El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 27 Todo se aclara
91%

Chapter 27 Todo se aclara

Estaba amaneciendo cuando Xalara abrió los ojos, con la sensación de no haber dormido lo suficiente. Era tal su agotamiento que le dolía cada músculo del cuerpo, y lo único que deseaba era volver a dormirse, para no pensar ni sentir nada.

A pesar del aturdimiento inicial, no tardó en saber dónde estaba y por qué. No era la primera vez que ese techo le daba la bienvenida a un nuevo día.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Aurora Áselfof, que estaba a los pies de la cama, vista por la recluta como una silueta borrosa.

—Eizan —pronunció Xalara, echando un vistazo al resto de camas, buscándolo desesperadamente tras alguno de los biombos—. ¿Está…?

—En un centro de sanación de la capital, junto a su familia —respondió la sanadora.

—Vivo, ¿no? —cuestionó con la voz temblorosa por el miedo a la respuesta.

—Sí —confirmó Aurora—, pero no voy a engañarte, su estado es muy grave y tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir.

Una lágrima cargada de frustración recorrió la mejilla de Xalara hasta perderse en la funda de almohada.

—¿Y Michelle?

—Eso es mejor que te lo digan otras personas, no me corresponde a mí hacerlo —contestó de forma enigmática, disparando por las nubes el nivel de nerviosismo de la recluta—. Lo siento, pero tengo que avisar de que has despertado.

A buen paso, Aurora salió del centro de sanación.

Luego no volvió ella, sino un par de cuero negro con unas esposas enguantadas, listas para ser utilizadas de forma inmediata.

—Recluta Verdreven —habló uno de ellos con frialdad—, tienes que acompañarnos.

Haciéndolo concienzudamente despacio, Xalara se puso en pie, percatándose de que llevaba puesto un uniforme distinto al que tenía en la gruta.

Por un momento creyó que iba a caerse, porque su dolorida cabeza parecía una balanza incapaz de nivelar sus propios pesos.

Sin pedírselo formalmente, uno de los cuero negro agarró sus manos y le colocó las esposas enguantadas de forma violenta.

—¿A dónde me llevan? —preguntó, esforzándose para mantener el equilibrio y la mente despierta.

Sin embargo, no obtuvo respuesta.

Casi a empujones, la sacaron del centro de sanación.

En la puerta estaba Aurora, esperando a que se fueran, evitando ser testigo de la escena. Xalara le dirigió una mirada cargada de preguntas, pero la sanadora eludió cualquier gesto. Estaba claro que no quería que se sospechara sobre ningún tipo de vinculación con ella.

Xalara no se sorprendió al ser conducida hacia los calabozos.

—¡No pienso abrir esa celda! ¡Es un asesino!

Al bajar las escaleras, la estridente y atropellada voz de Michelle alcanzó los oídos de Xalara, y no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

—¡Xalara! —gritó su amiga nada más verla—. ¿Estás bien?

Quiso responderle de forma afirmativa, pero no la dejaron hacerlo, dado que abrieron la celda donde estaba Michelle y la empujaron dentro. Ella también estaba esposada de la misma forma, pero eso no evitó que la abrazara, aunque fuera de una manera diferente a la habitual.

Cerraron la celda mediante arlasofía, y los cinco cuero negro que custodiaban el pasillo de los calabozos se quedaron en silencio.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Xalara, aunque parecía obvio.

—Nos acusan de habernos saltado el turno de limpieza —respondió su amiga, indignada—.

¡Ya ves! Después de haber salvado posiblemente a todo Lúgardark descubriendo el misterio de las desapariciones, nos encierran en una celda, acusadas de habernos escaqueado de un simple turno de limpieza.

¡Nos tratan como a delincuentes, cuando en realidad somos unas heroínas!

Michelle hablaba demasiado alto, dirigiéndose más a quienes escuchaban desde fuera que a su amiga.

—¡El único delincuente que hay en estos calabozos es el guardián! —insistió.

Es cierto, Xalara se había olvidado de ese hombre a pesar de todo.

—¿Sigue aquí? —preguntó.

—Por supuesto —respondió su amiga—. No pienso abrir su celda hasta que sea para que lo arresten por intento de asesinato.

—Me temo que eso no va a pasar —lamentó Xalara, justo antes de que se escuchara el sonido de muchos pasos bajando las escaleras que conducían hacia los calabozos.

Frente a la celda donde estaban las reclutas, se apostaron los Maestres Jefes de Lúgardark. Al menos los cuatro que seguían vivos, además del Lord Maestre en funciones Gustavo Zorien. También estaba la capitana de los cuero negro, quien fue la primera en intervenir.

—Bien —dijo—. Quiero que narréis con todo lujo de detalles lo ocurrido esta pasada noche.

Las jóvenes se miraron, consultándose quién iba a hablar o si debían hacerlo.

Al final hablaron las dos, contando cómo se escaparon de la biblioteca durante el turno de limpieza, para después ser perseguidas por el guardián y finalmente cogidas por él.

—Ese asesino quiso matar a Xalara —apuntó Michelle con rabia, y el gesto del Lord Maestre en funciones se transformó en una máscara de furia—. De no haber sido porque aparecí en el último momento, ella ahora estaría muerta.

Xalara estaba agradecida de que su amiga no hubiera nombrado a la presidenta, aunque quizá no escuchó el último comentario en la boca de Desvon antes de proceder a asesinarla.

—¿En serio pretendes hacernos creer que tú salvaste a alguien de ser asesinada? —intervino la maestre de combate con un tono de voz ufano.

Michelle se quedó azorada, sin saber qué responder. Gúlfrica Estéinar le infundía terror y no podía evitarlo.

—Esto es absurdo —opinó Gustavo—. Estamos aquí escuchando las mentiras de una asesina matapresidentes y su secuaz. Su relato no debería tener ningún tipo de validez.

—Aun así quiero escucharlas —dijo Dayana Cleyton, sublevándose.

El Lord Maestre rechinó los dientes, pero no contestó a la réplica.

A continuación, aunque casi solo habló Michelle, les narraron cómo accedieron a la gruta, ocultando por supuesto el hecho de que Xalara podía sentir presencias.

Y cómo encontraron a Eizan allí dentro, para después luchar contra un medio nukternoz que en realidad era Víncel Rétfor o lo que quedaba de él.

También contaron que les confesó que era el culpable de las desapariciones y el motivo por el que lo hizo.

Y que Érmul Nórebol fue quien lo transformó en esa criatura cuando estaban realizando la EDMO.

—¿De verdad vamos a dar crédito a las palabras de estas dos locas? —protestó nuevamente Gustavo—. Se lo están inventando todo para salir airosas de este embrollo. Deberíamos…

—Creo que dicen la verdad —terció Aldo, acaparando la atención de todos los presentes—. Al menos en lo referente al nukternoz, Érmul Nórebol y Víncel Rétfor.

Xalara y Michelle se miraron sorprendidas. Ni en la más retorcida de sus cábalas se habrían imaginado una intervención así. Lo mismo parecía sucederle al resto.

—¿Por qué dice eso, señor Rénir? —preguntó Dayana Cleyton, esforzándose por mantener una actitud profesional.

—Verán —dijo el maestre, fijando la vista en un rincón exento de rostros—, todo esto empezó durante mi anterior periodo como maestre de historia. Yo di clase a los reclutas Nórebol y Rétfor.

El corazón de Xalara bombeaba a más velocidad con cada nueva palabra del maestre.

—Érmul era el recluta más destacado de su promoción.

Un chico aparentemente afable que siempre mostraba interés en mis clases, algo poco habitual.

Seguramente por eso me dejé embelesar y no fui capaz de ver a quién tenía delante en realidad —hizo una pausa para tragar saliva—.

Un día, tras una de mis clases, Nórebol se rezagó del resto de sus compañeros. Dijo que necesitaba preguntarme algo.

—¿Qué pregunta fue esa? —inquirió la capitana de los cuero negro, viendo que al maestre le costaba continuar por el peso emocional de su relato.

—Me preguntó si conocía el significado, o si había escuchado alguna vez las palabras speiktram y nukternoz —soltó de forma muy rápida.

—Y ¿qué le respondió? —insistió Dayana.

—Al principio me vi sorprendido, parecía imposible que un muchacho de su edad conociera dos palabras que llevaban siglos en desuso —admitió—.

Entonces le interrogué por ello. Él aseguró que las leyó en un libro muy antiguo que su abuelo guardaba en la biblioteca de la mansión familiar.

Yo estaba tan satisfecho de que un recluta me preguntase algo relacionado con la historia, que acabé contándole todo lo que sabía.

Aunque lo mejor para ello, era entregarle un libro escrito por mí mismo, en el que hablaba sobre muchas curiosidades de la historia de Las Cinco Comarcas, entre ellas la del posible origen de los nukternozes —los oyentes cambiaron el gesto—.

Más tarde, Víncel Rétfor desapareció sin dejar rastro.

Nunca creí que mi ayuda hubiese tenido algún tipo de responsabilidad en su desaparición.

—¿Y cómo sabe entonces que sí fue clave aquella información que le proporcionó a Érmul Nórebol? —preguntó nuevamente Dayana.

—Porque… —Aldo parecía al borde de las lágrimas—. Porque durante la primera noche que pasé en este nuevo periodo en Lúgardark, cuando estaba en la cama, un rostro fantasmagórico surgió en la pared de mi dormitorio.

—¿Qué tonterías dice? —protestó Gustavo Zorien.

—Por favor —solicitó Dayana—, dejémosle terminar su relato. Ya habrá tiempo para opiniones y sugerencias. Continúe, por favor.

—Como les contaba, un rostro fantasmagórico surgió en la pared y… me habló.

—¿Qué le dijo? —inquirió Dayana.

—No hacía falta que lo confirmase, los pocos rasgos humanos que aún conservaba eran irrefutables, sin duda se trataba de Víncel Rétfor.

Todos en los calabozos, salvo las dos reclutas, contuvieron el aliento. Ahogando, en algunos casos, una exclamación de estremecimiento.

—Me culpó de su desgracia —continuó Aldo—.

Al principio me obligué a pensar que se trataba de un efecto secundario producto de una mala digestión, pero ahora sé que fue cierto —hizo una pausa, más dramática que ninguna de las anteriores debido a la expresión de su rostro—.

Como también sé que tengo una gran cuota de responsabilidad en todo el sufrimiento que el Lórdezeit causó más adelante.

Dicho esto, el maestre rompió a llorar como un niño pequeño. Aunque, en realidad, fue como si de golpe hubiera envejecido diez años.

Xalara no pudo evitar sentir lástima por él.