Chapter 29 Los hermanos Kéitel #3
—Pues Alexios Kraus está muerto —dijo ella—. ¿Eso significa que no descubriste el misterio, o…?
—Está muerto porque no regresé —contestó con rotundidad—. Lo que significa que sí descubrí el misterio, y por eso sigo aquí.
—Todos piensan que has desaparecido; muerto más bien —informó Briana, que aún no estaba satisfecha, aunque no sabía cómo seguir atacando a Orsius.
—Estoy al corriente —admitió él.
—¿Y sabes por qué estamos aquí nosotros? —preguntó, señalando también a su hermano.
—El Lórdezeit os ordenó la misión de recuperar dos objetos muy preciados para él —contestó, esta vez sin tapujos.
Aquello descolocó un poco a Briana; si sabía eso…
—¿Lo habéis hecho? —preguntó Orsius con ansia, fijando su vista en la espada que la heredera mantenía envainada a la derecha de su cintura, junto al bolso que colgaba en bandolera sobre su hombro.
—A eso solo responderé en presencia del Lórdezeit —contestó rotundamente la heredera.
—Entonces creo que ha llegado ese momento —anunció Orsius, poniéndose en pie y posando el vaso de whisky sobre la mesa, antes de colocarse nuevamente la máscara de heredero—. Seguidme.
Los hermanos Kéitel salieron hacia el vestíbulo detrás de él.
Después comenzaron a subir la escalinata.
Briana no pudo evitar detenerse un segundo para ver de cerca cómo giraban a toda velocidad las manecillas del reloj situado en el primer rellano, lo que provocó que su pulso se disparara.
Los escalones crujían de forma funesta bajo el peso de sus pasos, mientras tenían que deshacerse de algunas molestas telarañas que insistían en abrazarlos.
Hasta que llegaron a la buhardilla de la mansión, accediendo a un corredor estrecho donde el tejado casi acariciaba la cabeza de Jerom.
Briana sentía cómo le temblaban todas las extremidades con cada paso que avanzaban. Por un instante, se olvidó de preocuparse de si su hermano iba tras ella. Finalmente, Orsius se detuvo ante la única puerta que no estaba cerrada, desactivando antes la fórmula arlasófica que iluminaba su mano.
—Desactiva la fórmula —dijo señalando también la luminiscente mano de Briana—. La luz no le va bien.
—Espero que no sea un truco —advirtió ella.
—Te aseguro que no lo es.
La heredera, aunque titubeante, la desactivó.
—Pasad —dijo Orsius, invitándolos además con un gesto de la mano.
Entraron en una sala cuya limpieza y orden eran impolutos, en completo contraste con el resto de la mansión.
Había en ella varios aspectos a destacar, pero toda la atención de Briana se vio atraída por un gran reloj de péndulo del que emanaba un extraño resplandor vaporoso que, sin embargo, no era visible en los enormes espejos que cubrían las paredes más largas.
Además, sus manecillas y el péndulo se movían a un ritmo frenético.
—Hermanos Kéitel. Me alegro mucho de veros —saludó una voz antinaturalmente grave, proveniente del reloj.
Jerom, sobresaltado, se agarró al brazo de su melliza, provocándole un fuerte dolor al que ella ni siquiera respondió.
—¿De… de verdad es usted, señor? —preguntó Briana, con la voz tan temblorosa como el resto de su cuerpo—. ¿Es usted el Lórdezeit? —añadió impacientemente al ver que no obtenía respuesta.
—Así es —confirmó escueto—. ¿Habéis cumplido vuestra misión de traerme el Libro y la Espada? —preguntó con ansia.
—¿Cómo sé que es usted y no un truco de Orsius? —inquirió la heredera.
El aludido no dijo nada, pero desvió la vista del reloj hacia los mellizos.
—¿Tengo que darte explicaciones, Briana? —replicó la voz del reloj, estremeciéndolos a todos.
Aun así, ella no se amilanó y empuñó su espada, amenazando directamente hacia el reloj.
—¿Te has vuelto loca? —protestó Orsius.
—¿Qué había sobre la mesa del despacho del Lórdezeit el día que él me nombró como Heredera Guardiana? —preguntó de forma obstinada, ignorando a Orsius.
—La espada de tu padre —contestó la voz desde el reloj—. Guardada en una vitrina de cristal. Él me pidió antes de morir que te la entregara.
Briana dejó caer su espada al suelo, provocando que se encendiera levemente su punta, y enseguida se arrodilló, inclinándose en dirección al reloj. Su hermano la imitó.
—Discúlpeme, señor —dijo ella, con la voz quebrada por la emoción—, pero debía asegurarme de que en verdad era usted.
—Has hecho bien —opinó la voz que salía del reloj—. Has actuado como lo que eres: una gran líder.
—Gracias, señor, y disculpe una vez más —dijo con la mirada clavada en el suelo.
—En pie —les ordenó el Lórdezeit—. Acercaos.
Los hermanos Kéitel se levantaron del suelo, pero solo Briana se aproximó al reloj.
—Déjame ver lo que traes —solicitó el Lórdezeit.
Soltando la vaina de su cintura, Briana extrajo después la espada que le quitaron a Xalara Verdreven en el cementerio de Yadarme.
—Acércala —ordenó con impaciencia el Lórdezeit.
La heredera se esforzó por levantar la espada hacia el reloj.
—Sí —dijo el Lórdezeit, con un tono que sonaba placentero—. Es la espada. ¿Y el libro? —inquirió apremiante.
Entonces Briana, tras envainar la espada con cuidado y dejarla sobre la repisa de la chimenea, abrió el bolso que colgaba de su hombro. De él extrajo un libro de cuero desgastado en cuya cubierta podía leerse la frase en arlayino: «dera semgoe dera duitmone».
—¡Sí! —exclamó el Lórdezeit, que parecía a punto de alcanzar el éxtasis—. ¡Ábrelo!
La heredera se apresuró a cumplir la orden de su líder y abrió el libro, cuyas dos únicas y gruesas páginas estaban en blanco.
—¡Súbelo más! —la apremió. Sin embargo, la baja estatura de Briana era insuficiente—. ¡Que lo haga tu hermano! —ordenó con impaciencia, percatándose de esa circunstancia.
Jerom cogió el testigo y levantó el libro hacia la esfera del reloj con sus largos y musculosos brazos.
Se produjeron unos segundos de tenso silencio en los que todos contuvieron el aliento.
—Sí, lo sabía. Las evidencias estaban ahí, pero tenía que confirmarlo —aseguró el Lórdezeit a través del reloj, cuya voz sonaba ahora teñida de decepción—. Esa chica… Nunca pensé que… Me negaba a creer que hubiera alguien más, pero…
—Disculpe, señor —dijo Orsius, acercándose también al reloj, seguramente empujado por el irresistible poder de la curiosidad—, pero, ¿a qué chica se refiere y por qué?
—Necesito tenerla aquí delante —respondió el Lórdezeit, aunque más bien parecía pensar en voz alta—. Las instrucciones del libro son claras. Solo así podré conseguirlo.