El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 28 La toma de posesión #3
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Chapter 28 La toma de posesión #3

—¡Que hable ella! —gritó una voz varonil desde el público, reclamando las miradas.

—¡Eso! ¡Que dé la cara! —chilló ahora una mujer.

Crispina viró su cuello hacia allí de una forma mecanizada. Lo mismo hizo con la siguiente protesta.

—¡Queremos escucharla a ella! —bramó otra voz femenina.

—Agradecemos que hayan venido hasta aquí para presenciar en vivo la toma de posesión, y no menos lo hacemos con quienes están en sus casas —continuó Sarah, apresurando sus palabras e ignorando las protestas—.

Durante los próximos cinco años de legislatura, el Gobierno de Crispina Streif se compromete a trabajar unido por el bien y la prosperidad de Las Cinco Comarcas.

—¡¡Asesina!! —gritó un hombre muy alto, levantando su dedo acusador para señalar a la presidenta desde la tercera fila de bancos de la izquierda.

Como si hubiera despertado de su letargo, ella se levantó de su silla.

—¡¡Arrestadlo!! —ordenó, señalando al que acababa de lanzar la injuria.

Varios cuero negro se afanaron para llegar hasta el hombre, apartando al público con brusquedad antes de maniatarlo.

—¡¡Subidlo al estrado!!

Obedecieron de inmediato, deteniéndose a la altura donde habían situado el atril. Luego pusieron al detenido de rodillas en el suelo.

—¡Capitán de la Escolta Presidencial! —reclamó la presidenta—. ¡Ejecútelo!

El murmullo creció hasta convertirse en un clamor cuando Gustavo desenvainó su espada y se volvió hacia el hombre arrodillado, que tenía el rostro desencajado por el pánico.

—¡Perdónele! —clamó una voz desde el público, a la que muy pronto se unieron más—. ¡No le haga daño! ¡Déjele vivir!

Gustavo mantenía los ojos fijos en Crispina, esperando una señal definitiva.

La presidenta continuaba mirando al frente, con los ojos fijos en la pared que el Salón de Conferencias compartía con la nave de la Gran Escalinata. Hasta que, fugazmente, miró a Gustavo para hacerle un gesto de asentimiento.

A pesar de la controvertida orden, el capitán no dudó y disparó un haz de luz que iluminó la estancia, terminando con la vida del hombre y provocando un silencio absoluto que se apoderó del Salón de Conferencias.

Acto seguido, Crispina descendió hacia el atril y se agarró a él con fuerza para hablar a través del micrófono.

—Si alguien más quiere decir algo, que hable ahora o se siente.

Muchos se sentaron enseguida, otros lo hicieron algo más despacio, pero finalmente todo el público tomó asiento. La gran mayoría lo hizo mirando al suelo, evitando cruzar una mirada con la presidenta.

—Muy bien —sentenció ella.

A continuación, bajó del estrado y abandonó el Salón de Conferencias, rodeada por su Escolta.

Ya de noche y en completo sigilo, Crispina se trasladó junto a su inseparable vicepresidenta al principal centro de sanación de la capital. Allí permanecía ingresado su sobrino Andris Bóstoul desde el atentado perpetrado por Víliam Buendi y Xalara Verdreven.

—Ahora quiero que te quedes aquí —indicó Crispina una vez dentro—. Necesito hacer esto sola.

—Vale, lo entiendo —asintió Sarah, aunque por su expresión no parecía demasiado conforme.

El estrecho pasillo que conducía hacia la habitación tenía un aspecto de uniformidad melancólica y opresiva.

Antes de entrar a donde estaba Andris, Crispina habló con la sanadora encargada del cuidado de su sobrino.

—Buenas noches, presidenta.

—¿Ha habido alguna mejoría? —preguntó Crispina, con el mismo hilo de esperanza de siempre.

—Todo sigue igual —respondió la sanadora, con su habitual tono lamentoso.

Apretando los puños con tanta rabia que se hizo sangre, Crispina entró en la habitación, dejando atrás a la sanadora.

Tumbado boca arriba, Andris Bóstoul permanecía con los ojos cerrados y una débil respiración que apenas inflaba su pecho.

Estaba aún más delgado que la última vez que lo visitó, y su aspecto se asemejaba más al de un cadáver que al de una persona con vida.

Pero lo que más continuaba llamando la atención de su tía, y también de los sanadores, era la ausencia de heridas superficiales.

A pesar de haber sobrevivido a una explosión, no lucía ningún tipo de rasguño, y eso era desconcertante.

Como hacía siempre, Crispina se dejó caer en el sillón situado junto a la cama, y tomó la mano izquierda de su sobrino, que estaba fría y esquelética.

—Hola, Andris. He venido a verte. ¿Cómo estás hoy? —al formular esta pregunta, se derrumbó por dentro—. Esta mañana ha sido la ceremonia de mi toma de posesión. Te he echado de menos.

Llorando, besó su mano.

—He intentado matar a Xalara Verdreven para vengarte, aunque aún no he podido hacerlo. Pero ahora tengo un plan mucho mejor, y esta vez no fallaré. Te lo prometo.

La presidenta tuvo que soltar la mano de su sobrino para enjugarse las lágrimas que empapaban su rostro. Luego volvió a asirla con más fuerza de la que debía.

—Andris, me siento muy sola, por eso necesito que ¡te despiertes! —chilló con voz desgarradora.

Los ojos de Andris Bóstoul se abrieron como si hubieran respondido de forma automática al oír el grito de súplica de su tía, y tras un instante en el que miraron al techo, se torcieron lentamente para observarla a ella.