de las que recuerdo.
Mataste gente de ambos bandos durante la Guerra Civil de Bibrébem, incluido Darios Eslamánder, uno de los mejores amigos de mi padre —Jerom soltó un sonido iracundo—.
Fuiste uno de los principales captores de herederos después de la desaparición del Lórdezeit.
Tuviste un papel muy importante en los Juicios de la Libertad.
Entraste a formar parte de los cuero negro, llegando incluso a ser su capitán, y has trabajado durante años bajo el mandato de otro gran traidor como Alexios Kraus.
Has investigado en primera persona la causa de nuestra fuga de Ívelmer.
Seguro que te has desvivido por encontrarnos para volver a encerrarnos.
Y ahora te encuentro aquí, vestido de heredero y sin ninguna explicación para entenderlo.
Puede que tu única intención siga siendo arrestarnos.
Su corazón se había acelerado al exponer sus razones, y por eso tuvo que respirar profundo al concluir.
—Antes de responderte —dijo Orsius—, contéstame tú a una pregunta: ¿Crees que estaría ahora mismo aquí sentado delante de ti si el Lórdezeit no hubiera creído mis explicaciones y razones al respecto? ¿Crees que él no estaba al corriente de mis supuestos devaneos y cambios de lealtad?
—No lo sé, dímelo tú —opinó Briana con menos hostilidad que en sus anteriores intervenciones.
—Supongo que no estarás insinuando que soy capaz de engañarlo —comentó Orsius con una sonrisa.
Briana no respondió, sino que dirigió una mirada hacia el oscuro vestíbulo, como si el Lórdezeit los observara desde las sombras. Orsius pareció notar ese detalle y bebió otro sorbo de whisky, sin dejar de mirarla a ella.
—Para tu información, Briana Kéitel, nunca cambié de bando, sino que actué de espía dentro de la O.C.H. como el Lórdezeit me ordenó que hiciera.
Maté herederos, sí, es cierto. Tenía que ser totalmente creíble mi cambio de bando y lealtad hacia la O.C.H. así que tuve que eliminar a mucha gente; incluido a Darios Eslamánder.
No solo era uno de los mejores amigos de tu padre, sino también del Lórdezeit, y uno de sus más fieles y combativos soldados.
El Lórdezeit lo entendió, como espero que tú lo hagas ahora.
Briana hizo ademán de intervenir, pero Orsius se le adelantó.
—Y sí, reconozco que capturé a muchos de los nuestros. El Lórdezeit había muerto, ¿qué quieres que hiciera? Era mejor unirme al bando vencedor que asumir mi identidad como heredero y acabar ejecutado o pudriéndome en una celda.
—¡Como hicimos yo y mi hermano! ¡O como hicieron Orfeus Eslamánder y Jeisa Suard! —protestó ella con efusividad—. Nos pasamos diecisiete años en Ívelmer sin ver una luz.
—Esa fue una decisión muy honorable por vuestra parte —reconoció Orsius, aunque era difícil saber con qué intención lo hacía—. Dime, ¿de qué os sirvió tanta obstinación hacia algo que estaba muerto?
—¡¿Muerto?! —gritó Briana, que de pronto parecía fuera de sí—. Mientras sus ideas se mantuviesen activas él seguiría con vida.
—Puede ser —contestó Orsius, en cuyo tono de voz se percibió por primera vez un atisbo de vulnerabilidad—.
En cuanto a Alexios Kraus —continuó con su alegato, deseoso por reconducir la conversación—, él, después de todo lo sucedido desde vuestra salida de prisión, sospechaba que el Lórdezeit aún podía seguir vivo, aunque fuese de una manera diferente.
Kraus admitió la posibilidad de que el Lórdezeit viviera dentro de un reloj.
Nunca me lo reconoció, pero creo que tenía razones e indicios más que suficientes para pensar que algo tan irracional fuera posible; y eso hizo que la duda también se despertara en mí.
Porque, ¿y si el Lórdezeit en realidad no se había ido para siempre?
¿Y si aún quedara una esperanza de volver a tenerlo entre nosotros?
Entonces quise comprobarlo con mis propios ojos.
—Pero reconoces que tenías una buena relación con Alexios —interrumpió Briana—. Un hombre que traicionó la lealtad del Lórdezeit como nadie y que se dedicó a acabar con todo rasgo de su legado.
—No diré que mantuve una buena relación con él, más bien era una relación profesional que acabó enturbiándose demasiado —aclaró.
—¿Quieres que me crea que, en todos estos años, Alexios no sospechó que tú seguías defendiendo las ideas de la Orden de los Herederos? —repuso Briana.
—No lo sé —admitió—, pero de igual forma yo podría sospechar lo mismo de él.
No creo que a Kraus le conviniese poner en tela de juicio el arrepentimiento y cambio de pensamiento de alguien que, al igual que él, estuvo dentro de la Orden.
Era un melancólico, y por más que lo intentó, nunca pudo desligarse de su oscuro pasado.
—Y sabiendo lo que él le hizo al Lórdezeit, ¿por qué no lo mataste en todos estos años?
—¿Matarlo? ¿Al presidente del Gobierno? —dijo con los ojos muy abiertos—. ¿Crees que estaría tan loco como para asesinarlo? ¿Y la Escolta Presidencial? ¿Y todos los guardias del Palacio de la Sede?
—¡Todo eso me da igual! —protestó Briana—. ¡Yo me habría sacrificado sin dudar para acabar con la persona que mató al Lórdezeit!
—Lo culpé de ser quien os ayudó a escapar de la Prisión de Ívelmer.
De hecho, llegué a acusarlo en su propio despacho.
¿Por qué crees que lo hice? Te aseguro que gran parte de que Alexios Kraus esté muerto es gracias a mí.
Yo conseguí las pruebas que luego utilizaron para declararlo culpable durante su juicio.
—Eso no quita los años que trabajaste al servicio de su Gobierno —repuso, empeñada en menospreciarlo.
—Pero no me discutirás que fue mucho más importante estar al lado de quienes nos traicionaron para aprender sobre ellos y sus debilidades, que pasarse casi dos décadas encerrada en la oscuridad de una celda —contratacó él.
Briana compuso una mueca extraña, como si el ya de por sí putrefacto olor de la mansión hubiera aumentado su intensidad de repente.
—Volviendo a lo que te decía antes de este inútil inciso —continuó Orsius con su explicación—, quise comprobar los rumores con mis propios ojos.
Por eso vine hasta aquí durante la noche anterior al juicio de Alexios —hizo una pausa calculada—.
Antes de venir, reconozco que me reuní con Kraus y le dije que vendría a la Mansión Nórebol para intentar esclarecer el misterio de lo que estaba ocurriendo, con el fin de ayudarle a salir indemne de su acusación como heredero.
Lo hice porque quería asegurar mi posición en caso de que el rumor sobre el Lórdezeit no fuera cierto y Alexios resultara declarado inocente en el juicio —explicó, adelantándose a una posible réplica por parte de Briana.