El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 29 Los hermanos Kéitel
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Chapter 29 Los hermanos Kéitel

La primera noche del verano era tan oscura en Bibrébem, que ni las estrellas ni la luna llena anunciada en las noticias se atisbaban en un cielo anormalmente encapotado.

Un búho se posó en una de las ramas de los incontables abetos que formaban aquel bosque colindante al sur de la capital, provocando que se meciera suavemente bajo su peso mientras dejaba escapar un ulular despreocupado. La oscuridad reinante era propicia para cazar, y él lo sabía.

Hasta que un destello plateado quebró la oscuridad e hizo que el búho estallara en un revoltijo de sangre y plumas.

Dos figuras vestidas de negro surgieron en medio del bosque, rozando la hierba con sus largos uniformes.

—No vuelvas a hacer eso —recriminó una voz distorsionada, difícil de distinguir si pertenecía a un hombre o a una mujer—. Sabes que no podemos llamar la atención.

—Odio a los pájaros —rezongó un individuo alto y fornido, que llevaba un parche en el ojo tras una máscara negra—. Ellos me quitaron la mitad de la vista.

—Sé que te resulta complicado, Jerom —comentó Briana con delicadeza, quien, al igual que su mellizo, ocultaba el rostro bajo una máscara de color azabache—, pero tu forma de actuar algunas veces nos pone en peligro, ¿lo entiendes?

Jerom Kéitel soltó un gruñido quejumbroso.

—Estamos cerca, ¿lo ves? —comentó Briana, señalando con su mano el resplandor anaranjado que se veía unos cuantos metros más allá del bosque—.

Ahí está él. Por fin vamos a reunirnos después de tantos años, y le daremos lo que tanto desea —añadió con la voz tomada por la emoción, adelantando el bolso que tenía colgado de su hombro derecho, y una de las dos espadas envainadas en su cintura.

Ni ella misma podía creerlo. Por eso, y aunque no pensaba admitirlo ante su hermano, prefería no hacerse demasiadas ilusiones. Al fin y al cabo, que alguien, aunque fuera el mismísimo Lórdezeit, viviera dentro de un reloj, no era muy creíble.

—Ven, no te separes de mí —ordenó al ver que Jerom, dejándose arrastrar por la emoción del inminente reencuentro, había comenzado a caminar demasiado deprisa.

Sin embargo, tuvo que ser ella la que aceleró el paso para ponerse a la altura de su hermano.

Briana era consciente de que Jerom no disponía de una mente muy lúcida, pero lo amaba demasiado como para no tenerlo a su lado.

Además, era muy leal a ella y al Lórdezeit, por eso él nunca se negó a que formara parte de la Orden.

Al contrario, estaba satisfecho de poder contar con un soldado tan mortífero y que nunca hacía preguntas.

Aunque ya no era el mismo desde que sufriesen el extraño ataque de aquella bandada de cuervos en el cementerio de Yadarme.

No solo perdió un ojo, sino que ahora se mostraba más irascible ante cualquier posible peligro, lo que, sumado a su personalidad inestable, lo convertía en alguien muy impredecible.

A pesar de las terribles consecuencias de aquel ataque, había merecido la pena, puesto que consiguieron la espada que durante tanto tiempo buscaron. Mucho más difícil resultó hacerse con el libro.

Durante un par de meses vagaron buscando alguna pista que pudiera conducirles hacia él.

Por muchos días, pensó que su hermano iba a morir a causa de la infección provocada por la pérdida del ojo, incluso planeó robar una pala para enterrarlo llegado el momento.

Aunque pensarlo todavía le revolviera el estómago, se planteó la idea de terminar con su dolor.

Pasaron hambre y un sinfín de penurias hasta que, al fin, escucharon que alguien afirmaba poseer un libro muy antiguo con las páginas en blanco.

Al principio solo fue un susurro, pero pronto pudieron confirmarlo.

Lo atacaron en su propia casa y se hicieron con el premio.

No habría sido necesario matar a ese hombre, pero dejó que Jerom saciase su sed de violencia con él.

Después de todo, era un asqueroso tercera clase.

—Espera, camina más despacio —solicitó nuevamente Briana, resollando al verse incapaz de sostener el frenético ritmo de las enormes zancadas de su mellizo.

Finalmente alcanzaron la linde del bosque, donde una alambrada bastante deteriorada lo separaba de una avenida muy ancha y adoquinada. Allí lo primero que vieron fue el esqueleto calcinado de una de las mansiones.

Jerom emitió un sonido nervioso.

—Tranquilo, no es ahí —comentó Briana—. Si no me equivoco, esa es la Mansión Nanton. Tenemos que seguir hacia la derecha.

El heredero echó a correr en la dirección indicada por su hermana.

—¡Espera! ¡Más despacio! —exclamó en voz baja, obligada a perseguirlo.

Corrieron en paralelo al alambrado hasta que Briana por fin pudo alcanzar a Jerom y agarrarlo por el brazo para detenerlo.

—Es aquí. Para, hemos llegado.

El grandullón se detuvo en seco al oír aquella afirmación, y rebosante de anhelo, miró a su hermana con el único ojo que le quedaba.

Se detuvieron en la parte trasera de una mansión de ladrillo gris y numerosas chimeneas, cuyo cercado estaba a unos cinco metros de distancia del alambrado.

—Esta es la Mansión Nórebol —confirmó Briana—. Él se encuentra ahí dentro —añadió para sí misma.

Ahora era ella quien no podía contener la emoción y las prisas por entrar.

Aun así, Jerom la superaba en ansias y agarró la parte inferior de la oxidada alambrada, rompiendo con facilidad las deterioradas grapas que la amarraban al suelo.

Acto seguido, se coló como una flecha por el hueco que había creado.

—¡Jerom, espera!

Los dos mellizos corrían en paralelo al cercado de la mansión. Briana se vio obligada a usar la arlasofía para detener a su hermano, provocando que una rama de abeto tirada en el suelo se desplazara hacia sus pies para provocarle un tropiezo.

—Ya basta —dijo, casi sin aliento, desenvainando la espada para amenazarlo—. A partir de este momento harás lo que yo te diga. ¿Vale?

—¿Vas a hacerme daño? —preguntó Jerom, como si fuera un niño asustado.

—Sabes que no quiero, pero a veces me obligas a tomar decisiones drásticas —reconoció Briana mientras le tendía una mano para ayudarlo a levantarse—. ¿Vas a obedecerme?

—Sí —asintió él, y esta vez parecía sincero.

—De acuerdo. Pues ahora escucha —dijo ella, y se calló para recuperar el aliento—. No podemos ir a la puerta principal del vallado, porque nos arriesgaríamos a que alguien nos viera.

Jerom gruñó afirmando.

—Bien, entonces tenemos que encontrar la manera de saltar el muro —continuó Briana.

Entre los dos, fueron capaces de apilar tres piedras que encontraron detrás de la mansión y que utilizaron para alcanzar la altura de la valla.

Al menos para que Jerom pudiera, dado que la escasa estatura de Briana le impedía hacerlo.

Sin embargo, su hermano era tremendamente fuerte y, mediante la fórmula begagxio, logró empujarla hasta que consiguió agarrarse a la coronación del muro.

Después, con el impulso de sus brazos, fue suficiente para hacer el resto.

Antes de que Briana lograra saltar hacia la parte interior del vallado, su mellizo ya lo había hecho.

Sus pasos resonaban sobre los adoquines que dividían la zona de hierba en varios tramos, crujiendo al pisar algunos fragmentos de teja desprendidos del tejado. Saltaron el descuidado seto para llegar ante la puerta de entrada a la mansión.

Subiendo los escalones que había hasta la puerta, Briana creyó ver un movimiento detrás de una cortina a la derecha.

—Jerom, desenvaina tu espada y sígueme —le ordenó enseguida, antes de que ella también lo hiciera.

Cuando accionó el pomo y empujó la puerta, esta sorpresivamente se abrió. No esperaba que fuera así, puesto que estaba segura de que permanecería trancada mediante arlasofía. Los hermanos Kéitel cruzaron el umbral muy despacio, con sus espadas listas para atacar si la situación lo requería.

Briana se adentró en el vestíbulo, con su hermano pegado a los talones.

—Volter —pronunció la heredera, y su mano iluminó una parte de la enorme estancia.

El estado del interior de la mansión no difería demasiado del aspecto que ofrecía por fuera.

El polvo y las telarañas cubrían cada centímetro de la habitación, donde un hedor nauseabundo causaba una ligera sensación de asfixia.

Briana se acercó a las paredes, revestidas con paneles de madera sin barnizar, donde colgaban numerosos retratos de antiguos miembros de la familia Nórebol.

Había estado una vez allí, con su padre cuando era niña, pero apenas recordaba algo.

Luego comenzó a moverse con cautela hacia el centro de la estancia, atenta a cualquier movimiento o sonido extraño, temerosa de encontrar algo indeseado cada vez que movía su mano para iluminar un punto diferente.

—¿Dónde está el Lórdezeit? —preguntó Jerom, empezando a impacientarse.

—No lo sé todavía. Tú confía en mí —respondió, concentrada en hallar cualquier amenaza.

Descubrieron dónde se ubicaba la escalinata, y Briana se acercó con pasos cortos hacia ella, agudizando tanto el oído como la vista. Le pareció ver una sombra en movimiento en el primer rellano, pero antes de que pudiera confirmarlo, un destello voló por encima de su cabeza dirigido hacia allí.

—No nos conviene a ninguno montar un espectáculo de luces y sonido. Os lo aseguro —dijo con severidad un hombre uniformado de heredero tras desviar con su espada el ataque hacia el techo, provocando la caída de grandes astillas del ornamentado panel de madera.

—¿Andris Bóstoul? —preguntó Briana, al tiempo que alzaba una mano para tranquilizar a su hermano.

—No soy él —respondió, ofendido con la comparación.

—Entonces ¿quién?

—¿Has olvidado las normas de régimen interno de la Orden, Briana? —preguntó el heredero desde el rellano con cierta burla.

—No, claro que no —aseguró ella—. Sé que no podemos desvelar nuestra identidad, pero dadas las circunstancias y que tú sí conoces las nuestras, creo que lo mejor es que te descubras. Para evitar malos entendidos —agregó con amenaza.

—De acuerdo —cedió el heredero para su sorpresa y, muy despacio, se quitó la máscara.

—¡¿Orsius Dónel?! —chilló Briana, aferrando su espada, lista para atacar enseguida.