Chapter 26 Las paredes de keltren #2
Pero era demasiado rápido y empujó a Xalara por detrás, haciendo que rodara por el suelo y la espada cayera de su mano.
—¡¡Xalara!!
—¡Vete! ¡Iros de aquí! —gritó ella, aun sabiendo que no podía escucharla, antes de que el medio nukternoz volviera a la carga, golpeándola en la boca del estómago, lo que hizo que la chica se arquease hacia atrás.
Esa criatura era dueña de una fuerza inhumana.
Sin tiempo de asimilar el golpe, recibió otro en la cara. Este le produjo tanto dolor como si le hubieran partido el cráneo por la mitad, llenando su boca del amargo sabor de la sangre.
Estaba a merced de la criatura y sin opción de intentar atraer hacia ella la espada llameante, la única posibilidad de contrarrestarlo.
Un instante después, el medio nukternoz volvió al ataque. Esta vez agarrando a Xalara por el cuello, quien fue consciente de cómo sus pies se despegaban del suelo cuando esa criatura la empujaba contra la pared, ahorcándola con su mano congelada.
Xalara trató de hallar una solución; pero su mente estaba en blanco.
Solo sentía cómo las fuerzas abandonaban su cuerpo.
Sin embargo, su vista, nublada y con lucecitas, se fijó en Michelle, que había logrado llevar a Eizan hasta la orilla del acuífero y ahora caminaba hacia la batalla con su brazo derecho estirado hacia una parte del suelo.
Xalara quiso gritarle para que se fueran, pero ni siquiera le quedaba un hilo de voz para hacerlo.
Vio cómo la espada envuelta en llamas volaba desde el suelo hasta la mano de Michelle. Y antes de que su vista se apagara, sacó fuerzas para mover sus labios y decir sin voz: “hazlo”.
Todo se fundió a negro, para volver a encenderse con un color y luminosidad anaranjada que danzaba delante de ella.
El medio nukternoz estaba envuelto en llamas, cimbreándose mientras daba alaridos y espantos de dolor. Xalara pudo ver cómo extendía una mano desesperada para alcanzarla, pero ella se separó lo suficiente para que no lo consiguiera.
No obstante, con ese movimiento, el medio nukternoz tomó contacto con la pared de la cueva. Enseguida, el fuego que envolvía a la criatura se fusionó con el keltren, formando una llama gigante que no dejaba de crecer.
Xalara echó a correr hacia el acuífero, donde Michelle y Eizan desaparecieron bajo el agua.
Lo hizo todo lo deprisa que le permitían sus piernas, pero el agua salvadora parecía más distante con cada metro que avanzaba, al mismo tiempo que la cueva se convertía en un anillo de fuego que estrechaba el cerco sobre la chica.
Finalmente, cuando el insoportable calor de las llamas iba a atraparla, pegó un salto y se zambulló en la fría agua, escapando de una muerte segura. Sumergida, pudo ver cómo las llamas devoraban la gruta, con un resplandor tan intenso que la obligó a cerrar los ojos.
Las paredes de keltren ardieron y se apagaron con la misma rapidez. Xalara, con mucha dificultad, pues seguía siendo una pésima nadadora, logró ascender a la superficie para coger aire, donde no se veía absolutamente nada y la gélida temperatura del agua amenazaba con paralizarla.
—¡Michelle! —gritó con una voz temblorosa y entrecortada.
—¡Estoy aquí! —respondió ella.
Xalara giró su cuello hacia la fuente del sonido. Aunque al principio solo vio oscuridad, una mano se iluminó, mostrando la ubicación de su amiga.
—¡¿E-está Eizan co-contigo?!
—¡Sí!
—¡P-ponlo a salvo!
—¡¿Y tú?! ¡¿Estás bien?!
—¡N-no t-te preocupes p-por mí!
Desde la distancia, pudo ver cómo Michelle nadaba hasta la orilla, arrastrando con una mano el cuerpo inerte de Eizan mientras se alejaban y la oscuridad se adueñaba nuevamente del escenario.
—V-volter —pronunció Xalara, sacando una temblorosa mano del agua—. Vo-volter.
Era inútil; apenas le quedaba voz y sus dedos estaban paralizados.
—Vuelve —masculló unos segundos después—. Michelle. Vuelve.
Empezaba a notar cómo su cuerpo inactivo e insensible se sumergía en el acuífero sin poder hacer nada para evitarlo.
—«Aguanta, Michelle va a venir» —pensó, intentando buscar ánimos donde no existían.
Pasado un indeterminado lapso de tiempo, perdió las esperanzas, dado que no veía ni oía nada.
Solo pensaba en aguantar un poco más en la superficie, para que el frío terminara provocándole la pérdida de conocimiento, evitando así la agonía de morir ahogada.
Ni siquiera pensar en Víliam y su sacrificio evitó que cerrara los ojos, rindiéndose ante la muerte.
Xalara se sumergió en el acuífero, con su cuerpo y su mente casi inactivos.
Apenas sentía cómo el agua penetraba en su garganta anegándole los pulmones.
Sus brazos, inertes, flotaban hacia la superficie como si fuera un último resquicio de voluntad.
Enseguida comenzó a convulsionar, justo cuando un resplandor surgió por encima del agua y unas manos aferraron las suyas, a la vez que su vista y su consciencia se extinguieron.
Una brisa helada y nocturna penetraba por la ventana entreabierta de su dormitorio en Yadarme, mientras leía un libro con las páginas negras y las ininteligibles letras en blanco.
En realidad, todo se veía en blanco y negro, incluido su propio cuerpo.
Pero no solo eso, sino que además todo parecía podrido, y una especie de ceniza caía como copos de nieve.
—No me esperaba esto de ti —dijo una voz a su derecha.
Víliam se encontraba sentado en la cama, mirando a Xalara con un gesto de decepción tremendo. Su rostro, además, estaba parcialmente putrefacto.
—No me sacrifiqué para que ahora te rindieras —le recriminó.
—He hecho todo lo que he podido —dijo Xalara, comenzando a llorar.
—¡No lo has intentado lo suficiente! —tronó Víliam, poniéndose en pie de un salto—. ¿Por qué te has rendido tan fácilmente?
—Lo siento mucho —respondió ella, hundiendo entre las manos su cara cubierta de lágrimas—. Yo no quería rendirme, pero…
—Con eso no me basta —replicó el muchacho—. Yo morí para que tú vivieras, no es justo.
—Claro que no es justo —asintió la chica—. Estoy muerta, ¿verdad?
Fue entonces cuando, instintivamente, se llevó la mano a la garganta y confirmó que no tenía pulso.
—¿Tú qué crees? —contestó él, llorando también.
—Al menos volvemos a estar juntos —murmuró Xalara, buscando argumentos para llenar de luz su frío corazón.
—¿Crees que eso es consuelo? ¡Mira a tu alrededor! —insistió Víliam—. ¿Crees que tu arrepentimiento o necesidad de estar junto a mí, cambia en algo nuestra situación?
—No lo sé —negó Xalara.
—Eres una mediocre, Xalara Verdreven. Una maldita tercera clase y matapresidentes. Estar muerta es lo que mereces.
Ella levantó entonces el rostro hacia el chico.
—Tú no eres Víliam —dijo, poniéndose en pie para encararlo—. ¡¡Él jamás me diría eso!! —chilló con tanta fuerza que, tanto Víliam como toda la habitación desaparecieron.
Estaba flotando en medio de la nada. Sus sentidos habían desaparecido. Solo notaba unos fuertes golpes en el pecho.
Eso cambió poco después, cuando empezó a oír su nombre.
Aunque los golpes también se volvieron más dolorosos.
Luego Xalara sintió que su cuerpo se vaciaba, justo cuando sus ojos volvieron a percibir una claridad.
Michelle estaba a su lado, levantándole la cabeza mientras Xalara escupía bocanadas de agua sobre el suelo rocoso.
—Has vuelto —dijo, casi tan jadeante como la propia Xalara—. Creí que te había perdido —admitió, dejándose caer hacia atrás para tumbarse a su lado.
—Yo también lo creía —masculló Xalara, alegrándose más que nunca por volver a ver a su amiga—. Gracias.
—No hace falta que me las des —contestó Michelle—. Mira tú por dónde, que las aburridas clases de sanación y primeros auxilios han servido para algo —añadió con una sonrisa.
—¿Y Eizan? —preguntó Xalara, dándose cuenta de repente.
—No lo sé, lo saqué del agua y lo dejé ahí tumbado. No me ha dado tiempo de mirarlo —reconoció con un deje de culpabilidad.
Michelle se puso en pie, y Xalara, incorporándose, observó cómo se acercaba con los dedos iluminados a Eizan, que yacía en el suelo, con los ojos cerrados y los brazos inertes, retorcidos sobre el abdomen; parecía una marioneta sin cuerdas.
Xalara intentó levantarse para verlo desde más cerca, pero sus trémulas y débiles piernas no pudieron sostener el peso de su cuerpo.
—¿Estás bien? —se preocupó Michelle.
Xalara asintió lentamente.
—Pero no puedo dar ni un solo paso —reconoció.
—Tengo que ir a pedir ayuda —sugirió Michelle.
—Tú sola te perderás —argumentó Xalara, dándose cuenta de que ya no existía aquella conexión que antes guiaba sus pasos.
—Te equivocas —dijo su amiga, negando con una sonrisa—. Durante todo el camino fui haciendo pequeñas marcas cada ciertos metros con una piedra. Por si a la vuelta nos perdíamos —agregó con cierta indiferencia.
—Qué inteligente —murmuró Xalara, antes de sucumbir al agotamiento.