El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 26 Las paredes de keltren
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Chapter 26 Las paredes de keltren

—Me ha tocado —dijo Xalara, aterrada tras regresar al presente—. Él me ha tocado.

—¿Quién? —preguntó Michelle, de espaldas a su amiga, con una actitud y postura a la defensiva, empuñando la espada hacia un lugar de la gruta donde el resplandor de su mano no alcanzaba—. Se te han vuelto a velar los ojos.

—Lo sé —afirmó Xalara.

—¿Has tenido una visión del pasado?

—Sí —respondió con recelo.

Luego se remangó el uniforme, comprobando las marcas en sus muñecas.

—Mira —dijo Xalara, mostrando la evidencia.

—¿Quién te ha hecho eso? —preguntó Michelle tras mirar fugazmente hacia atrás.

—Érmul Nórebol —respondió.

—¿Quién?

—El Lórdezeit.

—Eso es imposible —opinó negando.

—Sé que parece una locura, pero es cierto. El Lórdezeit ha estado aquí, durante su EDMO. Y trajo a Víncel Rétfor para convertirlo. Lo he visto.

—¿Para convertirlo? —se sorprendió Michelle—. Mira, es igual, creo que ahora mismo tenemos problemas más importantes.

—¿Qué ocurre? —cuestionó Xalara, realizando el esfuerzo de ponerse de pie—. ¿Por qué apuntas la espada hacia allí?

—Porque creo que hay algo.

—¿Algo? ¿Cómo qué? —preguntó, temiendo la respuesta.

—No lo sé —respondió con impaciencia.

—Volter —pronunció Xalara para volver su mano luminosa.

Juntas, se acercaron despacio hacia el lugar donde Michelle estaba convencida de que había algo. Cuando iluminaron esa zona, lo que vieron las dejó sin aliento.

—¡Eizan! —gritaron al mismo tiempo, compartiendo la expresión de horror.

El recluta desaparecido yacía tendido boca arriba en el suelo.

Si respiraba, no se notaba; su cuerpo estaba inerte.

Tenía los brazos y piernas rotos, retorcidos grotescamente en las articulaciones.

Y por si eso no fuera lo suficientemente macabro, por debajo de sus ojos corrían hilos de sangre que llegaban hasta su barbilla.

Esquivando el tremendo impacto inicial, Xalara se acercó a Eizan, incorporándolo para apoyarlo sobre su pierna arrodillada, sujetándole la cabeza para que no se le cayera hacia atrás. Michelle contemplaba la escena de pie, presa del llanto.

—Eizan, despierta —solicitó Xalara en voz baja y con pocas esperanzas, ya que su pulso era indetectable—. Vamos, Eizan, ya estamos aquí. Venga, que vamos a sacarte.

—Está muerto —confirmó Michelle entre impotentes sollozos—. ¿Es que no lo ves? Tiene el cuerpo destrozado.

La afirmación de la evidencia provocó que Xalara derramara sus cálidas lágrimas sobre el rostro de Eizan. Al que enseguida le temblaron los párpados.

—Tengo mucho frío —murmuró el muchacho, con los ojos cerrados.

—¿Eizan? —preguntó Xalara, sintiendo un alivio indescriptible—. ¿Puedes oírme?

—No quiero morir —balbuceó él—. Tengo miedo.

—No vas a morir, ¿me oyes? —respondió Xalara, enjugándose las lágrimas con el dorso de su mano—. Vamos a salir de aquí.

Michelle negaba, apretando los labios para evitar que el sonido de su llanto fuera escuchado por Eizan.

El chico abrió los ojos, opacos e inyectados en sangre.

—No puedo verte, Xalara, estoy ciego —lamentó con un hilo de voz—. No siento ninguna parte de mi cuerpo.

—No te preocupes, pronto te recuperarás. La sanadora encontrará una solución —dijo Xalara tratando de calmarlo, sintiendo cierta satisfacción al saber que reconocía su voz—. Vamos, Michelle, hay que pedir ayuda.

—No te oigo, Xalara —aseguró ella, muy asustada porque veía los labios de su amiga moverse, pero no lo que decían—. No puedo oírme ni a mí misma. ¿Qué me pasa? No oigo nada —insistió, introduciendo los dedos en los oídos para intentar despejarlos sin éxito.

Sin embargo, esa imagen de su amiga fue lo último que Xalara pudo ver, porque de repente, la luminosidad de sus manos se apagó, siendo además rodeadas por un silencio antinatural.

Xalara miraba a izquierda y derecha, intentando descifrar qué sucedía, pero la oscuridad se le pegó a los ojos como si un velo negro hubiera caído desde el techo de la cueva.

La aterrorizada voz de Michelle rompió el silencio.

—¿Qué pasa? ¡Tampoco puedo volver a activar la fórmula!

—¡No lo sé! —respondió Xalara con sinceridad, aunque seguramente no pudiera escucharla. No obstante, una idea horrible comenzaba a cruzarle la mente.

—¡Hace mucho frío! —gritó Michelle.

Xalara se quedó inmóvil. Un escalofrío recorrió su cuerpo antes de girarse, como si algo la llamara desde atrás.

Momentos después, un ser fantasmagórico que emitía un leve resplandor sin reflejarse en ninguna parte del entorno, emergió desde una de las paredes.

No era exactamente un nukternoz. O tal vez sí.

Más bien parecía un híbrido entre humano y nukternoz.

Lo único indiscutible era que su aspecto resultaba tan nauseabundo como aterrador.

Aún llevaba el uniforme de recluta, aunque hecho jirones.

Su cuerpo apenas era piel tensada sobre unos mínimos huesos, y en la cabeza solo conservaba unos mechones de pelo.

Estaba tuerto, con un ojo intacto, aunque velado.

Un vómito helado recorrió el pecho de Xalara, por lo que tuvo que apartarse para no echarlo sobre Eizan.

—¿Por qué tú? —habló la criatura, haciendo uso de una voz tan rasgada que la convertía en inhumana—. ¿Por qué puedes sentirme y escucharme? ¿Por qué vomitas cuando estoy cerca de ti?

—¿Qué dice, Xalara? ¿Qué dice esa criatura? —preguntó Michelle, arrastrada por la impotencia y el pánico.

—Eres Víncel Rétfor, ¿verdad? —comentó Xalara con toda la calma que pudo reunir—. Supongo que me pasa porque fui atacada por un nukternoz y sobreviví —opinó, comprendiéndolo por primera vez.

—¿Cómo es eso posible? —preguntó la criatura.

—¿Tú mataste a Wined y secuestraste a Eizan? —preguntó ella otra vez, como si estuvieran librando un duelo de preguntas.

—Sí —confirmó la criatura.

—¿Eres Víncel? —insistió.

—Una vez lo fui, hace mucho tiempo —admitió con un deje de tristeza—. Ahora no sé lo que soy.

—¿Por qué haces esto? —protestó Xalara.

—Porque me lo hicieron a mí.

—Eso no justifica que ahora tú se lo hagas a otros.

—¡¡Tampoco fue justo que él me convirtiera en esto!

! —replicó, dando una voz tan penetrante que causó que a Xalara le pitasen los oídos—.

Érmul me torturó durante semanas, intentando convertirme en un nukternoz, pero no lo logró; al menos no del todo.

Y finalmente me abandonó encadenado a esos grilletes para que muriese —hizo una pausa—.

No obstante, pronto descubrí que no necesitaba alimentarme ni beber y, si me concentraba lo suficiente, podía atravesar cualquier elemento, e incluso desplazarme dentro de él.

La muchacha escuchaba con atención. En cierto modo, empatizaba y sentía lástima por él.

—Durante décadas esperé a que alguien volviera a Lúgardark para poder ejecutar mi plan. Buscando una solución para recuperar mi cuerpo y acabar con esta condena. Por eso he secuestrado a esos reclutas, con la esperanza de absorber sus vidas para recuperar la mía.

—Ellos no tienen la culpa de tu condena, solo Érmul es el culpable —insistió Xalara—. Le has arrebatado un hijo a unos padres. Y mira a este pobre chico —añadió con un nudo en la garganta—. Lo has destrozado.

—¡¡Me da igual!! —tronó el medio nukternoz—.

¡¡Todos sois culpables!! Durante toda mi vida fui un incomprendido.

Desde muy pequeño me señalaron y me apartaron por mi físico y mi distinta forma de pensar.

Burlándose de mí y pegándome porque sabían que era débil.

Y si no puedo recuperar mi cuerpo, haré que todos vosotros perdáis el vuestro. Eso. Es. Justicia.

Después se abalanzó sobre Xalara, clavando en sus hombros las pútridas y gélidas manos, antes de comenzar a exhalar una delgada nube negra que se colaba por la boca de la chica.

Sintió cómo algo gélido nacía dentro de su pecho, nublándole la vista mientras se ahogaba.

Un haz de luz pasó por encima de Xalara y Eizan e impactó sobre Víncel, que dio un alarido antes de desaparecer a través del suelo.

—¿Estás bien? —preguntó Michelle acercándose a su amiga después de activar la fórmula que encendió los dedos de su mano—. Creo que vuelvo a oír.

—No deberías haberlo hecho —la reprendió Xalara, tratando de recuperar el aliento a la vez que reposaba el cuerpo de Eizan en el suelo con delicadeza.

—La verdad es que tuve miedo de que el ataque traspasara su cuerpo y fuese a dar contra las paredes de keltren. El fuego lo habría invadido todo rápidamente.

—Eso es —dijo Xalara, cayendo en la cuenta—. El fuego. Dame la espada —le pidió a Michelle mientras se quitaba la chaqueta de su uniforme a pesar del frío que tenía—. Vamos, dámela. No tardará en volver.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó después de entregársela.

—Tenemos que conseguir que esa criatura arda —respondió Xalara, envolviendo su chaqueta en la hoja cilíndrica y sin filo de la espada arlasófica que le habían quitado al guardián.

—Pero… —comentó Michelle.

—Los ataques con la espada causan dolor en él, pero no pueden matarlo. Un nukternoz no puede morir, porque ya está muerto —especificó Xalara—. Solo puede ser destruido, y la única forma de hacerlo es a través del fuego. Lo he leído en alguna parte.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Fairefol —pronunció Xalara, colocando sus dedos índice y pulgar sobre la chaqueta.

En cuestión de segundos, una pequeña llama brotó en el material del uniforme, expulsando un olor horrible a quemado.

—¡Eso es! —vitoreó Michelle.

—Ahora, coge a Eizan y llévatelo de aquí. ¡Deprisa!

—Pero no podemos salvarlo —replicó Michelle, con cara de resignación al observar al chico.

—Sí que podemos —discutió Xalara.

—Yo creo que está muerto. Míralo, por favor.

El chico no emitía ningún signo de vida.

—De la misma forma que tú siempre supiste que yo era inocente —aseguró Xalara—. Simplemente, lo sé.

Michelle esbozó una sonrisa, iluminada por la llama que devoraba lentamente la chaqueta envuelta en la espada.

—De acuerdo —asintió, para luego coger por los hombros a Eizan y arrastrarlo hasta alejarlo de allí.

Víncel, o lo que fuese ahora, surgió desde el techo. Aunque, al ver el fuego en la espada, no se acercó.

—Lo siento —dijo Xalara—. Siento que haya tenido que pasarte esto. Sé que no lo merecías.

El medio nukternoz no dijo nada, sino que volvió a desaparecer, resurgiendo nuevamente desde el suelo.

—¡Detrás de ti! —chilló Michelle.