Chapter 24 A través de la alcantarilla
No hizo falta hablarlo para saber lo que iban a hacer. Aunque su cometido se antojaba complicado: escabullirse de sus labores de limpieza en la biblioteca, con la supervisora instructora merodeando y los cuero negro vigilando los pasillos.
Aun así, tenían que intentarlo.
No solo estaba en juego la credibilidad de Xalara, sino también la vida de Eizan. Aunque no podían asegurar que siguiera vivo, debían agotar todos los medios para salvarlo.
Primero, se apresuraron a devolver los libros del Archivo a su correspondiente estante para no levantar sospechas.
Luego, caminaron con naturalidad hacia la salida, llevando consigo las herramientas de limpieza para disimular.
Sin embargo, los otros tres compañeros estaban demasiado concentrados en sus labores y lejos de la puerta, lo suficiente como para salir de la biblioteca sin ser vistas.
En el pasillo, se ocultaron tras uno de los numerosos salientes de la pared, donde, además de dejar las herramientas de limpieza, tantearon el terreno antes de aventurarse hacia él.
Sin perder más tiempo avanzaron con rapidez, pero sin correr; no querían que el eco de sus apresurados pasos reverberase en todo el pasillo delatando su escape.
Al llegar a la escalera, tuvieron que detenerse en seco: alguien subía.
—Hay que esconderse —susurró Xalara, impidiendo con su brazo el avance de su amiga.
En esa parte final del pasillo no había salientes, por lo que tuvieron que echar mano a varios pomos hasta que uno de ellos abrió. Fue tan al límite, que no tuvieron tiempo de arriesgarse a cerrar la puerta.
Esa circunstancia llamó la atención de la supervisora: una mujer regordeta con unas gafas colgando de un cordón en su cuello, que entró en la habitación y accionó el interruptor.
Las dos reclutas se encontraban detrás de la puerta, por lo que su vistazo no llegó a alcanzarlas.
Por suerte pareció quedar satisfecha con su pequeña exploración y cerró justo después de apagar la luz.
—Uf —suspiró Michelle—. Ha ido por poco.
Xalara fue incapaz de hablar: su corazón latía tan deprisa que se quedó sin aliento.
Esperaron unos cuantos segundos en la penumbra antes de salir otra vez al pasillo, comprobando que ni la supervisora ni nadie más paseara por él.
—Tenemos que darnos prisa —avisó Xalara—. Falta poco para que vea que no estamos en la biblioteca.
Bajaron la escalera, haciéndolo casi de puntillas para crear el menor ruido posible. Al menos así lo hizo Xalara, pues Michelle era menos precavida.
Lograron llegar al piso más bajo sin ser vistas. Ninguno de los cuero negro patrullaba cerca. Sin embargo, estaban tan enfocadas en no encontrarse a uno de ellos, que se les olvidó por completo la figura del guardián.
Se encontraron de bruces a Desvon Jeidal en medio del pasillo cuando veían cerca la salida hacia el patio.
—¿Qué hacéis vosotras aquí? —preguntó él sin alterar el tono de su voz; característica que lo definía. Aunque se mostró tan sorprendido como ellas.
No hubo espacio para respuestas, porque las dos reclutas volvieron sobre sus pasos. Esta vez sin preocuparse por el ruido que hicieran al correr.
—¿A dónde vamos? —preguntó Michelle, sofocada.
—No lo sé —admitió Xalara—. Tú solo corre.
Era increíble la aptitud física que había adquirido Michelle. Incluso a Xalara le costaba mantener su ritmo de carrera. Remontaron los escalones de un par de pisos y volvieron a entrar en otra habitación, esta vez con el tiempo suficiente para cerrar la puerta tras ellas.
—Me acabo de dar cuenta de algo —dijo Xalara con fastidio—. Las puertas de la Torre de los Maestres están cerradas mediante arlasofía.
—¿Y cómo pretendes que entremos? —protestó Michelle.
—Confiando en que Viggo, llevado por su personalidad descuidada, no haya cerrado la suya —respondió de manera resuelta.
—Pues confiemos entonces —opinó Michelle—. Ya que estamos…
Se mostraba optimista delante de su amiga, pero en realidad, era Xalara quien menos confiaba en esa posible circunstancia. Aun así, ya estaban demasiado implicadas como para echarse atrás.
Lo primero era deshacerse del guardián. Por eso se quedaron calladas para comprobar si escuchaban sus pasos.
Durante ese lapso, Xalara recordó que esta no era la primera vez que escapaba de Desvon Jeidal.
El guardián los había perseguido a ella y Eizan cuando los pilló en el campanario.
Ahora se avergonzaba por haberse comportado así, como si hubiera sido otra persona la que hizo aquello.
Se esforzaba en bloquear sus pensamientos cada vez que se centraban en él, porque le producían una culpabilidad indescriptible, sintiendo haber provocado su desaparición.
—No se escucha nada —dijo Michelle, sacándola de su breve ensimismamiento—. ¿Salimos?
—No… no sé —respondió Xalara, que de pronto se sentía bloqueada.
—Yo creo que sí —dijo Michelle, y acto seguido abrió la puerta.
Ambas asomaron la cabeza al pasillo, creando una imagen un tanto cómica que desentonaba con la verdadera situación de peligro que enfrentaban.
Michelle se dirigió hacia la escalera, pero Xalara frenó sus intenciones.
—Mejor vamos por la del otro lado —opinó, y su amiga no puso impedimento.
No llegaron a comentarlo, pero ambas sabían que insistir en la misma escalera sería tentar demasiado a la suerte.
Ahora caminaban más despacio que nunca, pegadas hombro con hombro, temiendo que el guardián pudiera aparecer por cualquiera de los dos lados del pasillo. Lo que ninguna pensó fue que Desvon elegiría la misma estrategia que ellas, emergiendo desde una de las numerosas puertas.
—¡Begagxio! —gritó Michelle, empujando desde la distancia al guardián con las dos manos, consiguiendo que entrase otra vez en la habitación. Justo después, se tiró sobre la puerta y agarró el pomo para cerrarla—. ¡Hazlo! —le gritó a Xalara.
Esta comprendió enseguida su intención y se apresuró en poner la palma de su mano frente al pomo, pronunciando:
—Oxditadunta —mientras giraba su mano en la dirección contraria de las agujas del reloj.
Desvon intentó abrir la puerta de inmediato, aunque sin éxito, confirmando que la fórmula arlasófica de cierre había sido activada.
—¡Excelente! ¡Trabajo en equipo! —dijo Michelle, alzando la palma de su mano para chocarla con la de Xalara.
—Sí —respondió esta sin aceptar el ofrecimiento—, pero tiene una espada, no tardará en reventar la puerta —apuntó, recordando aquella noche en la que Huberto hizo explotar la cerradura de su dormitorio en Yadarme—. Así que, vamos.
Para bajar al último piso, utilizaron la escalera por la que habían subido.
Durante todo el descenso no llegaron a escuchar explosión alguna.
Sin encontrar más obstáculos inesperados por el camino, consiguieron salir al patio trasero, donde una llovizna caía impulsada por una brisa más intensa de lo habitual.
Aunque desde allí se veía la Torre de los Maestres, la entrada a ella estaba en el patio delantero, por lo que tuvieron que desplazarse hacia allí.
Pronto llegaron ante las siete puertas. A Xalara no le hizo falta pensar cuál era la de Viggo, porque lo recordaba perfectamente.
—¿Y si ahora no se abre? —preguntó Michelle asustada, justo cuando Xalara iba a comprobarlo.
No perdió el tiempo en contestar, sino que accionó la manilla y la puerta se abrió sin dificultad alguna.
—Vamos, entra —dijo Xalara, viendo que su amiga se quedaba quieta, como si no creyera que la puerta estuviera abierta.
Una vez que las dos reclutas estaban dentro, subieron la ominosa escalera. Michelle avanzaba despacio, fascinada por todo lo que estaba viendo.
—Nunca imaginé que algo tan bello podría encontrarse dentro de Lúgardark —opinó con un tono suave, como si su mente estuviera volando por toda la estancia.
—Sí —respondió Xalara—, pero no es momento de disfrutar de las vistas.
Llegaron a un rellano amplio y circular donde varias puertas permanecían cerradas alrededor del diámetro. Xalara sabía que en el siguiente piso se encontraban los aposentos de la Lady Maestre, pero donde estaban ahora, no existía ninguna señal que indicara cuál era la puerta correcta.
—Es aquí —anunció con fatiga.
—¿Cómo lo sabes? —cuestionó Michelle—. Todavía hay un piso más.
—Porque ya estuve una vez en el piso de arriba, y ahí solo están los aposentos de la Lady Maestre.
—Lord Maestre, querrás decir —corrigió Michelle ante una mirada de impaciencia por parte de su amiga—. ¿Cuándo estuviste?
—Esa historia es para otro momento —dijo Xalara, aplazando una posible explicación.
—¿Y ahora cómo sabremos cuál es la puerta del maestre de arlasofía?
Era una buena pregunta con difícil respuesta. Por eso Xalara no contestó, sino que comenzó a estudiar cada una de ellas; no podían permitirse el lujo de elegir la puerta equivocada, cualquier error podría delatarlas. Michelle la seguía de cerca, sin decir ni una palabra.
Tras dar dos vueltas completas a la circunferencia, hubo algo que llamó la atención de Xalara: unas manchas en el suelo justo frente a una de las puertas.
Al agacharse para examinarlas, sus dedos se quedaron adheridos a ellas y, después de olerlos, en sus fosas nasales quedó impregnada una peste a alcohol rancio.
Fue entonces cuando la luz se encendió en su mente.
—Es esta —afirmó sin dudar.
—¿Por qué lo tienes tan claro de repente? —preguntó Michelle.
—Porque estas manchas oscuras que hay en el suelo son de bebida —aclaró—. Y Viggo es un alcohólico —añadió al leer la duda en su expresión.
—Pues si estás tan segura, ¿a qué esperamos? —opinó Michelle, que se lanzó a picar en la puerta.
Pero no llegó a hacerlo, porque Xalara se le adelantó accionando la manilla, convencida de que Viggo tampoco bloquearía la puerta de sus aposentos.
Dentro estaban todas las luces apagadas. Solo el tenue y danzante resplandor de las brasas en la chimenea rompía la oscuridad absoluta. También se escuchaba el distorsionado sonido de una música melancólica.
—Qué mal rollo —comentó Michelle en voz baja, dando pasos cortos detrás de su amiga.
Esta última buscaba algún indicio de la presencia del maestre, pero solo la música era un indicador de que él estaba allí.
—Hay que encender la luz —sugirió Michelle—, o no doy un paso más.