El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 24 A través de la alcantarilla #3
84%

Chapter 24 A través de la alcantarilla #3

—Pues tendrá que hacerlo —replicó Dayana—. Porque habrá visto lo mismo que nosotros.

—Ya sabe cómo es, no aceptará que hayamos fracasado —insistió él—. Está sometida a mucha presión, y eso la está sobrepasando.

—Seguro que si usted habla con ella… —opinó Dayana—. Al fin y al cabo, entre ustedes existe…

—Cuidado —le advirtió Gustavo, enfureciéndose de repente—. No opine más de la cuenta. No olvide el cargo que ostenta y con quién está hablando.

—Disculpe, señor —asintió—. Solo busco cómo poner solución al problema.

—Vayámonos de aquí —ordenó él—, o esta peste a alcohol barato hará que vuelva a vomitar.

Esperaron más o menos un minuto para salir del armario.

Michelle estaba pálida como la cera, y Xalara tan confusa que no sabría ni decir su nombre si se lo hubiesen preguntado.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Michelle—. Todo esto ha sido para nada. Y además nos hemos escapado del turno de limpieza. Nos va a caer un castigo sin precedentes —lamentó.

Sin ofrecer respuesta, Xalara observó el despacho, buscando algo que arrojase luz a la oscuridad en la que acababan de quedarse tras la muerte de Viggo Estrango.

Entendiendo lo que pretendía, Michelle se unió a las tareas de investigación.

—Aquí hay algo —anunció mientras ojeaba un documento doblado situado en una de las baldas de la estantería—. Parece un plano o algo así.

Xalara se acercó a su amiga para confirmarlo, y lo desplegaron sobre el escritorio.

Estaba muy borroso, pero en la esquina superior derecha del papel pudieron leer la palabra saneamiento.

—¿Y qué nos importa a nosotras por dónde sale la mierda? —se quejó Michelle, arrugando el plano en una bola para después arrojarla a la chimenea.

No se opuso abiertamente a lo que hizo, pero un atisbo de lamento asomó en Xalara al ver cómo ardía el plano en las brasas.

—Tenemos que irnos —dijo—. Es cuestión de tiempo que vuelva alguien.

Salieron al rellano circular con la intención de regresar a la biblioteca. Sin embargo, cuando alcanzaron la escalera, el guardián de Lúgardark venía en el sentido inverso.

—Así que estáis aquí —dijo, mirándolas con una sonrisa triunfante—. Pilladas saliendo del escenario de un suicidio, después de haber huido del turno obligatorio de limpieza durante el toque de queda. Casi nada.

Las dos se miraron y quisieron echar a correr.

—Eh, eh, eh. Ni os mováis —ordenó Desvon, desenvainando su espada para apuntarla hacia ellas—. Es hora de poner fin a vuestra aventura de esta noche. ¿No os parece, chicas?

Xalara percibió una sombra en su particular tono de voz.

—Vamos —les ordenó—. Delante de mí.

Las reclutas comenzaron a descender la escalinata, llevando el arma del guardián a escasos centímetros de su espalda. Xalara notaba cómo temblaban las manos de su amiga. No obstante, las suyas no lo hacían menos.

Aunque lo más probable es que Viggo hubiera caído en el patio trasero, al salir de la Torre de los Maestres, Xalara intentó mirar hacia atrás, pero Desvon no se lo permitió.

—Mirada al frente —dijo él con tono severo.

Sin duda podía confirmar que su actitud no era la misma que conoció durante su encierro en los calabozos.

—He de admitir que esta noche me lo he pasado muy bien con vosotras, pero, como toda buena fiesta, esta también llega a su fin. Tú —dijo señalando a Michelle—. Vuelve a tus tareas de limpieza. Y tú —dijo esta vez en alusión a Xalara—. Vendrás conmigo a los calabozos.

Michelle la miró con lástima.

—Si va ella, yo también.

—Regresa a la biblioteca —respondió Desvon—. Allí te estará esperando la supervisora.

—Yo soy tan culpable como Xalara.

—Michelle, por favor. Vete —dijo su amiga.

—Ya has oído a tu compañera.

—Por favor —suplicó Xalara, y Michelle asintió.

—Andando —ordenó Desvon, clavando la punta de su espada en las lumbares de Xalara.

Guardián y recluta realizaron el trayecto hacia los calabozos, como hicieron semanas atrás después de que ella se sublevara ante una maestre.

—Entra —la empujó Desvon al estar Xalara frente a una celda abierta—. Reconozco que has resultado ser más complicada de lo que esperaba.

La muchacha no entendía muy bien por dónde transitaban ahora sus palabras.

—Ya te tuve una vez aquí dentro a mi merced —continuó—, pero demasiada gente lo sabía como para no levantar sospechas —hizo una pausa—. Luego intenté envenenarte con la comida —admitió sin rodeos—. Con un exclusivo veneno que aparenta una muerte natural. Pero te negaste a comer.

—¿Ha intentado matarme? —interrumpió Xalara; sin saber si esas palabras eran sinceras o solo una estrategia para amedrentarla.

—Esa ha sido mi intención desde el principio —reconoció—. De hecho, estoy en Lúgardark por eso.

—Pero… —Xalara volvió a callarse, porque no supo qué decir.

—Esta noche me has brindado la ocasión perfecta para cumplir mi misión. Hay mucho dinero esperándome, así que no pongas esa cara.

Xalara empezaba a creer que Desvon estuviera hablando en serio; la expresión de su rostro no animaba a lo contrario.

—Voy a matarte de la manera tradicional. Después haré desaparecer tu cuerpo. Es el momento perfecto —dijo, como si se felicitara por haber tenido una excelente idea—. Todos pensarán que has desaparecido, igual que los otros dos. No habrá ninguna sospecha.

—¿Usted tiene algo que ver en las desapariciones? —preguntó Xalara.

—¿Qué? No, claro que no —respondió entre leves carcajadas—. Lo único que me importa eres tú.

—Pero… si me mata…

—Sé lo que estás pensando —terció él—. Crees que tu amiga dirá que yo te llevé a los calabozos. ¿No es así? —sonrió—. Ella no dirá nada, me encargaré de que así sea.

—¿Por qué hace esto?

—Por dinero —respondió tajante—. Se acabaron las explicaciones, y da gracias por ello, te aseguro que la mayoría de mis víctimas no tuvieron ese privilegio.

Desvon Jeidal levantó su espada, listo para cumplir su cometido. Xalara cerró los ojos, consciente de que esta vez había llegado su final.

—La presidenta te envía saludos —comentó él, antes de que se oyera su espada cortando el aire de los calabozos, seguido por la explosión de un haz de luz al impactar contra una superficie.

Acto seguido, se escuchó el sonido de un cuerpo inerte al darse contra el suelo, pero no era el de Xalara, ella seguía ilesa. Abrió los ojos y contempló a Desvon tirado y con su arma a medio metro de separación.

Su ataque impactó en la pared de los calabozos, pero no dentro de la celda que ocupaba Xalara. Ella salió al pasillo y escuchó cómo se acercaba alguien que enseguida la envolvió con sus brazos.

—Ha faltado muy poco —dijo Michelle, jadeando.

Sin embargo, Xalara estaba centrada en la tapa de la alcantarilla. Algo allí reclamaba su atención con un magnetismo irresistible e inmediato, como le ocurrió la última vez que estuvo allí.

—¿Y si el plano de saneamiento que tenía Viggo en su despacho era más importante de lo que pensábamos? —comentó.

—¿Cómo dices? —preguntó Michelle, dando por finalizado el abrazo—. ¿Me estás vacilando? Acabo de salvarte la vida y ¿me saltas con eso?

—Tú no lo entiendes —insistió Xalara, como hipnotizada—. Ahí abajo hay algo muy importante. Lo sé.

—¿Estás segura? Es un alcantarillado.

—No es solo un alcantarillado —insistió, evocando cuando estuvo con Eizan—, es también una red de túneles. Cuyo plano Viggo guardaba en su despacho. No es una casualidad, lo tenía por algo. Todo encaja.

—¿No me vas a preguntar cómo he noqueado a este asesino? —se indignó Michelle, que no acababa de entender el poco interés y agradecimiento que su amiga mostraba hacia lo que seguramente ella consideraba una gran hazaña—. Hemos capturado al culpable de las desapariciones. Se acabó, lo hemos logrado.

—Te equivocas —refutó Xalara con relativa calma—. Él no es el responsable de las desapariciones.

—Iba a matarte —replicó Michelle—. Y dijo que haría desaparecer tu cadáver, igual que los otros dos.

—Él solo quería matarme a mí. Sin duda por orden de la presidenta del Gobierno. No tiene nada que ver con lo de Wined y Eizan —hizo una pausa reflexiva y continuó—. Crispina Streif no se conformó con verme encerrada de por vida, quería matarme, y por eso contrató a ese hombre.

—Vale, supongamos que es verdad —cedió Michelle—. ¿A qué viene ahora la tontería de que debes entrar en una maldita cloaca?

—La atracción que siento hacia esa presencia invisible, es lo mismo que percibo ahora por esa tapa de alcantarilla, o más bien por lo que hay debajo de ella.

Sea lo que sea el culpable de las desapariciones, la clave para descubrirlo está en el antiguo alcantarillado de Lúgardark.

Y por eso Viggo tenía un plano del saneamiento del edificio.

Estoy segura —insistió una vez más—. Por favor, confía en mí.

—No es que no confíe en ti, solo que… —comentó Michelle, pero el siguiente gesto de su amiga provocó que se callara.

Xalara posó las manos sobre sus hombros.

—No solo te agradezco que me hayas salvado hoy la vida, sino por todo lo que has hecho por mí desde el principio —se sinceró—. Pero tengo que entrar en esa alcantarilla, y no necesito tu aprobación, aunque sí me gustaría tenerla.

—Está bien —asintió Michelle—, pero entonces yo voy contigo.

—Esta vez no puedes acompañarme —se negó Xalara con firmeza—. No sé lo que habrá allí abajo, pero seguro que es demasiado peligroso. No voy a dejar que mueras.

Sin articular réplica alguna, Michelle asintió con la cabeza, aunque no parecía demasiado convencida.

—Gracias —dijo Xalara—, pero, antes de nada, metamos a este en una celda.

A continuación, agarraron una pierna cada una de ellas y arrastraron al guardián hacia la celda que había ocupado Xalara, para después bloquear su cerradura mediante la fórmula arlasófica realizada por Michelle.

Xalara recogió la espada del suelo para ir armada.

—Bueno, pues… —dijo Michelle.

—Te veo en un rato —contestó su amiga, con una sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo.

—Estaré esperándote —confirmó Michelle con los ojos brillosos.

Luego, y con alguna dificultad debido a su peso, Xalara levantó la tapa de la alcantarilla, asomándose a un abismo oscuro para bajar por unas escaleras de mano frías, herrumbrosas y totalmente verticales.