El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 27 Todo se aclara #2
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Chapter 27 Todo se aclara #2

Entonces, Gustavo intervino.

—¡Vamos! —exclamó—. ¿No irán a creerse ahora el relato de este hombre? Es un viejo senil. Igual que Syliana Meistre.

—Todo encaja —opinó Dayana—. Su versión y la de las dos reclutas son conexas.

—¡Venga, Cleyton! No me digas que tú también te lo crees —profirió Gustavo—. ¿Nukternozes que surgen en las paredes y secuestran reclutas?

—La prueba más contundente es que han encontrado a Eizan Maguair —replicó ella.

—Es absurdo. Cleyton, por favor.

La mueca de estupefacción no se borraba del rostro de Gustavo.

—Creo que esta conversación debe continuar en un ámbito más privado —opinó Dayana, tras un suspiro cargado de impaciencia.

—Estoy de acuerdo —asintió Gúlfrica.

Todos miraron entonces al Lord Maestre, que sin embargo no dijo nada; tan solo se marchó. Los Maestres Jefes y la capitana de los cuero negro lo siguieron.

—¿Y nosotras qué? —cuestionó Michelle, pero no obtuvo respuesta.

Horas más tarde, y sin que nadie les explicara por qué, un cuero negro abrió la celda donde estaban recluidas.

—Sois libres —anunció, empleando un tono neutro—. Tenéis que uniros al resto de vuestros compañeros de comarca.

Salieron de la celda, observando con recelo al hombre que acababa de liberarlas.

—Pero antes —añadió el cuero negro, deteniéndolas—. Recluta Nédelen, tienes que abrir la celda del señor Jeidal.

—¿Señor? —protestó Michelle con descaro—. Más bien querrá decir asesino.

El cuero negro la miró con frialdad.

—Hazlo y punto.

—No pienso liberar a ese asesino.

—Si no lo haces, volverás a ser encerrada.

—Vamos, abre la maldita puerta —intervino Xalara—. Quiero irme de este sitio.

—¿En serio? Ese tío ha intentado matarte —replicó, señalando con incredulidad su celda.

—Pero no lo hizo. Ya se encargarán de él —apuntó Xalara, aunque en realidad sospechaba que no sería así.

Con mucha desgana, finalmente Michelle accedió y se acercó a la celda.

—Dunoxdita —pronunció.

El cuero negro empujó la puerta para comprobarlo, pero antes de que Desvon saliera, levantó una mano para detenerlo.

—Todavía no —le ordenó.

Luego se giró hacia las reclutas.

—Volved junto a vuestros compañeros como os he dicho. Ahora mismo están comiendo. Si os dais prisa aún podéis llegar a tiempo.

Como cabía esperar, cuando entraron en el comedor, todas las miradas se clavaron en ellas.

Xalara dudó de si en verdad alguien sabría lo que había pasado, pero escuchando antes a los maestres y especialmente a Gustavo Zorien, suponía que la versión oficial es que estaban encerradas en el calabozo por haber escapado del turno de limpieza.

Lo que avivaría aún más el odio de sus compañeros.

Al sentarse a la mesa con su ración de comida, tuvieron que volver a sus inicios en Lúgardark, pues quienes estaban cerca, se apartaron para dejarles libre uno de los extremos de la mesa.

Lo más sorprendente fue que Gúlfrica no hiciera ningún comentario jactancioso para burlarse de ellas durante su instrucción, actuando como si no existieran. Obviamente, la decisión de adoptar esa actitud no había salido de ella.

Durante la tarde, la presencia de los cuero negro brillaba por su ausencia. Al parecer habían abandonado la vigilancia; si ya no existía la amenaza, no era necesario su trabajo en Lúgardark.

Resultaba llamativo, al menos para Xalara y Michelle, el hecho de que la rutina continuase con normalidad.

Por la noche, después de pasar la revisión de dormitorios antes de meterse en sus camas, la supervisora se acercó a Xalara.

—Tienes que acompañarme —le dijo en voz baja, aunque Michelle también lo escuchó.

—¿Puedo preguntar el motivo? —cuestionó Xalara.

—No, no puedes —contestó hoscamente, sin ni siquiera mirarla a la cara, como acostumbraba a hacer.

No creía que quisieran deshacerse de ella, pero tampoco podía descartarlo. Por eso le dirigió una última mirada de complicidad a su amiga antes de acompañar a la supervisora.

Salieron al patio y fueron directamente hacia la Torre de los Maestres. Xalara no pudo evitar acordarse de Viggo Estrango y su última imagen arrojándose al vacío.

Accedieron a la torre por la puerta del Lord Maestre, que no estaba bajo la fórmula de cierre, delatando a quién iban a ver.

Una vez dentro, subieron por la escalinata hasta el último rellano.

Xalara estaba convencida de que la presidenta del Gobierno también se encontraría en el interior de ese despacho.

Motivo suficiente para que comenzara a temblar de rabia y que los latidos de su corazón se disparasen.

—Entra —ordenó la supervisora—, te están esperando.

Con un opresivo nudo en el pecho, Xalara agarró el pomo y abrió. Dentro no había nadie, por eso volvió a mirar a la supervisora, que lo único que hizo fue agarrar la puerta para cerrarla desde fuera.

Despacio, Xalara se acercó al escritorio, situado más o menos en el centro de la habitación.

Todo en él estaba ordenado de una forma meticulosa.

Resultaba aún más inquietante no ver a nadie que enfrentarse a una presencia desagradable.

El silencio solo se rompía por el crepitar de la leña en la chimenea y el sonido del movimiento del péndulo en el reloj que estaba sobre ella.

Eso, y las luces encendidas, eran los únicos indicadores de que alguien debía estar dentro.

La puerta de madera situada al fondo del despacho se abrió y surgió una mujer anciana, con el cabello blanco y liso, vestida con el uniforme de su rango en Lúgardark.

—Buenas noches, Xalara.

Ella no contestó enseguida, porque se quedó paralizada al verla.

—Hola —saludó al fin.

—Por tu expresión diría que no esperabas verme —comentó Syliana Meistre con una media sonrisa.

—La verdad es que no —se sinceró la recluta, soltando un leve suspiro de alivio.

—No te culpo, tampoco yo esperaba volver.

—Pero… —murmuró la joven, colmada de preguntas.

—No, Xalara. No tengo que darte explicaciones de por qué he regresado. No olvides quién eres y quién soy yo.

La joven asintió con mansedumbre ante el tono empleado por la anciana.

—Ahora siéntate, por favor —dijo, señalando las tres sillas situadas en el lado opuesto del escritorio.

Recluta y Lady Maestre tomaron asiento.

—Sé que ha sido una experiencia muy traumática, y que esto que te voy a pedir te resultará complicado —comentó Syliana—, pero necesito que me cuentes lo que ocurrió en esa cueva. Con todo lujo de detalles —añadió severamente.

Durante el siguiente cuarto de hora solo habló Xalara.

Relatando lo ocurrido mientras las imágenes se sucedían con viveza dentro de su memoria.

Sin embargo, ocultó varios detalles bastante significativos.

Cuando terminó se sintió desahogada, como si hablar con ella le hubiera quitado un gran peso de encima.

—¿Por qué no me has contado todo? —protestó Syliana con calma, aunque su rostro no mostraba ninguna empatía.

—Perdone, pero no le entiendo —musitó la muchacha.

—¿Quieres hacerme creer que sabías, sin más, que entrar por la alcantarilla de los calabozos te conduciría hasta donde estaba Eizan Maguair secuestrado?

¿Quieres decirme que tú y la recluta Nédelen os guiasteis sin perderos por ese intrincado entramado de túneles sin ningún tipo de ayuda?

¿Me tomas por idiota? ¿Te crees que soy como los demás?

—No, señora —respondió Xalara, con la voz entrecortada.

—Muy bien. Entonces ahora cuéntame lo que no me has dicho.

Sentía que podía confiar en Syliana, así que lo soltó:

—Desde la primera noche en Lúgardark, he sentido una presencia en las paredes. Y fue esa sensación la que me guio por los túneles de allí abajo.

—¿Y cómo es eso posible? —preguntó la anciana, inclinándose sobre el escritorio.

—Unos meses atrás, fui atacada por cinco nukternozes en un bosque de mi pueblo.

—¿Atacada por unos nukternozes?

—Sí —respondió—. Sé que no me cree, pero es la verdad.

—Te creo —afirmó la anciana, y en su tono y expresión Xalara no llegó a detectar duda alguna—. Dices también que Víncel, o lo que quedaba de él, aseguró que Érmul Nórebol lo convirtió en eso.

La chica asintió.

—¿Puedes decirme algo más acerca de esa circunstancia?

—Le he dicho lo que contó él. No sé nada más.

—Tengo la sensación de que aún sigues ocultándome información —reconoció la Lady Maestre, apoyándose por primera vez sobre el respaldo de su silla—. ¿Me equivoco?

—La verdad es que… —Xalara se detuvo, porque le resultaba muy complicado lo que iba a decir—. Yo misma presencié cómo Érmul secuestraba a Víncel.

—¿Lo presenciaste? —preguntó, arqueando las cejas.

—Tengo la capacidad de, en algunas ocasiones, ver el pasado.

Syliana se levantó tan deprisa que asustó a la joven, bordeando el escritorio para colocarse a escasos centímetros de ella.

—¿Me estás diciendo que puedes ver escenas del pasado? —preguntó de manera muy apremiante.

—Sí —respondió con firmeza.

—Así que podrías ser tú —masculló Syliana.

—¿Disculpe? —preguntó Xalara cuando la anciana volvía a separarse de ella, acercándose de forma pensativa a la chimenea y dándole la espalda a la recluta—. ¿Qué ha querido decir con que podría ser yo?

—Quiero que me cuentes qué fue lo que hizo Érmul durante tu visión del pasado.

—Entonces, ¿usted me cree? —preguntó sorprendida, esperando escuchar alguna objeción.

—Cíñete a responder a lo que te pregunto —replicó Syliana con autoridad, pero sin dejar de mirar a la chimenea.

—Érmul Nórebol y Víncel Rétfor llegaron a la gruta. Nórebol conocía aquel sitio y consiguió convencer a Víncel para que lo acompañara. Érmul dijo que Víncel era el candidato perfecto, puesto que nadie lo echaría de menos —reconoció Xalara.

—¿El candidato perfecto para…? —comentó Syliana.

—Para convertirlo en su primer nukternoz —confirmó.

La Lady Maestre se peinó el cabello con las manos.

—Además de a ellos, pude ver antes a Ódalf Numco —reconoció.

Esta vez Syliana se giró hacia ella. Su rostro mostraba vulnerabilidad.

—Él estaba encerrado en la Prisión de Lúgardark, y aquella cueva era su celda —explicó—.

Las paredes estaban repletas de grabados de nukternozes y fórmulas para crearlos.

Y hay un aspecto curioso en todo eso —añadió al ver que no la interrumpía—.

Michelle no podía ver los dibujos ni las inscripciones en las paredes.

Y Víncel tampoco. A diferencia de Érmul y de mí.