Chapter 24 A través de la alcantarilla #2
Xalara estiró el brazo hacia la pared de forma intuitiva, donde enseguida encontró el interruptor.
Las lámparas del techo dieron visibilidad a un sillón situado frente a la chimenea y de espaldas a las chicas, donde un brazo inerte, excepto la mano que aferraba una botella de licor, asomaba por el lado derecho.
—¿Está muerto? —preguntó Michelle con la voz entrecortada.
—No —contestó Xalara—. No lo creo —añadió con más duda—. Si no, ¿cómo iba la botella a sujetarse en su mano?
—Yo no estaría tan segura —insistió Michelle, agarrándose al hombro izquierdo del uniforme de su amiga.
—¿Maestre? ¿Maestre Estrango? —dijo Xalara, con la voz temblorosa—. Queremos hablar con usted.
El brazo, hasta entonces inactivo, se movió de forma brusca, provocando que una pequeña cantidad de licor se derramase por la alfombra. Xalara dio un respingo hacia atrás y empujó a Michelle, consiguiendo con ello cerrar la puerta de golpe, lo que las asustó aún más.
Uno de los dedos de la mano que asía la botella se despegó del vidrio e hizo un gesto para indicarles que se acercaran.
Las dos reclutas se adentraron titubeantes en el despacho. Tuvieron que bordear un escritorio muy desordenado para llegar al lugar donde se encontraba Viggo.
Él permanecía escurrido en el sillón, vestido con su habitual abrigo largo y unos pantalones oscuros con estampado de cuadros.
A su lado había una pequeña mesa de café sobre la que reposaba el gramófono de latón responsable de la música que se escuchaba.
El maestre las observó de soslayo y luego volvió a mirar al frente, como si su presencia no le importara en absoluto.
—Conocemos la historia del recluta desaparecido llamado Víncel Rétfor —soltó Xalara, después de que Michelle le instara a hacerlo dándole golpecitos en el costado—. Y que usted estuvo implicado en la desaparición.
La segunda frase consiguió que Viggo volviera a mirar hacia ellas.
—Supuestamente —especificó Michelle, temiendo una reacción agresiva.
—¿Quién os lo ha contado? —cuestionó él tras unos eternos segundos de silencio.
—Nadie —aclaró Xalara. Aunque no fuera del todo cierto, porque el maestre de historia les había hablado de él—. Lo hemos leído en un libro.
Viggo esbozó una sonrisa siniestra antes de levantarse, tambaleándose al hacerlo, consiguiendo que las chicas retrocedieran un par de pasos.
—¿Y qué se supone que debo hacer? —comentó él—. Podría deshacerme de vosotras ahora que sabéis mi secreto. Los reclutas desaparecen. A nadie le sorprenderá que falten un par de ellas más.
—¿Y si nos vamos? —susurró Michelle al oído de su amiga.
—Ha sido usted, ¿verdad? —replicó Xalara—. Usted asesinó a Wined y secuestró a Eizan.
—Y, según tú, ¿cómo hice para que una pared de roca absorbiera a un recluta y expulsase a otro? ¿Y para quitarle los huesos al cadáver de Wined?
—No lo sé —reconoció la joven—, pero he visto cosas que jamás pensé que vería. Así que ya no me sorprende nada.
—Eso mismo he pensado yo muchas veces —reconoció el maestre, y a continuación hizo una pausa para beber de la botella—. Hasta que siempre aparece algo que te sorprende todavía más.
—No aseguramos que haya sido usted —insistió Michelle—, aunque estamos convencidas de que sabe algo que nos podría ayudar a resolver el caso. Y con ello evitar la muerte de Eizan Maguair.
—¿Evitar, dices? A estas alturas, ese chico ya debe ser un cadáver sin huesos —opinó Viggo sin tapujos.
—¡Basta! —rezongó Xalara—. Díganos todo lo que sabe. Usted se siente culpable por la muerte de Víncel. Lo he visto —se sinceró, desatando una mueca espasmódica en él.
El maestre se mostró compungido de repente, como si no fuera capaz de sujetar las lágrimas en sus ojos.
—Veréis, yo no… —empezó a decir Viggo, pero entonces se calló, clavando la mirada en la puerta, justo cuando se escuchó accionar el pomo—. Begagxio —pronunció, estirando los brazos hacia allí, con las manos muy tensas y abiertas.
Eso hizo que la botella de licor cayera al suelo, rebotando sin llegar a romperse.
—¡Abra! —gritó una mujer desde fuera, mientras la puerta se sacudía al forzarla.
—Escondeos en ese armario —les ordenó Viggo—. Venga, no voy a aguantar mucho más.
Las reclutas se apresuraron a entrar en un armario con puertas más altas que ellas mismas, donde, entre otras cosas, había botellas de licor aún sin descorchar.
En ese momento, Viggo dejó caer sus brazos, desactivando la fórmula arlasófica para que la puerta de sus aposentos se abriera.
La capitana de los cuero negro irrumpió primero en el despacho. Casi a la par lo hizo el nuevo Lord Maestre. Detrás de ellos dos, entraron cinco cuero negro y, después, un camarógrafo de televisión.
Xalara y Michelle lo veían todo a través de los diminutos orificios triangulares situados en las puertas del armario.
—Buenas noches —saludó el maestre, anticipándose a los recién llegados—. ¿En qué puedo ayudarles?
Dayana y Gustavo intercambiaron miradas, como preguntándose quién debía ser el primero en decir algo.
—Viggo Estrango —dijo Dayana, dando un par de pasos hacia adelante—. Está acusado de perpetrar las dos desapariciones sucedidas durante la actual EDMO.
—¿De qué pruebas dispone usted para lanzar tal acusación? —replicó él, mirando más hacia la cámara que a la propia capitana.
—Este no es el momento para decirlo —intervino Gustavo, seguramente al notar que Dayana parecía demasiado incómoda—. Usted tendrá un juicio en el que será acusado y podrá defenderse.
—Un juicio —respondió Viggo, un tanto burlón—. Ya, entiendo.
—Bueno, basta de cháchara. Arrestad al acusado —ordenó Dayana a sus cinco subordinados.
—Esperad —dijo Viggo, levantando la mano para detenerlos—.
No tengo ningún impedimento en acompañarles, y no voy a presentar ninguna resistencia a ser esposado y todo eso.
Pero antes me gustaría confesar mis crímenes aquí y ahora, para que todos puedan conocerlos —explicó tranquilamente—. ¿Me conceden ese beneplácito?
—Adelante —respondió el Lord Maestre en funciones, percibiendo la indecisión de Dayana—. Si quieres confesar tu culpabilidad puedes hacerlo.
—No sé ni por dónde empezar —admitió—. Mis delitos son incontables.
Desde pequeño apuntaba maneras. Sí, ya sé por dónde.
Cuando tenía unos diez años, mi padre me abroncó por haberme escapado del colegio.
Me enfadé tanto con él que, para vengarme, tiré sus zapatos favoritos a la chimenea.
Si me concentro lo suficiente, aún puedo oler aquella peste a cuero chamuscado.
Todos los presentes se miraron con caras de estupefacción.
—Otro de mis grandes crímenes tuvo como protagonista también a mi padre, en su despacho le quité unos documentos muy confidenciales que ponían en entredicho a varios miembros del Gobierno y comencé a tirarlos por la ventana —hizo una pausa—.
No sé cuánto tiempo estuvo el servicio recogiendo papeles, pero, lo mejor de todo, fueron las horas que pasó mi padre volviendo a ordenarlos.
Me encerraron durante casi dos meses en mi habitación después de eso.
Supongo que es el motivo por el cual nunca cierro una puerta.
A pesar del miedo y la tensión evidentes, Xalara debía reconocer que, en cierta forma, estaba disfrutando con el vacile de Viggo.
—En otra ocasión, siendo más mayor, llegué a casa tan borracho que ni siquiera me di cuenta de la paliza que me dio mi padre. Ah, sí, y otra vez…
—Se acabó —protestó Dayana—. Ya te has burlado bastante. ¡Esposadlo!
—Solo una cosa más —apuntó de forma apresurada—. Permitidme cambiar mi gabardina vieja y sucia por un abrigo más nuevo que tengo colgado en la percha del balcón. Soy un maestre de Lúgardark, otorgadme al menos ese derecho —añadió al ver la indecisión en los rostros.
Dayana miró a Gustavo y este asintió.
—Tienes diez segundos para hacerlo —accedió la capitana.
—Me sobran cinco.
El maestre de arlasofía pasó frente al armario donde estaban escondidas las reclutas y les guiñó un ojo antes de salir al balcón.
Sin vacilar, se sentó sobre la barandilla y se dejó caer hacia atrás, arrojándose al vacío con una sonrisa dibujada en el rostro, como si por fin se sintiera liberado.
Aunque aquel acto que acababa de presenciar fuera muy difícil de asumir también para ella, Xalara tuvo que tapar la boca de Michelle para ahogar su grito de horror.
Viggo Estrango se había suicidado delante de todos, incluidos los cientos de miles de personas que seguro lo estaban viendo a través de la televisión en sus casas.
Dayana salió corriendo hacia el balcón mientras Gustavo le hacía gestos desesperados al operador de cámara para que cortara la emisión en directo.
La capitana de los cuero negro se asomó por la barandilla.
—¡Rápido! —gritó a sus subordinados—. ¡Id a confirmar que el cadáver de Estrango se encuentra en el patio!
—¿Qué vamos a hacer ahora? —cuestionó el Lord Maestre cuando Dayana regresó—. Él era la clave para poner fin a todo esto.
—Un hombre acaba de suicidarse delante de nuestras narices. No me pregunte qué debemos hacer ahora —protestó Dayana, que tuvo que sentarse debido al estado de agitación que sufría.
Imperó el silencio en el despacho hasta que uno de los cuero negro que habían bajado regresó.
—¿Y bien? —solicitó su capitana.
—Viggo Estrango ha fallecido —confirmó el informante casi sin aliento—. Su cuerpo se encuentra destrozado sobre el patio. En un estado prácticamente irreconocible.
Al oírlo, el Lord Maestre en funciones vomitó sobre el tablado.
Dentro del armario, Xalara había albergado la estúpida esperanza de que Viggo poseyera algún tipo de habilidad que le permitiera volar, caer despacio, o algo parecido. Dado que si creyeron que él era el causante de las desapariciones…
Un par de lágrimas surgieron a continuación en sus ojos.
Viggo siempre se portó bien con ella, desde que se encontraron en las calles de Bibrébem.
Cuando estaba desorientada, fue quien le prestó la ayuda que necesitaba.
Además, era la única pista que tenían para descubrir el misterio de las desapariciones y encontrar a Eizan antes de que fuera demasiado tarde.
—La presidenta… —comentó Gustavo al irse el cuero negro—. Ella no va a entender lo que ha pasado.