El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 25 El legado de Lúgardark #3
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Chapter 25 El legado de Lúgardark #3

Sin embargo, no me rendí, y al fin encontré una grieta que daba acceso a una gruta cuyas paredes de roca parecían de cristal; es decir, esta en la que nos encontramos ahora —añadió, desplegando sus brazos a los lados—.

La gruta era un lugar bastante amplio, pero estaba muy oscuro.

Cuando iluminé sus paredes, encontré algo que no esperaba: estaban grabadas con extraños seres fantasmagóricos acompañados de palabras.

Enseguida comprendí que eran fórmulas, pero no entendí su propósito.

Solo distinguí las palabras speiktram y nukternozes; aunque tampoco conocía su significado.

Así que decidí apuntarlas en la libreta que siempre llevo conmigo, con la intención de estudiar su origen.

»Pasé semanas buscando en la biblioteca, en todos y cada uno de los ratos libres que tenía durante los fines de semana, pero no encontré ninguna referencia —dijo con una rabia todavía apreciable en su tono de voz—.

Entonces, llegó un momento que, desesperado por la situación, decidí preguntarle al maestre Aldo Rénir qué significaban aquellas palabras.

Es una eminencia en lo suyo, no creo que exista nadie en Las Cinco Comarcas con más conocimientos históricos que él.

Encantado al ver que por primera vez uno de sus reclutas mostraba interés en la historia, me entregó un libro escrito por él mismo, donde hablaba, entre otras muchas cosas, de cómo crearon a los nukternozes.

—Supuestamente —continuó relatando Érmul—, un hombre llamado Ódalf Numco, que como curiosidad te diré que era descendiente del inventor de las espadas arlasóficas, fue quien creó a los nukternozes hace varios siglos, durante su cautiverio en la Prisión de Lúgardark.

Sin embargo, Aldo no creía en eso, catalogándolo todo como una simple leyenda, pero yo acababa de encontrar lo que tanto ansié.

»Durante una noche de sábado, salí del barracón y me encontré a un chico solo, leyendo un libro a los pies del árbol en el que solía hacerlo —dijo Érmul, provocando que el gesto de Víncel se transformara en una mueca indescriptible—.

Entonces supe que era el candidato perfecto para poner en práctica lo que había aprendido.

Era un recluta solitario, marginado y burlado por la mayoría, por lo tanto, sería menos probable que alguien lo echara de menos.

»Para conseguir que viniera conmigo, le dije que quería ser su amigo, que lamentaba su soledad, que no lo merecía.

Acabé convenciéndole porque yo era el único que lo trató como a un igual desde su llegada a Lúgardark.

Ni siquiera su supuesto colega Viggo lo había hecho.

Así que lo llevé hasta los calabozos y entramos en los túneles, para acabar llegando hasta este preciso momento —concluyó con una sonrisa macabra mientras su penetrante mirada taladraba el rostro de Víncel.

Él retrocedía poco a poco, separándose de Érmul. Este, aunque fingía indiferencia, no lo perdió de vista hasta que pronunció:

—¡Begagxio!

Entonces Víncel se frenó, como si una mano invisible tirara de su uniforme a la altura del pecho y no lo dejara moverse. Érmul se acercó a él, sin llegar a desactivar la fórmula, y le propinó un potente puñetazo en el rostro, lo bastante fuerte como para dejarlo semiinconsciente.

En los siguientes minutos, se dedicó a arrastrarlo hasta los grilletes anclados a la pared.

Xalara contemplaba horrorizada lo que acontecía ante sus ojos, incapaz de moverse del rincón donde estaba. Érmul parecía ajeno a su presencia, y si no era así, lo disimulaba muy bien.

Sin demasiada prisa, la versión adolescente del Lórdezeit caminó hacia un rincón de la cueva, y de una pequeña superficie de agua, tirando de una cuerda, rescató una espada sumergida.

Luego se colocó a unos tres metros de distancia de Víncel, quien, colgando de los grilletes, empezaba a volver en sí.

Con un gesto deliberado, Érmul extrajo un libro del interior de su uniforme y lo dejó abierto en el suelo, en una posición propicia para leer.

—¿Sabes? —dijo—. Tengo miedo de una cosa.

—¿De qué? —preguntó Víncel, que aún no parecía consciente de lo que estaba pasando.

—Temo no odiarte lo suficiente como para ser capaz de convertirte —reconoció.

—¿Qué…?

Xalara tomó la arriesgada decisión de acercarse. Sentía la imperiosa necesidad de observar el contenido del libro que había dejado en el suelo. Con mucha cautela, aunque continuaba siendo ilógico creer que él podía verla, se inclinó para ver la página del libro.

LA CREACIÓN DE UN NUKTERNOZ

(Traducción del arlayino por parte del historiador

Aldo Rénir, del diario de Ódalf Numco titulado

La Arlasofía y su verdadero poder).

Advertencia del traductor: Este extracto no está basado en ninguna evidencia real, por lo tanto, su carácter no es instructivo, sino meramente informativo.

Aquí comienza la traducción del texto:

«Solo aquellos cuyo odio ha echado raíces profundas en su ser, podrán quitar una vida para dársela a un nukternoz».

(Ódalf Numco)

Xalara se vio obligada a dejar de leer, porque el resplandor de la mano de Érmul se extinguió, sumiendo la gruta en la oscuridad.

Acto seguido, unas manos con un tacto muy frío se aferraron a las muñecas de Xalara. No necesitaba luz para saber que Érmul Nórebol la estaba agarrando.