El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 25 El legado de Lúgardark #2
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Chapter 25 El legado de Lúgardark #2

De forma repentina, notó una intensa presencia en el suelo de la cueva. Al mismo tiempo, una fuerte náusea le hizo doblarse por la mitad.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Michelle, asustada, apuntando la luz de su mano hacia Xalara.

—Está aquí —balbuceó.

—¿Quién? ¿Dónde? —cuestionó Michelle, girándose en todas las direcciones.

—Se ha ido —masculló Xalara con sofoco, tras unos segundos de absoluto desconcierto.

Michelle miraba a su compañera como si estuviera loca, pero Xalara no la culpaba; si fuera a la inversa, ella pensaría lo mismo.

—¿Y ahora? —preguntó Michelle—. Ya estamos en el sitio, ¿no? Dijiste que aquí encontraríamos la respuesta de las desapariciones, pero no hay nada; o al menos yo no lo veo —agregó con segundas intenciones, al ver que Xalara volvía a centrarse en el supuesto contenido de las paredes.

—Son nukternozes —dictaminó finalmente.

En cuanto sus manos tocaron la pared de la gruta después de confirmarlo, fue envuelta por esa peculiar sensación de ingravidez.

Bastó un instante para comprender que seguía en la misma gruta.

La única fuente de luz era la proveniente de una esfera luminosa, de un blanco azulado semejante al hielo, que flotaba por encima de la cabeza de un individuo vestido con una túnica raída de color arena.

Xalara se acercó, consciente de que él no podía verla ni sentirla, y contempló a un hombre calvo, con una barba larga y afilada.

Era muy alto y delgado, con unos ojos negros hundidos en sus cuencas de manera antinatural.

Con un cincel rayaba la pared, dibujando un nukternoz o algo que se parecía bastante.

Al lado, la muchacha pudo leer la palabra speiktram y distinguir la silueta básica de una persona empuñando una espada.

Varias figuras superpuestas ilustraban cada instante del movimiento necesario para blandirla.

Algo en la expresión de ese hombre le despertaba escalofríos, como si una obsesión malévola flotara en su mirada.

De pronto se escuchó la fricción de unas bisagras oxidadas. Xalara miró hacia la entrada de la gruta, donde había una puerta con barrotes.

Alguien que parecía ser un guardia a juzgar por su atuendo, entró acompañado de un joven vestido de manera similar al individuo que ya estaba dentro de la cueva. El guardia dijo algo en otro idioma, del cual Xalara solo pudo reconocer la palabra Numco.

«Así se apellidaba el hombre que creó la espada arlasófica —pensó, sorprendida—. Tal vez sea él. O un descendiente suyo».

Confirmó entonces que estaba presenciando una escena ocurrida siglos atrás.

El hombre que grababa en la piedra se giró hacia ellos, con una actitud que desbordaba ansiedad.

Él también habló en otro idioma, pero era evidente que acababa de pronunciar una orden.

Luego se alejó hacia otro rincón de la gruta.

La esfera de luz que flotaba sobre él lo acompañaba en cada uno de sus movimientos.

El guardia acercó al preso hasta el lugar donde se detuvo.

Allí, anclados a las paredes de roca, había unos grilletes donde enseguida encadenaron al preso.

—¿Qué van a hacerme? —preguntó este, aterrado, en el idioma común de Las Cinco Comarcas.

El guardia no solo no respondió, sino que se marchó de la gruta con mucha prisa. El hombre de la túnica empezó a parlotear después de recoger una espada arlasófica oculta tras una roca del suelo.

—¿Qué dice? No le entiendo —comentó el joven prisionero con la voz tomada por el pánico.

El hombre, con un ligero movimiento de su mano libre, alzándola hacia la esfera luminosa, hizo que bajase su intensidad hasta desaparecer en una oscuridad casi total.

—¿Qué pasa? ¿Por qué apaga la luz? —preguntó el prisionero—. No me haga daño, por favor. Se lo suplico.

De repente, un sonido cortando el aire de la gruta zumbó antes de que los lamentos de sufrimiento por parte del prisionero se hiciesen estridentes y desgarradores.

La luz regresó, aunque fuera muy tenue, pero frente a Xalara no había ni rastro de Numco ni del otro. Solo los grilletes, ahora mucho más oxidados, permanecían allí como testigos de lo que un día ocurrió.

Sin embargo, Xalara no estaba en el presente, porque no era su amiga Michelle quien la acompañaba en la gruta, sino dos chicos vestidos con el uniforme de Lúgardark, cruzando el umbral de la cueva ya sin barrotes.

Uno era muy delgaducho, con gafas y el rostro cubierto de acné. Xalara rápidamente lo identificó como Víncel Rétfor. Y quien caminaba a su lado, al parecer de forma amistosa, era Érmul Nórebol, o, lo que es lo mismo, la versión adolescente del Lórdezeit.

Xalara sintió la necesidad de esconderse; tenía miedo de que la mirara. Por eso se pegó a la pared, quedando en la parte oscura donde no alcanzaba la luminosidad de las manos de los reclutas. Aunque, en teoría, los factores del entorno a ella no le afectaban.

—Y aquí es —anunció Érmul con un júbilo nada acorde al aspecto siniestro de su mirada—. Hemos llegado.

Víncel miró a su alrededor con expresión de asombro. Xalara se preguntó si ellos también podían ver los dibujos en las paredes.

—Te dije que podías confiar en mí. Te prometí que iríamos a un sitio genial —insistió Érmul con una sonrisa.

Sus dientes, al contrario de los de Víncel, estaban colocados de una forma perfecta.

—Esta cueva es… asombrosa —respondió, empujando el puente de sus gafas para acomodárselo a la nariz—. Parece hecha de cristal. Nunca imaginé que algo así estuviera dentro de Lúgardark.

—Son increíbles todos esos dibujos, ¿verdad? —preguntó Érmul.

—¿Qué dibujos?

—Ninguno —repuso, disimulando su sorpresa—. Solo era una pregunta estúpida. No te lo tomes a mal —añadió al ver la repentina desconfianza esculpida en el rostro de Víncel.

Después de aclararlo, Érmul le dio una tierna palmada en el hombro. Eso le sacó una leve sonrisa que enseguida ocultó con su mano, seguramente debido al complejo que sufría por el enorme tamaño de sus incisivos centrales.

—Sé que tú, al igual que yo, eres un gran amante de las buenas historias —comentó Érmul, y él asintió—. Por eso voy a contarte una muy especial.

La versión adolescente del Lórdezeit se separó de Víncel.

—¿A que no sabías que Lúgardark, en un principio, fue una prisión sobre cuyas ruinas se construyó el actual centro de formación militar?

Víncel negó en silencio, tan sorprendido por la noticia como lo estaba Xalara, que se había enganchado a la historia con tan solo esa afirmación.

—Pues es cierto —aseguró Érmul—. La Prisión de Lúgardark era la cárcel más importante del Reino de Árlay.

—¿Por qué sabes todo eso? —se atrevió a preguntar Víncel, y Xalara se lo agradeció.

—Claro —dijo—. Querrás detalles, supongo.

Víncel asintió.

—Verás… —comenzó a decir Érmul, utilizando un tono muy seductor—.

Hace unos tres meses, durante una noche de lectura en la biblioteca, encontré un título que me despertó mucho interés: Atlas de Lúgardark.

En él, entre otros datos más actuales, hablaba sobre cómo era el terreno de Lúgardark antes de la construcción del centro de formación militar.

Descubrí que la antigua prisión tenía un complejo de túneles subterráneos donde incluso algunos llegaban a conectar con las Montañas del Norte.

Estos túneles eran utilizados para ubicar a los presos más peligrosos del reino.

Más tarde, con la construcción del centro de formación militar, se reutilizaron como saneamiento del nuevo edificio.

»Desde entonces, esos túneles captaron mi atención por completo. Tras investigar, me di cuenta de que el mejor punto de acceso era a través de la tapa de alcantarilla ubicada en el pasillo de los calabozos.

—Sabiendo todo esto, la verdad es que entrar en los calabozos era una tarea bastante sencilla, siempre que no hubiera nadie recluido, puesto que entonces habría una vigilancia constante.

Sin duda lo más difícil era moverse por Lúgardark durante las noches.

Por eso elegí hacerlo en los fines de semana, cuando tenemos mayor libertad para movernos fuera de hora.

Además, mi buena conducta y grandes resultados frente a los maestres me libraban de cualquier tipo de sospecha.

Y si me encontraban, bastaría con pedir perdón y dar una simple excusa.

»Recorrí varias veces esos túneles —comentó—.

Incluso una vez estuve a punto de perderme, y otra de quedar atrapado en una de sus innumerables y estrechas grietas que no conducen a ningún sitio.

Durante mucho tiempo, solo me topé con roca, agua y algunas ruinas.