El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 25 El legado de Lúgardark
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Chapter 25 El legado de Lúgardark

El descenso resultaba arduo y peligroso, pero hacerlo en medio de una asfixiante oscuridad y con una espada desenvainada en la mano, convertía cada peldaño en una trampa mortal.

No dejó de mirar hacia arriba, donde Michelle se asomaba con el rostro lleno de angustia. Aunque fuera una falsa sensación, verla le transmitía cierta seguridad y compañía.

Por fin, sus pies tocaron suelo firme después de descender más metros de los que imaginaba. Xalara inhaló el olor a moho mientras escuchaba el constante goteo que caía del techo. En esa parte del alcantarillado había más humedad que en la del campanario, probablemente por la cercanía del lago.

—Volter —pronunció, transformando los dedos de su mano izquierda en una fuente de luz.

Con la espada empuñada en la derecha, Xalara dio un giro completo sobre sí misma para estudiar el lugar.

Allí abajo, el suelo estaba resbaladizo; el techo y las paredes lucían negras, y de ellas emanaba la humedad como una lluvia muy débil.

Por delante y por detrás, solo veía oscuridad.

Era imposible guiarse por esos túneles sin un mapa, pero Xalara intuía por dónde tenía que ir, notando su presencia.

Por eso, y aunque sus piernas invitaran a lo contrario, comenzó a dar un paso tras otro en la dirección que consideraba correcta.

Un ruido a su espalda le hizo detenerse, provocando un escalofrío en su nuca, pero no se giró, convencida de que era producto de su alertada imaginación.

—Volter —dijo alguien por detrás.

Entonces Xalara se volvió, a la vez que sacudía su espada para lanzar un haz de luz que terminó estallando en la pared del túnel, provocando que el techo vibrase de una forma amenazante mientras escupía mucha más agua.

—¡Casi me matas! —protestó Michelle, agachada y con los ojos tan abiertos como platos.

—¿Por qué has bajado? —replicó Xalara.

—Pese al riesgo, tú no me dejaste sola aquella noche durante la prueba —explicó Michelle con un tono que no dejaba espacio para réplicas—. Yo no iba a dejarte sola ahora.

—¿Y has pensado que era buena idea aparecer por detrás sin previo aviso?

—Eres demasiado cabezota como para discutir contigo la posibilidad de acompañarte. Así que no me ha quedado más remedio que hacerlo de esta forma —aclaró Michelle sin amilanarse.

—Aún estás a tiempo de arrepentirte; las escaleras están ahí mismo —dijo Xalara con más calma, apuntándolas con su mano resplandeciente.

—A ver si te queda claro —contestó Michelle, acercándose a su amiga—. Si tú corres, yo corro. Si tú saltas, yo salto. Si tú bajas, yo bajo. Tú misma lo dijiste una vez: a las amigas no se las deja atrás.

—Vale —asintió Xalara tras unos segundos de reflexión—, pero harás lo que yo te diga e iremos por dónde yo diga. Sin protestas. ¿De acuerdo?

—Por supuesto.

—E irás siempre detrás de mí —añadió—. Tú no tienes espada.

—¿Y si nos atacan por la espalda? —sugirió Michelle.

—¿En serio? —dijo Xalara con impaciencia—. Venga, ya hemos esperado demasiado. Sígueme.

Comenzaron a moverse por aquel entramado de túneles. Ahora más iluminado gracias a las dos fórmulas volter activadas.

Todo invitaba a no seguir adelante, y aunque parecía un laberinto, Xalara tenía claro por dónde debían ir en cada momento.

Cuanto más avanzaban, más oscuras y erosionadas eran las paredes y el techo, donde grandes protuberancias estrechaban cada vez más el paso. Después comenzaron a chapotear por una fina capa de agua, mientras el aire se volvía más viciado debido a la humedad.

—¿Por qué te detienes? —preguntó Michelle al ver que su amiga frenaba la marcha.

—Tengo mucho frío —admitió Xalara, castañeando los dientes.

—Sí, se está poniendo muy frío aquí abajo —confirmó Michelle, aunque ella no tiritaba.

—Además, creo que voy a vomitar.

Acto seguido, Xalara expulsó, como de costumbre cuando se sentía así, ese líquido blanco.

—¿Estás bien?

—Sí, ya me encuentro un poco mejor —respondió Xalara, aunque no era del todo cierto—. Tenemos que entrar por esa grieta —añadió, señalando una fisura en la pared a su derecha.

—¿Estás segura? —preguntó su amiga.

—Sí —confirmó Xalara.

Al colarse en aquella grieta (en la cual Michelle no habría podido entrar de haber mantenido el físico con el que llegó a Lúgardark), el suelo bajó medio metro, y un agua helada les cubrió por encima de sus rodillas.

—¡Mierda! Qué fría está —protestó Michelle.

Aunque Xalara se sentía igual de irritada por esa molesta circunstancia, ignoró sus quejas.

Las paredes eran tan estrechas ahora, que durante varios tramos tuvieron que caminar completamente de lado para poder avanzar.

El escenario resultaba tan claustrofóbico que daba la sensación de que iban a quedarse atascadas.

Conforme se adentraban en la grieta, el nivel del agua subía a la vez que el suelo bajaba.

A Xalara le dolían tanto las piernas a causa del frío que dudaba si podría seguir moviéndolas en aquellas extremas circunstancias.

—¿Estás segura de que es por aquí? —preguntó de nuevo Michelle, cada vez más asustada—. Esto no parece llevar a ningún sitio.

Esta vez Xalara no respondió. La misma incertidumbre que acuciaba a su amiga la estaba empezando a sentir ella. Aunque en el fondo, seguía convencida de que iban en la dirección correcta: el magnetismo era irresistible.

Cuando estaba a punto de tomar la decisión de dar marcha atrás, a pesar de lo que dijera su instinto, sus pies tomaron contacto con unos escalones esculpidos en el suelo. Aquello no se trataba de una formación natural de la roca.

Peldaño a peldaño, fueron saliendo del agua. Chorreando de cintura para abajo y sacudidas por fuertes temblores, ascendieron hacia una cueva amplia que no parecía formar parte del alcantarillado de Lúgardark.

—Estamos cerca —confirmó Xalara.

—¿Por qué lo sabes?

No contestó.

Xalara desconocía si los temblores de su amiga se debían solo al frío, o a que ella también notaba esa presencia, dado que allí era muy intensa.

Desde un pequeño trozo de roca de apenas tres metros de anchura, las dos reclutas vieron que delante suyo se extendía un acuífero, tan quieto que parecía un espejo enorme.

Era imposible calcular su tamaño exacto, porque con las luces que disponían no se atisbaba la orilla opuesta, en caso de que la hubiera.

Quizá solo fuera una parte del lago que se adentraba en la base del risco sobre el que se asentaba el centro de formación militar.

—Tenemos que seguir adelante —dijo Xalara.

Para hacerlo, tuvieron que adentrarse en el estrecho borde de roca que circundaba el agua. Mientras caminaban, a su izquierda quedaba la rugosa pared de la cueva, y a su derecha, el acuífero donde se reflejaba el resplandor de sus manos sobre una superficie completamente lisa y oscura.

—Xalara, ¿estás segura de que es por aquí? No me gustaría volver a mojarme.

—Estoy segura.

—¿Y si al otro lado no hay nada? —insistió.

—Lo habrá. Estamos muy cerca, lo siento cada vez más.

—¡Ah! —chilló Michelle de repente, dando un salto hacia atrás que la hizo chocar contra la pared. Con el rebote, se inclinó tanto hacia el agua que Xalara tuvo que agarrarla por la espalda para que no cayera, casi perdiendo la espada al hacerlo—. ¿Has visto eso?

—¿El qué? —preguntó alertada.

—Un resplandor blanco bajo el agua.

—Sería la luz que proyectamos nosotras —opinó Xalara, restándole importancia.

—¡Qué va! —negó Michelle ostensiblemente—. Tenía la forma de un cuerpo humano, pero pasó demasiado rápido.

—Creo que estás empezando a imaginar peligros donde no existen —consideró Xalara—. Es lógico, estás muy asustada; igual que yo.

—Lo dice la que siente presencias en las paredes —replicó Michelle con crispación.

—Sigamos —dijo Xalara, poniendo fin a la pequeña discusión.

El silencio poco a poco se iba haciendo más asfixiante, como si la propia cueva absorbiera el sonido de sus pasos.

Tras unos eternos minutos de incertidumbre, divisaron el final del estrecho borde rocoso y, con este, el de la superficie de agua. Tuvieron que dar un pequeño salto para alcanzar el suelo del otro lado.

Llegaron a una gruta mucho más espaciosa que todo lo anterior, con un techo tan alto que el resplandor de sus manos apenas llegaba a rozarlo. Tampoco podían vislumbrar el final de aquel espacio rocoso en el que ahora se encontraban.

Algo en las paredes de la gruta reclamó la atención de Xalara cuando movió su mano resplandeciente hacia ellas. Tuvo que acercarse para corroborar lo que le había parecido desde un principio.

—¿Qué miras? —preguntó Michelle, sorprendida por la actitud de su amiga.

—¿No lo ves? —respondió Xalara, sin entender cómo a ella no le llamaba la atención.

Las paredes de la gruta, de una oscura y vítrea roca, estaban grabadas con decenas de palabras y dibujos, que se volvían de un color casi níveo al rebotar en ellas el resplandor que emitía la mano de Xalara.

—Los dibujos parecen ser… —murmuró, con el ceño extremadamente fruncido mientras los escudriñaba.

—¿Qué se supone que no estoy viendo? —inquirió Michelle, acercándose a la pared donde estaba su amiga—. La roca refleja casi como un espejo, pero… no… Un momento —hizo una pausa con los ojos muy abiertos—. Creo que es keltren.

—¿Keltren? —preguntó Xalara. Aunque en el fondo estaba segura de que no era la primera vez que escuchaba o leía ese nombre—. ¿Es una especie de lenguaje de signos o algo así?

—¿Qué dices? —replicó Michelle, indignada—.

El keltren es el mineral con el que se fabrican los hilos conductores de las espadas arlasóficas.

Es lo que permite el tránsito de nuestra arlasofía para que se manifieste en forma de ataque al salir del brazo —recitó, como leyéndolo directamente de un libro—.

Y es altamente inflamable si se encuentra en grandes proporciones.

—Pero, ¿entonces no ves lo que está grabado? —insistió Xalara.

—¿Grabado? ¿Dónde?

Michelle se acercó todavía más a la pared, pegando su mano resplandeciente a la roca.

—Yo no veo nada —confirmó, entrecerrando los ojos debido a la intensidad del reflejo.

—No es posible, las paredes están repletas —porfió Xalara, confundida.