El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 28 La toma de posesión #2
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Chapter 28 La toma de posesión #2

—En diez segundos entramos —anunció un chico de aspecto enclenque que trabajaba para la televisión, con una carpeta gris bajo el brazo—. Y tres, dos, uno… adelante.

Las puertas se abrieron desde dentro.

El renovado Salón de Conferencias, que casi triplicaba el tamaño de su antecesor, estaba mucho más oscuro de lo que cabría esperar.

El sol habitual para el primer día de verano parecía haberse escondido con el afán de enturbiar el ambiente de la ceremonia.

Cientos de personas abarrotaban los bancos que ocupaban la nave central.

Al escuchar el sonido de la puerta, todos se pusieron en pie, dirigiendo sus ávidas miradas hacia allí.

Lo mismo que hicieron las cámaras de televisión, situadas en diferentes puntos de la estancia.

Con su largo cuello erguido y la mirada fija en el frente, Crispina Streif hizo acto de presencia.

Descendió los escalones y comenzó a caminar entre decenas de guardias del palacio a su izquierda, y por el mismo número de cuero negro a su derecha.

Alineados, formaban un pasillo perfectamente sincronizado, soltando las manos al paso de la presidenta, que se tomó su tiempo para alcanzar el estrado, ahora situado en la parte opuesta en comparación con el antiguo Salón de Conferencias.

Un gigantesco escudo de bronce del Gobierno ocupaba el lugar donde se encontraba el viejo Gran Reloj, aunque a una altura mucho más elevada.

Dayana Cleyton era la última cuero negro situada en el pasillo, y además del acto protocolario establecido, asintió a la presidenta justo antes de que esta subiera los escalones del estrado.

Allí la esperaban los miembros de su consejo, a los que saludó uno por uno, después de que ellos lo hiciesen antes.

Especial fue el saludo con la vicepresidenta, aunque ambas trataron de normalizarlo.

La Escolta Presidencial se situó a los pies del estrado, mirando hacia el público; lo mismo que terminó haciendo Crispina.

Su entrada había sido un acto muy solemne, pero lejos de parecerse a como lo idealizó.

Nadie parecía emocionado por su toma de posesión, ni siquiera ella misma.

Al contemplar los rostros del público, los imaginó desangrándose con una claridad perturbadora, produciéndole un alto grado de satisfacción.

No se escuchaba ni un murmullo antes de que Sarah Corman tomara la palabra, dando un paso adelante para colocarse al lado de la presidenta, portando en su mano un ejemplar forrado de cuero de la Constitución de Las Cinco Comarcas.

—Hoy estamos aquí para celebrar la toma de posesión de Crispina Streif como presidenta del Gobierno —anunció sin necesidad de amplificación alguna, lo que demostraba la excelente acústica del nuevo Salón de Conferencias.

A continuación, levantó el libro de la Constitución para que la presidenta pudiese poner su mano derecha sobre él y cumplir así el protocolo establecido.

—Yo, Crispina Streif —dijo—, juro sobre nuestra Constitución, cumplir con todas mis obligaciones al frente del Gobierno. Para que el pueblo al que debo lealtad pueda prosperar y asegurar su bienestar.

Luego la presidenta retiró su mano del libro. En ese momento, pudo ver cómo Gustavo miraba hacia atrás rompiendo el protocolo. Ella no apartó la vista, sino que se la devolvió de una manera desafiante, igual que hizo con el resto de presentes.

—Con la potestad que el poder gubernamental me otorga —anunció Sarah—, Crispina Streif toma posesión de su cargo como presidenta del Gobierno de Las Cinco Comarcas.

Ella se dio la vuelta y subió los dos escalones que había hasta la parte más alta del estrado.

Allí se encontraba una lustrosa Silla Presidencial de madera y bronce, más parecida a un antiguo trono de reyes que a una silla de la actualidad.

La presidenta volvió a mirar al público antes de dirigir una fugaz mirada hacia la silla y tomar asiento.

Todo el público tendría que haber comenzado a aplaudir. Sin embargo, nadie lo hizo.

—¡Próspera sea su legislatura! —gritó Sarah, buscando provocar los vítores.

Todos los miembros del Consejo repitieron sus palabras, pero en el público apenas unas cuantas personas lo hicieron.

Con una expresión desafiante, Crispina mantuvo la vista al frente.

—Miedo. ¿Eso es lo que queréis? Entonces miedo será —masculló.

Después, varias personas aparecieron portando un ostentoso atril de madera, que se apresuraron a colocar sobre el estrado para que la presidenta se dirigiera a su pueblo como estaba previsto.

No obstante, ella continuaba con la mirada perdida, sin apenas pestañear ni moverse, como si nadie más estuviera en ese salón.

Su actitud no tardó en arrancar murmullos, incluso entre los miembros del Consejo.

Todo ello provocó que la vicepresidenta tuviera que subir hasta su posición.

—Crispina —dijo en su oído—, tienes que dirigirte a la gente.

No contestó, ni tampoco perturbó su semblante. Sarah entendió que no iba a hablar, por eso tomó su propia decisión y bajó hasta el atril.

Se aclaró la garganta antes de hablar, lo que bastó para acallar el murmullo.

—La presidenta se encuentra demasiado abrumada para dirigirse a ustedes, por eso yo lo haré en su nombre —anunció la vicepresidenta.