Chapter 23 La historia de Víncel Rétfor #2
La vergüenza por no haber vencido ya a Xalara le estaba pasando factura en la pelea.
Su desgaste era tan evidente que incluso Michelle dejó de revolverse.
Todos aguardaban el ataque final de Xalara, pero ella hizo algo que nadie esperaba:
—¡No quiero pegarte! —gritó, con las lágrimas de impotencia a punto de estallar—.
¡No soy violenta! ¡Y no soy una asesina!
¡Yo no merezco estar aquí! ¡Igual que tampoco lo merecéis vosotros!
—dijo mirando ahora a su alrededor—. ¡No somos distintos!
¡Solo somos víctimas de un Gobierno déspota y totalitario que pretende tenernos controlados! ¿Es que no lo veis?
Cuando Xalara se giró para mirar a quienes tenía detrás, Diago aprovechó el momento y le asestó un golpe en la nuca.
—Ya era hora de que se callara —alcanzó a escuchar Xalara mientras su cuerpo se tambaleaba.
A escasos centímetros de golpearse contra el tronco de un árbol, logró reaccionar poniendo sus manos por delante, apoyándose en él.
Fue entonces cuando todas las personas que rodeaban a Xalara desaparecieron del patio.
En su lugar, atravesando sus piernas como si fuera un espectro, había un chico sentado a los pies del árbol, leyendo un libro.
Vestido con el uniforme de recluta, estaba excesivamente delgado y tenía el pelo muy corto. Llevaba unas gafas muy gruesas, redondas y de color negro. Su cara estaba cubierta de acné, y sus dientes incisivos centrales eran tan grandes que sobresalían por encima de su labio inferior.
Sintiendo la ingravidez en su cuerpo que ya había experimentado otras veces, Xalara tardó en retroceder para apartarse de él. No obstante, la confusión era tan grande, que su reacción no pudo ser más rápida.
Aunque su sorpresa alcanzó un nivel más alto al ver que, un joven con la misma cara de Viggo Estrango, pero sin barba y con el pelo negro recogido en una coleta, caminaba hacia allí.
Como si hubiera estado todo el tiempo a su lado, el recuerdo de la primera noche de Xalara en Lúgardark, en la que vio a Viggo apoyado y llorando en ese mismo árbol, acudió a su mente de forma instantánea.
—¿Qué haces aquí fuera, Víncel? —preguntó el que sin duda alguna era el actual maestre de arlasofía—. Estarías mucho más cómodo en la biblioteca.
Víncel tardó en levantar la vista levemente hacia él.
—Prefiero leer aquí, dentro no me dejan concentrarme como yo quiero —respondió.
En su voz, Xalara percibió enseguida un deje de dolor e injusticia. Lo supo porque ella se sentía igual.
—Pero vas a coger una hipotermia —opinó Viggo.
Xalara miró a su alrededor. En Lúgardark era complicado adivinar en qué estación se encontraban, pero, por el aspecto de los árboles, estaba casi segura de que coincidía con la actual.
—A nadie le importa si es así —opinó Víncel con indiferencia.
—Me importa a mí —aseguró Viggo—. Y, sobre todo, debería importarte a ti.
—¡¿Qué haces ahí, Estrango?! —preguntó una voz masculina desde la distancia.
Xalara creyó desmayarse dentro de su propio desmayo.
No podía creer lo que estaba presenciando.
Solo era la segunda vez que lo veía, pero estaba convencida de que era él.
Ese iris grisáceo era inconfundible. El joven que más tarde se convertiría en el Lórdezeit se encontraba en el mismo patio de Lúgardark que ella, aunque fuera en un tiempo distinto.
Formaba parte de un grupo de chicos. Sin embargo, el que gritó no fue él, sino uno de feas facciones que se parecía bastante a los mellizos Kéitel.
Resultaba evidente que se trataba de algún familiar suyo; puede que incluso su propio padre.
Viggo se volvió hacia ellos.
—¿Quieres ser un marginado como él? —dijo el mismo que habló antes.
Xalara no podía apartar la vista de aquellos penetrantes ojos grises que de pronto se clavaron en los suyos, poniendo fin a esa visión del pasado.
Supuso que volvería al presente, pero no fue así. Cambió de escena, pero no de escenario.
Ahora llovía. Era curioso cómo la lluvia atravesaba su cuerpo sin mojarla.
Víncel estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el árbol y tiritando por el frío.
—¡Pensaba que éramos amigos! —gritó llorando, con los cristales de sus gafas empañados por la lluvia—. ¡Yo creía que tú eras diferente!
—¿En serio creías eso? —preguntó Viggo con una frialdad implacable, de pie frente a él—. ¿De verdad pensabas que alguien como yo iba a ser amigo de alguien como tú?
—¡Sí! —gritó desconsolado.
Sin poder evitarlo, esta escena retrotrajo a Xalara a los inicios de su amistad con Michelle.
—Esa creencia tuya confirma lo que todos pensamos —dijo Viggo—: Eres un pobre loco solitario.
Xalara sintió ganas de abofetearlo por pensar así y más por decirlo.
—Ojalá nunca hubiera hablado contigo —insistió—. Por tu culpa me he ganado problemas y enemigos en esta mierda de sitio. Solo eres un problema para ti y para los demás.
—¡¡Cállate!! ¡¿No ves que está sufriendo?! —tronó Xalara, pero sus gritos no podían ser escuchados, tan solo consiguió que la escena se evaporara delante de sus ojos.
Otra escena se formó en ese mismo lugar. Ahora no llovía; pues la habitual niebla de Lúgardark cubría el patio, y además era de noche.
En esta ocasión no era Víncel quien estaba al lado del árbol, sino Viggo, que lloraba desconsoladamente observando su tronco.
—Lo siento —sollozó—. Siento lo que te dije y cómo te traté. Yo no quería que pasara esto, de verdad. Nunca imaginé que acabaría así. Te echo de menos, Víncel Rétfor.
El desprecio que acababa de sentir Xalara hacia él se transformó en lástima.
Enseguida, todo el entorno desapareció.
Volvía a estar en el presente. Lo supo porque Michelle gimoteaba mientras la sujetaba entre sus brazos. No había nadie más en el patio. Al parecer todos estaban en el comedor.
—No llores, he vuelto —dijo Xalara, con voz débil.
—¿Estás bien? —se sorprendió Michelle, abriendo los ojos como platos.
—Sí —contestó sin demasiado convencimiento, pues un dolor agudo le atenazaba las cervicales, además del habitual agotamiento que le producían esas visiones.
—Creí que habías muerto —reconoció entre lágrimas, esta vez de alivio.
—No, aún no —dijo Xalara, incorporándose hasta quedar sentada, con la espalda medianamente erguida.
—Pero tus ojos… —comenzó a decir Michelle, sin atreverse a concluir la frase—. Se pusieron velados, como si ya no tuvieran vida.
Xalara esperaba una explicación como esa, porque lo mismo le pasó con Víliam cuando estaban en la casa de aquel pobre hombre al que más tarde ella asesinó en el pueblo de Falens.
«No tuve más remedio, él iba a matarme» —pensó para acallar el ruido en su interior.
Ya en aquel momento estuvo segura de que ese sótano la acompañaría el resto de su vida.
—Fuera lo que fuese, ha pasado —aseguró Xalara, fingiendo despreocupación para tranquilizar a su amiga.
Pero, en realidad, sentía algo muy contrario a la calma.
La pelea con Diago y la visión del pasado de Viggo con ese chico llamado Víncel, le provocaron unas sensaciones horribles que era incapaz de eliminar.
Sobre todo, la creciente certeza de que el Lórdezeit, de algún modo inexplicable, podía verla dentro de sus visiones.
Aunque tampoco habían desayunado, decidieron no ir a comer para esquivar otra posible reyerta, con la esperanza de que el paso de las horas enfriara el ambiente.
Según Michelle, la cara de Diago reflejó miedo al creer que Xalara había muerto. Igual que la del resto de reclutas, que se alejaron corriendo camino del comedor.
Aunque varios cuero negro custodiaban ahora el centro de formación militar, desde que Syliana fue relegada como Lady Maestre, las estrictas normas de control empezaron a ser más flexibles.
Era como si todos hubieran perdido el respeto a la autoridad, incluidos los propios maestres e instructores.
La noticia de que el nuevo Lord Maestre en funciones apenas pasaba tiempo en Lúgardark era conocida por todos, y el hecho de que la autoridad no tuviera una cabeza visible contribuía a crear esa atmósfera.
Pese a no comentarlo abiertamente, los reclutas que presenciaron la pelea observaban a Xalara con desconcierto al salir del comedor.
Era lógico, pues muchos pensaron que había muerto.
No fue así en el caso de Diago Zúnkerberg, que esquivó cruzar miradas con ella, mostrando una total y seguramente fingida indiferencia.
Xalara estaba convencida de que debía sentirse ridiculizado; al fin y al cabo, no fue capaz de vencerla en una lucha cuerpo a cuerpo.
La tarde para los reclutas del Noroeste transcurrió con relativa normalidad, aunque con ese ambiente enrarecido que a veces se instalaba, sobre todo tras lo ocurrido a la hora del almuerzo.
En el turno de limpieza de la noche, Xalara, Michelle y sus otros tres compañeros fueron asignados a la lavandería. Tenían que recoger todos los uniformes de su comarca para ser lavados y estar listos por la mañana. Después de eso, recibieron la orden de fregar todos los pasillos del ala oeste.
Durante toda la tarde y lo que llevaban de noche, Xalara estuvo debatiéndose entre contarle o no a Michelle lo que presenció en sus visiones, aunque implicara revelar la extraña habilidad que poseía.
Finalmente, cuando se separaron un poco de sus compañeros durante las tareas de limpieza, aprovechó para contarle lo que había pasado, y con ello la explicación de que sus ojos se hubieran velado.
—Pero, ¿me lo estás diciendo en serio? —preguntó Michelle demasiado alto, a la espera de una aclaración lógica.
—No des voces, por favor —la reprendió Xalara, viendo cómo los otros las miraban desde la distancia.
—Lo que me acabas de decir, ¿es verdad, mentira o un efecto secundario por el golpe que te dio Diago? —preguntó Michelle—. Igual deberías ir al centro de sanación para que te examinen —opinó, palpándole la frente a su amiga.
—No necesito nada —se enfadó Xalara, apartando su mano y levantando el tono de voz más de lo que pretendía—. Lo que te estoy contando es cierto. Me pasa desde hace algún tiempo, y se supone que tiene una explicación, pero no es el momento ni el lugar para ponerme a hablar de ello.
—Vale —dijo Michelle de forma más calmada—, supongamos que pasó de verdad. ¿Qué se supone que deberíamos hacer?