Chapter 28 La toma de posesión
Faltaban diez minutos para las once de la noche. Tras una larga reunión del Consejo que se prolongó más allá de las tres horas, la presidenta del Gobierno se encontraba a solas en su despacho, repasando mentalmente los puntos clave debatidos.
Había realizado un gran cambio estructural en su Consejo, moviendo y nombrando varios puestos dentro de él.
Ahora los cinco asientos de consejero estaban ocupados por una persona distinta cada uno.
Lo más complicado, aunque también más importante, fue la destitución de Gustavo, no solo como consejero, sino también como vicepresidente, relegándolo únicamente a la capitanía de la Escolta Presidencial, siendo más de lo que merecía.
Crispina advirtió en su momento que todos eran piezas en un tablero que podía mover y reponer a su antojo.
El nombramiento más controvertido, pero también del que estaba más convencida, fue el de su asistente personal, Sarah Corman, ascendida a vicepresidenta del Gobierno.
Su relación con Gustavo se había enfriado hasta tal punto que apenas podía denominarse así. El distanciamiento más grande se produjo tras el incendio ocurrido en la Mansión Nanton, cuya culpabilidad él le atribuyó enseguida.
Era cierto: la presidenta le ordenó a Dayana Cleyton hacerlo, pero no iba a tolerar que la culpara de un suceso tan trágico y llamativo.
Durante varios días, el incendio colmó las noticias de Las Cinco Comarcas.
Solo las informaciones que llegaban desde Lúgardark y el desenlace del misterio de las desapariciones consiguieron robarle el protagonismo.
Crispina había mostrado su enorme consternación, y ofreció todos los recursos disponibles para intentar esclarecer los hechos.
Aunque de eso se encargó Dayana, decretando que el incendio se debió a un accidente desafortunado, seguramente provocado por un fallo eléctrico.
Antes de eso, se aseguró de hacer desaparecer los cadáveres de los guardias de la garita de entrada a la avenida Villa de la Élite.
Sin embargo, la presidenta no era idiota y sabía que muchas de las sospechas recaían sobre ella. La sociedad conocía su mala relación con los Nanton, a raíz de la muerte de su hijo en Lúgardark. Todo estalló en el motín que se produjo durante el funeral, orquestado por la familia y sus amistades.
A pesar de todo eso, se sentía muy orgullosa y poderosa, tanto, que no pudo evitar reírse a carcajadas al mismo tiempo que se llenaba una copa de brandy sentada en el sillón frente a la chimenea.
Si miraba fijamente al brasero, aunque estuviera apagado, podía ver a los Nanton ardiendo en sus camas.
Era un pensamiento sádico, pero disfrutaba de él.
Si se concentraba lo suficiente llegaba a oír sus gritos de dolor mientras la carne se desprendía de sus huesos, e incluso podía percibir el hedor de sus cuerpos ardiendo.
—¡¡Se lo merecían!! —gritó con todas sus fuerzas, tirando la copa de brandy dentro de la chimenea mientras prorrumpía en carcajadas. Aunque no entendía por qué lloraba de rabia al mismo tiempo.
El único detalle por el que no estaba conforme, era que Xalara Verdreven aún respiraba.
El plan de Gustavo de contratar a un experto sicario para que se encargara de ella había fallado.
Pero ahora tenía en mente un plan infalible.
Solo quedaba ponerlo en práctica para que esa chica dejara de ser un problema.
Pese a que le costara abstraerse de todo ese ruido mental, debía centrarse en lo que venía: nada más y nada menos que su toma oficial de posesión en el restaurado y renovado Salón de Conferencias del Palacio de la Sede.
Se negó a hacerlo antes debido a la premura de su nombramiento y, sobre todo, a que el escenario perfecto para llevarla a cabo se encontraba destruido.
De repente escuchó una voz a su espalda que le hizo levantarse como una exhalación, pero en el despacho no había nadie más. Aun así, estaba segura de haberlo escuchado.
Se acercó a los cuadros colgados en la pared junto a la puerta, que mostraban los retratos de los cuatro primeros presidentes del Gobierno de Las Cinco Comarcas.
—¿Habéis sido vosotros? —preguntó, señalando con el dedo cada uno de los cuadros.
Ninguno contestó.
—¿No habrás sido tú, verdad Uxos Zolian? ¿O quizás tú, Loras Mupio? —dijo, desplazándose rápidamente hacia su retrato.
Se quedó observando los cuatro retratos durante un buen rato.
Hasta que, empujada por una ira repentina, los descolgó todos y los amontonó bajo su brazo.
Luego subió al último piso de la torre, salió al balcón con los cuadros y, tras depositarlos en el suelo, cogió el primero de ellos y lo sostuvo fuera de la barandilla.
—Fairefol —pronunció.
El óleo no tardó en prenderse, antes de soltar el cuadro para que cayera al vacío mientras era consumido por las llamas. Hizo lo mismo con el resto de retratos.
La mañana de su toma de posesión llegó con el amanecer del día 23 de junio del 715 d.U. No logró dormir en toda la noche. En el techo veía la cara de sus enemigos, que la miraban con expresiones amenazantes y la señalaban con el dedo.
Estaba vistiéndose un elegante traje negro, con hombreras de plata, donde aparecía el escudo del Gobierno, confeccionado expresamente para este día, cuando alguien tocó a la puerta. Chascó la lengua y fue a abrir, valiéndose de la fórmula de apertura.
—Buenos días —saludó la nueva y flamante vicepresidenta del Gobierno.
Ella vestía un traje no muy distinto al de Crispina, aunque menos ostentoso.
—Llegas justo a tiempo —respondió con una sonrisa nerviosa—. Necesito tu ayuda para subir esta maldita cremallera.
Sarah entró en la habitación y cerró la puerta con seriedad.
—Siento mucho tener que decirte esto en un día tan especial, porque lo último que quiero es estropeártelo, pero creo que tiene la suficiente importancia como para que lo sepas —anunció Sarah.
—Venga, suéltalo de una vez —le ordenó con impaciencia.
—Dos herederos, presumiblemente Briana y Jerom Kéitel, dadas sus descripciones físicas, han atacado una casa en un pueblo de la Comarca del Noroeste —hizo una pausa y continuó al no obtener una reacción—, donde mataron a su dueño.
Según su esposa, se llevaron un libro con las páginas en blanco que su marido encontró hace un par de meses, dentro de una mochila perdida en un extenso pinar, muy cerca del pueblo.
—Era solo cuestión de tiempo que esos dos volvieran a aparecer —opinó Crispina sin alterarse demasiado—. ¿La noticia ha llegado a los medios de comunicación?
—No. Todavía no —aseguró Sarah.
—Entonces encárgate de que siga siendo así, al menos hasta después de la ceremonia. No quiero que nada ni nadie solape mi toma de posesión.
—No te preocupes, ya lo he hecho —respondió con suficiencia.
Crispina esbozó una sonrisa de satisfacción y se colocó delante del espejo, teniendo a Sarah detrás, intentando subirle la cremallera en la parte posterior del vestido.
Algo que no tardó en conseguir mediante un leve tirón en el que sus dedos rozaron la espalda desnuda, provocándole un pequeño escalofrío.
—Míranos —comentó Sarah, observándose en el espejo—. ¿Quién nos lo iba a decir cuando empezábamos a estudiar periodismo? Presidenta y vicepresidenta del Gobierno.
—Las cosas a veces llegan sin esperarlo —opinó Crispina con menos entusiasmo.
Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación. Acto seguido, abrió Gustavo Zorien.
—Estamos listos para escoltar su trayecto hasta el Salón de Conferencias —anunció con excesiva deferencia en su tono de voz.
—De acuerdo —respondió la presidenta sin darse la vuelta.
Él asintió y se fue.
—Imagino que fue duro comunicárselo —comentó Sarah—. Supongo que se lo tomó mal.
—Apenas tengo relación con él —respondió con frialdad—. Se enteró de mi decisión cuando todos los demás, en la reunión del Consejo.
—Aun así, sé que te ha costado hacerlo —hizo una pausa—.
Has apartado de tu lado a alguien que te ama.
Y lo has hecho porque crees que es lo mejor para la sociedad.
Aunque no te sirva de consuelo, sacrificios así te hacen destacar como una gran presidenta —añadió al notar que su semblante seguía inmutable.
—La verdad es que no me sirve —admitió Crispina, mirando a Sarah a través de su reflejo en el espejo.
—Se me da bastante mal consolar —dijo la vicepresidenta, y sonrió.
—No es una de tus mayores virtudes.
Las dos se quedaron calladas durante casi un minuto.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Sarah—. No te preocupes, es normal sentir nervios ante el día más especial de tu vida.
—Lo que me pone nerviosa es que, cuando estoy sola, siento que pierdo la razón —respondió.
—Pero no estás sola —señaló Sarah con efusividad—. Yo estoy a tu lado.
—Gustavo me ama y lo he apartado. Todos los que me han amado se han alejado de una u otra forma de mí. Mis padres, mi hermana, mi sobrino Andris —dijo al borde de las lágrimas—. Y ahora, Gustavo.
—Él no es el único que te ama.
La presidenta se volvió hacia Sarah.
—¿Lo dices para intentar consolarme? —preguntó como si de pronto fuera una niña.
—Me avergüenza decir esto, pero… —Sarah hizo una pausa, desviando la vista hacia el suelo—. Te amo, Crispina Streif, desde hace mucho.
La presidenta le tomó el mentón con suavidad, giró su rostro hacia el suyo y se lanzó a sus labios de forma impulsiva.
—No me dejes sola, Sarah —suplicó en un susurro, con los ojos cerrados a milímetros de su cara—. Prométeme que serás leal.
—Nunca dejaré de amarte —aseguró—. Y mi lealtad hacia ti será eterna.
Entonces volvieron a besarse.
—Tal vez sea una locura lo que voy a pedirte, pero… —Sarah se arrodilló delante de la presidenta, tomándola de las manos—. Crispina Streif, ¿quieres casarte conmigo?
A las doce del mediodía, la presidenta se encontraba frente a la nueva puerta de doble hoja de acceso principal al Salón de Conferencias, situada en la Gran Escalinata.
La Escolta Presidencial, con sus también cuatro nuevos miembros vestidos de blanco impoluto, la acompañaba.
Crispina se afanaba para no tener que cruzar la mirada con Gustavo, lo que resultaba complicado, pues estaban demasiado cerca.